Anna Starobinets, o cómo se fabrica un misterio

La escritora rusa cuenta cómo una serie que nadie filmó terminó en una novela demás de 700 páginas donde hasta la crítica de su país confundió el mito heredado con el inventado.
Veinte episodios escritos, pagados y nunca filmados; esa es la primera desaparición que rodea a El Vado de los Zorros (Impedimenta), y ocurrió antes de que existiera una sola página de la novela. Anna Starobinets (Moscú, 1978) la cuenta sin dramatismo, como quien comenta el clima. En Rusia, explica, una productora recibe mucho dinero para hacer una serie, gasta una parte pequeña en el guion y después no hace nada; hay maneras de usar el resto sin llegar a filmar. El guion terminó en un estante. A quien escribe terror le sobra oficio para reconocer el género: la serie que se paga y no existe.
La propuesta llegó hace unos quince años, quizá diecisiete (ella misma duda). Starobinets vivía en Moscú con su esposo, el escritor Alexander Garros, y juntos se ganaban la vida con guiones de cine y televisión, porque los libros, aclara, casi nunca alcanzan. Un equipo de producción les pidió “un Juego de tronos ruso”. Ellos pensaron en la Manchuria de los años veinte, con los oficiales del Ejército Blanco huidos a Harbin, el Ejército Rojo detrás y las mujeres zorro metidas en medio. Los productores objetaron que el público de hoy no sabría distinguir buenos de malos en esa pelea. Pidieron otra época, una donde no cupiera la duda. Quedó 1945, con los japoneses de villanos.
De ahí salió, años después, un libro de más de 700 páginas que Impedimenta publicó en español en 2025, con traducción de Viktoria Leftérova y Enrique Maldonado. Su escenario es un pueblo fantasma entre China y Siberia, adonde van a dar desertores sin patria y criaturas de leyenda, todos detrás de un arma biológica. El protagonista, Maxim Cronin, antiguo artista de circo, se fuga de un gulag para caer en algo peor.
Las mujeres zorro, en cambio, nunca negociaron su lugar; Starobinets las conoció hacia los catorce años, en una escuela de Moscú especializada en cultura asiática donde estudiaba japonés, y se enamoró. Kitsune en Japón, huli jing en China: para ella eran los primeros personajes feministas que había encontrado, porque en una sociedad patriarcal ellas tomaban todas las decisiones y se hacían cargo de sus vidas y de las ajenas. Además estaban más allá de cualquier moral. Cuando un hombre se enamoraba de una, le robaba la energía vital. No era maldad: era la única forma de existir que tenían. Un monstruo con reglas propias da más miedo que uno sin reglas, porque uno se pasa la vida intentando adivinarlas.
El otro cimiento de la novela todavía la asombra. Según cuenta, en esa región hubo un laboratorio japonés real donde se experimentaba con personas, sobre todo chinas, para fabricar soldados capaces de sobrevivir donde nadie sobrevive. No buscaban mujeres zorro, aclara. Uno de aquellos experimentos se le quedó clavado: en pleno invierno, dos jaulas a la intemperie, una persona sola en la primera y un hombre y una mujer en la segunda. Querían saber quién aguantaba más. Aguantó más la pareja (ella no sabe si eran esposos, amantes o dos desconocidos), aunque al final murieron todos. Fue, dice, un experimento cruelísimo que de algún modo demostró que el amor puede prolongar la vida. Leyó los documentos y decidió que tenía que meterlo en el libro.
A ella la empujaba una pena curiosa: cuando un cuento suyo no se publica, siente tristeza por los personajes, atrapados en otro mundo sin manera de llegar al nuestro ni de encontrarse con sus lectores. Quería resucitar a los de la serie, y estaba dispuesta a escribir un libro entero para lograrlo. Garros, que entendía mejor que ella lo que venía, se negó a convertir la serie en novela. Un guion permite no mostrar lo que no sabes; un libro exige saberlo todo sobre la época, la región y cada detalle, y eso les costaría la vida entera. Él murió, y ella dejó de pensar en libros durante bastante tiempo. Cuando volvió a querer la novela hubo que convencer a la productora de soltar los derechos, otro asunto de años. Calculó un año de escritura, como siempre. Tardó cinco. Más de tres los pasó investigando, con especialistas de todo tipo, entre ellos ingenieros soviéticos de radiocomunicación de los años cuarenta, porque necesitaba que un personaje sabotease un aparato sin que pareciera sabotaje. Viajó también a China, a esa región que ya no existe como Manchuria. Su editor tuvo una paciencia extraordinaria, y lo que entregó era distinto de la serie, aunque guardaba buena parte de sus piezas; su esposo, admite, tenía razón.
La novela salió en Rusia a principios de 2022, poco antes de que empezara la guerra; algunos personajes repiten en ella una frase, “La guerra nunca termina”, y Starobinets reconoce que la coincidencia no tuvo nada de graciosa: la frase se volvió una especie de profecía. Tuvo que irse del país, y lo llama sin adornos un desastre, una tragedia. Vivió tres años en Georgia y lleva uno en Barcelona. Ahí el misterio cambió de dueño. Cuando creó a Cronin lo pensó como un hombre con la memoria agujereada y sin casa, y no lo relacionó con su vida. Ahora sí. Rodeada de gente que comparte infancia, idioma y chistes, entiende lo que le dicen y a veces no el contexto, y le queda la impresión de haber olvidado algo. Pero no lo olvidó, precisa: nunca estuvo ahí; se siente, dice, mucho más cerca de su personaje.
Lo mejor es lo que hace con los materiales. Una moneda en la mano de un guardia muerto, un espejo cubierto, las piernas atadas de una niña en un sueño: todo parte de creencias reales, mezcladas con otras que inventó. La moneda para pagar el paso al otro mundo se coloca en la boca o, según la tradición, en los ojos. Las piernas atadas vienen de algo que leyó sobre los mongoles, y sirven para que el difunto no se mueva de su sitio. Los espejos se tapan en Rusia y, cree ella, también en América Latina, para que el muerto no regrese. Y hay poesía que pasó por regional y era suya. Una revista rusa publicó un artículo que aseguraba que la novela usaba versos auténticos de la región; los había escrito Starobinets.
Algo más se salvó del guion: la manera de mirar. La narración va en tercera persona, pero el lector siempre sabe quién observa la escena, y el lenguaje cambia con él: si quien mira tiene poca instrucción, la prosa lo delata. Hay dos capítulos desde el punto de vista de un perro, con un lenguaje casi normal y una lógica distinta; es un recurso de cine, dice, y quiso conservarlo.
Sus influencias las reparte en tres bloques. De Rusia, Bulgákov, aunque no el de El maestro y Margarita, que es el que prefieren los lectores de España y América Latina: ella tiene otro favorito, lo considera mucho mejor y asegura que quien quiera entender la Unión Soviética no necesita leer más que ese. De la tradición anglosajona, Ray Bradbury; y del realismo mágico, Gabriel García Márquez y Julio Cortázar, a quienes leyó a los veinte años, cuando todos sus amigos los leían también y no se hablaba de otra cosa. Esa tradición, dice, queda muy cerca de su manera de sentir la vida. Mientras tanto, por si acaso, conviene cubrir los espejos.+ Compra el libro aquí
Anna Starobinets es una periodista, guionista y escritora de ciencia ficción rusa nacida en Moscú en 1978. En 2005 publicó su primer libro, Una edad difícil. Es autora de varias colecciones de relato corto.
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