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El librero de Daniel Saldaña París

El librero de Daniel Saldaña París

06 de julio de 2021

Soy escritor y traductor. Ésta es mi biblioteca. Lo que miras en la fotografía es apenas una parte, pues está dispersa en otras habitaciones y en mi estudio. Su tamaño quizá no sorprenda a la mayoría. Como me he mudado muchas veces —incluso de país—, mi colección no resulta muy grande: viajar de un lado a otro con demasiados libros siempre se vuelve muy complicado. Por esta causa, en más de una ocasión he llegado a deshacerme de varias cajas, que terminan en las librerías de viejo, donde los compran a precios ridículos.

Después de que los dejo, me arrepiento inexorablemente. Los extraño. Por eso juego a recordar cuáles tuve, cuáles presté sin que me devolvieran y cuáles vendí. Gracias a esto puedo reconstruir mi biblioteca imaginaria, y pienso en la que podría tener si no me hubiera mudado en tantas ocasiones. Me gusta pensar que mi biblioteca no sólo es la que tengo hoy, sino también esa otra, compuesta por los libros que ya no están conmigo. En esa biblioteca ideal se encuentran los que abandoné, los que leí en las bibliotecas públicas, los que perdí; aún más, ella contiene todos los libros fantasmales que son una parte fundamental de mi colección. Incluso, sobre esto escribí un breve ensayo: Historia secreta de mi biblioteca. En él hablo de la suerte de todos los ejemplares que conforman mi biblioteca interior, la cual —de una manera más simple y sencilla— puedo llevar de un lugar a otro sin enfrentar los problemas que da la biblioteca real.

El origen de mis ejemplares es diverso. Algunos los tengo casi desde chico, yo diría que desde adolescente. Probablemente el libro más viejo que poseo es un libro de poemas de Paul Verlaine, que compré en una feria del libro cuando estaba en sexto de primaria. No sé por qué lo compré, me tardé muchísimo tiempo en leerlo, y probablemente no lo entendí las primeras veces que me adentré en él. Ese volumen sigue ahí, en alguno de los estantes. La razón es fácil de explicar: me gusta tener mi biblioteca ordenada alfabéticamente. Así me resulta más sencillo encontrar lo que busco. He intentado otras formas de organización: en algún momento la tuve por géneros, o por lo menos tenía separada la poesía, que me parece muy importante y que forma la mayor parte de mi colección. Pero siempre hay libros liminales que se mueven entre los géneros y no son fáciles de catalogar. Esto me generaba cierto conflicto y, al final, decidí que lo mejor era el orden del abecedario, sin preocuparme por sus peculiaridades, a pesar de que el trajín cotidiano puede moverlos de su lugar preciso y terminan metidos de manera horizontal sobre los otros ejemplares. Tomar un libro, leerlo y subrayarlo no necesariamente implica que vuelva a su mismo lugar. Sin embargo, hay algunas excepciones, como me sucede con los libros de arte y los diccionarios.

Entre los que más atesoro están un par de ejemplares que fueron de la biblioteca de mi bisabuelo —uno de Azorín y otro de la Fenomenología del espíritu, de Hegel—, un señor español autodidacta que incluso llegó a aprender francés y latín de esta manera. En algún momento me quedé con estos libros y, como el resto de los suyos, eran muy bonitos: los tenía forrados con una especie de papel marrón. Él los numeraba todos y había escrito una lista de los títulos. Su biblioteca no era muy grande, pero estaba muy bien elegida. También tengo las Obras completas de Freud en una primera edición en español, que le regalaron a mi abuela cuando se casó. Un regalo de bodas atípico, pero ella tiene formación psicoanalítica. Estos tomos están profusamente subrayados por ella, por mi madre y ahora por mí. Se convirtieron en una suerte de palimpsesto familiar.

Además de los libros heredados que han paseado conmigo, están los que he adquirido. Entre éstos le tengo mucho cariño a una primera edición de Raúl Zurita, que compré en Santiago de Chile y me dedicó personalmente durante un viaje muy importante. En esa ocasión le llamé por teléfono, le dije que era un lector entusiasta de su obra y que me permitiera invitarle un café. Fui a esa ciudad a comprar libros de poesía, pues me interesaba muchísimo aquella que se escribía en Chile. Hace poco falleció el papá de una amiga muy querida, que era un editor muy importante, y de su biblioteca terminé quedándome con algunos libros: unas Obras completas de Canetti, que me conmueve mucho tener, por la amistad que me unía con él y que me une con su hija. También tengo una buena colección de diarios personales. Es un género al que le he dedicado mucho en los dos últimos años y he dado algunos cursos sobre esta forma de escritura. +

Daniel Saldaña París (Ciudad de México, 1984).

Narrador, ensayista, poeta y traductor. Es autor de los libros de poemas Esa pura materia (Premio Nacional de Poetas Jóvenes Jaime Reyes 2007) y La máquina autobiográfica (Bonobos, 2012; Los Libros de la Mujer Rota, Chile, 2019), de las novelas En medio de extrañas víctimas (Sexto Piso, 2013) y El nervio principal (Sexto Piso, 2018), ambas traducidas a varios idiomas, y del volumen de ensayos narrativos Aviones sobrevolando un monstruo (Anagrama, 2021). La traducción al inglés de su primera novela resultó finalista del Best Translated Book Award en los Estados Unidos. Sitio web: danielsaldanaparis.com

 

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