Misterio

Misterio   

 

  1. “El misterio no es algo de lo que se pueda hablar: hay que ser cautivado por él” (René Magritte).

 

  1. Solemos confundir misterio y enigma, e incluso los reducimos a sinónimos. Mysterion proviene de la voz griega myen: cerrar los labios o los ojos, mientras que aínigma significa hablar con palabras oscuras o insinuar, y su raíz (aynos) designa un conjunto de vocablos con más de una acepción.

      Pero no nos dejemos seducir por la etimología sino por el uso histórico de ambos términos; sólo así notaremos sus sutiles diferencias. Hoy día, un enigma puede ser difícil de entender, aunque resoluble. Un misterio, en cambio, no tiene una solución clara y algunos de sus aspectos —si no es que todos— quedarán en las sombras.

      Lo anterior distinguiría a un mal poema de uno bueno. Un mal poema necesita solución; convierte a su lector en arquitecto de rompecabezas. En cambio, un buen poema evade su solución porque no es un problema a resolverse sino a plantearse; el autor y el lector se ven envueltos en un baile de máscaras cuyo protagonista es el lenguaje. Para Yvonne Bordelois, ese lenguaje —y no el lector— constituye el verdadero destinatario del poema. El lector se encarga, ni más ni menos, de darle sentido y destino al lenguaje que tienen en común.

 

  1. Según María Negroni, “se escribe, no para decir lo que sentimos o pensamos sobre algo, sino para llegar a saber lo que queremos decir”. Y concluye: “(Sólo los versos malos expresan los sentimientos del autor)”.

      Si escudriñamos la historia de la poesía, desde Homero y Safo hasta Elisa Díaz Castelo y Logan February, no hallaremos sino palabras —lo que callan y dicen, lo que velan y revelan—. Palabras con titubeos y lagunas, sin certezas ni verdades, entre un silencio y otro, desde el principio hasta el fin. Eso, y no otra cosa, es lo que nos conmueve. El poema exhibe la incertidumbre y el dolor humanos desde el espejo, mágico pero roto, de aquellas palabras. Los buenos poemas despliegan en cada fragmento distintos ángulos de su materia sensible en tiempos diferentes y con luces muy variadas. Los malos poemas suelen imponer las condiciones en que deben ser leerse; su imagen de conjunto es unidimensional porque carece de perspectiva; sus vidrios no sólo están rotos sino mal azogados. Y lo peor: usan a las palabras como reflejos de la propia vida y no como espejos con vida propia.

      Lo cual propone que los buenos poemas resultan exigentes (como todo misterio) y que los malos son condescendientes (como todo enigma). Y, también, que los poemas exigentes pueden ser claros u oscuros, fáciles o difíciles, cortos o largos; que un buen poema puede tener momentos enigmáticos como soporte, pero que un mal poema siempre fracasa en su aspiración al misterio: quiere ser entendido a como dé lugar.

 

  1. Sin embargo, hay entre nosotros una gran excepción a la regla: los Enigmas de sor Juana Inés de la Cruz. Escritos entre 1691 y 1692, se trata de 20 adivinanzas sin respuestas unánimes. Cito la decimosexta:

 

      ¿Cuál es aquel arrebol

         de jurisdicción tan bella,

         que inclinado como estrella

         deslumbra tal como el sol?

 

      La respuesta que lanzan los sorjuanistas es “la humildad”. Pero, como buen poema, la pregunta admite otras opciones: el arrebol, aquel intenso resplandor rojizo en las nubes, podría caracterizar a la pasión o a la verdad (supuestos asuntos de los dos primeros Enigmas), a la justicia o a la inocencia (temas aparentes de los dos penúltimos). La cuarteta seguiría, ni más ni menos, funcionando a la perfección.

      Sor Juana rehuyó las definiciones, aun cuando sus acertijos quedaran sin descifrar. Aquellas preguntas en verso no estaban para ser respondidas sino formuladas: enigmas convertidos en misterio.

 

  1. “¿La poesía? Un caracol nocturno en un rectángulo de agua”. La imagen de José Lezama Lima va más allá de definir a la poesía. Por su naturaleza metafórica, la definición no llega a concretarse; le falta un verbo imperativo para que la poesía sea un caracol. Uno que, además, asoma por las noches y habita milimétricamente un charco rectangular de agua. El dilema consiste, acaso, en mi interpretación de la frase: una conjetura sobre otra.

      La poesía es un caracol y un sinnúmero de asuntos. La metáfora, sin embargo, no concluye ahí: la poesía crea, ilustra o recuerda —entre otros tantos verbos conjugables— a ese caracol. La imagen, gracias a su potencialidad casi infinita, no se agota.

      Lo cual, insinúa el autor de Paradiso, hace imposible la definición y más libre a la poesía. No a la manera de un águila en pleno y soleado vuelo sino, precisamente, como un caracol nocturno en un rectángulo de agua.+

 

Texto de Hernán Bravo Varela

 

 

BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA

 

René Magritte, Écrits complets (André Blavier, edición). París: Flammarion, 1979, 761 pp.

 

Yvonne Bordelois, La palabra amenazada. Barcelona: Libros del Zorzal. 2024, 219 pp.

 

María Negroni, Colección permanente. México: Penguin Random House, 2025, 105 pp.

 

Sor Juana Inés de la Cruz, Enigmas ofrecidos a la Casa del Placer (Antonio Alatorre, edición). México: El Colegio de México, 2024, 228 pp.

 

José Lezama Lima (David Huerta, selección y nota introductoria). México: UNAM (Coordinación de Difusión Cultural / Dirección de Literatura), Col. Material de Lectura, 34 pp. Versión en línea en https://materialdelectura.unam.mx/poesia-moderna/16-poesia-moderna-cat/26-005-jose-lezama-lima?start=12

 

 

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