Tomadas de la mano
Una joven madre y su pequeña hija zozobrando (¿sobreviviendo?) a una dolorosa ruptura familiar, solas, tras conformar una familia de cuatro integrantes: un padrastro-padre y un hermanastro-hermano para la niña sin nombre. Pero ella, niña al fin, arrastrando la nostalgia del retrato de cuatro que no pudo seguir siendo, aferrada a la mano de la madre, rozando la pubertad, pero pequeña aún, se abren paso, físicamente muy unidas, por la hermosa ciudad de Catania, en Italia, donde la madre (también sin nombre) pretende reencontrarse con sus orígenes familiares y, acaso, iniciar una nueva relación amorosa con un músico que les ha prestado su casa mientras él emprende una gira internacional, “(…) aprendiendo a dar vueltas una alrededor de la otra como dos planetas nuevos.”
Ese es, a grandes rasgos, el germen de la nueva novela con luminosos visos ensayísticos de la autora mexicana Valeria Luiselli, Principio, medio, fin (Feltrinelli, España, 2026), que se mueve en el mismo universo de su novela anterior, Desierto sonoro (Sexto Piso, México, 2019), aunque con solo dos de los miembros de aquella inolvidable familia que recorre en auto el tramo de Nueva York a Arizona; familia encabezada por una pareja de documentalistas que se proponen registrar sonidos y, en el ínter, se nos permite asomarnos a un posible panorama de violencia conyugal, al tiempo que, con ese admirable tono ensayístico de Luiselli, aborda asuntos como el genocidio indígena y la crisis migratoria del primer periodo de Donald Trump… aunque, en lo personal, lo que más conservo es la narración de los niños, del niño y de la niña, que, al margen de la problemática de sus respectivos padres, viven sus propias (y dramáticas, arriesgadas) aventuras.
Esa misma niña retorna, algunos años más tarde, para acompañar a su madre, prefigurada aquí como una prestigiosa escritora que sufre una sequía creativa, en otro viaje, muy distinto al anterior, con un propósito sanador y no restaurador, perfectamente integradas en su recorrido vital, emocional e investigativo, en pos de la esencia de una magnífica abuela migrante que bien podría tener su propia novela. En casa del músico tienen a su disposición con una biblioteca compuesta exclusivamente por una colección de clásicos griegos que, de manera espontánea y casi como un juego, la madre le lee a la hija como otras leerían cuentos de hadas a hijos más pequeños. Y la hábil narradora trama múltiples universos que convergen en un lance primario, que es cómo la madre y una hija se reconocen tras la dolorosa ruptura con la que solía ser su acompañada cotidianidad. La convivencia entre ellas no discrimina a las abuelas; ni a la Nonna, ni a la que, desde México, manda enigmáticos mensajes de WhatsApp; tampoco a los clásicos, ni a ideas dispersas sobre la escritura y la literatura, ni a evocaciones sensuales o violentas. No es una novela tradicional (lo enunciado en el título no es el laboratorio del texto, sino una alusión al reordenamiento de una genealogía materna), y sin embargo está hecha para hacernos perseguir el destino de sus protagonistas sin que decaiga el interés.
Otro asunto a destacar, es que Luiselli es de las pocas autoras millenials que escribe sobre la maternidad, ese tema que en la mayoría parece esquivo, nulo o, en muchos casos, terrorífico. Lo narra, sin embargo, tanto desde el corazón como desde el raciocinio. Es un tema, asimismo, sobre el que ensaya en este mismo libro, al margen de su propia experiencia. Existe esa necesidad de explicarse a sí misma la intensidad de emociones que le produce la convivencia con esa hija tan participativa, tan presente.
Por supuesto, Luiselli se proyecta en la madre, que, además, es escritora, lectora de clásicos y sufre una parálisis ante la página en blanco. La propia narradora alude a esas entrevistas incómodas en que la eterna pregunta, por obvia que parezca, es si sus novelas son ficción biográfica o, como mejor se le ubica, autoficción, cosa que no produce tanta inquietud cuando quien la practica es un escritor varón (esto lo afirmo yo, no ella), y se burla un poco de ese hipotético periodista, que son todos, a través de un guiño que involucra a su siempre cercana hija quien acepta ser “esa niña” de los libros de su madre, aunque eventualmente esta debe convencerla de que nunca estuvo a punto de ahogarse en una piscina en forma de guitarra. A fin de cuentas, reconoce la narradora, la escritura es un juego (a muchos autores les escandaliza dicha suposición); el ludismo está inherentemente vinculada a la suya, a un paso de la metaficción, “(hay) narrativas que nos hunden en las versiones más oscuras de nosotros mismos y de los demás; y hay narrativas que nos redimen y nos ayudan a articular la experiencia de forma más plena, más luminosa”.
Texto escrito por Eve Gil