Amores inesperados, lecturas como un milagro

Amores inesperados, lecturas como un milagro

 

Una novela de viudos que se enamoran casi a los ochenta sirve de pretexto para hablar con su autor de cuidados, de heridas y de por qué lo mejor puede estar todavía por pasar.

Vista FrontalLos goles en el tiempo de descuento “se celebran mucho más”, dice Pedro Simón, y no está hablando de fútbol. Lo usa, junto con un décimo de lotería premiado “que te encuentras en el suelo, a esa edad en la que ya ni siquiera juegas a la lotería”, para explicar de qué va Lo inesperado, su novela más reciente, publicada por Espasa (de Editorial Planeta). Una historia donde el paso del tiempo, por una vez, llega con regalo. Simón conversó con Lee+ desde España, con la nostalgia fresca de México, una ciudad que le pareció “una maravillosa locura”.

Madrileño de 1971, periodista y reportero, llegó a este libro desde un territorio más oscuro. Ganó el Premio Primavera de novela en 2021 con Los ingratos, siguió con Los incomprendidos y cerró con Los siguientes la llamada Trilogía de la familia. En esa última, tres hermanos de unos cincuenta años se preguntaban: “¿Qué hacemos ahora con papá? ¿Cómo nos repartimos a papá?”. El padre, viudo y octogenario, empezaba a perder facultades neurológicas, y el tiempo era, según Simón, “algo bien cabrón”.

Después de eso le apetecía otra cosa: “una novela que hablase del paso del tiempo, no como la posibilidad de un arañazo, sino como la posibilidad de algo bueno”. Tiene algo de provocación en un oficio donde la vejez suele servir para inventariar pérdidas. Sus asuntos son los de siempre (la familia, “la gestión del trauma”, las segundas oportunidades), pero cambia el signo. Pregunta a la gente por algo inesperado de los últimos años y, apuesta, “seguro que se iría en algo malo”. Él reivindica lo contrario: “nos pasan muchas más cosas buenas que malas y que las mejores están por pasarnos”, incluso a los 79 o a los 80. Los beneficiarios del décimo son Luisa y Andrés, dos viudos de casi ochenta años.

Que un reportero escriba así tiene explicación. Simón está convencido de que cualquiera podría protagonizar una novela o un reportaje, porque en vidas aparentemente cotidianas “escarbabas un poco y dentro encontrabas petróleo”. Mucha gente dice “si yo te contara”, y casi siempre lo que sigue tiene que ver con algo “averiado, roto, restaurado”. De ahí su teoría narrativa: “allí donde hay una herida, allí donde hay dolor, siempre hay una historia que contar”. Y su definición de oficios, de aeropuerto: “un reportero es como un taxista porque es alguien que te lleva de viaje. Y acaso un novelista sea un piloto de avión porque lleva más gente y la lleva más lejos”.

El periodismo le enseñó a sentarse frente a personas con vidas muy complejas cuyos procesos de reconstrucción fueron “muy luminosos”. De esa escuela sale la idea que más repite: “no envejecemos tanto cuando nos caen años encima, sino cuando dejamos que nos aplaste el dolor”. Hay chavales de 15 años que parecen muy viejos y señores de 80 que parecen muy jóvenes, y la diferencia está en quién ha sabido gestionar sus malas rachas. Nadie promete que el dolor se vaya; solo que no tiene por qué mandar.

Ahí entran los punkis. Para Simón, los más pendientes de la mirada ajena son los jóvenes; a la gente mayor la ve “más libérrima, más desprejuiciada, más punky”. Les da igual lo que digan de su corte de pelo o de las zapatillas que llevan, porque están “menos pendientes de la grada”. Por eso los dos personajes más rebeldes del libro son “un señor y una señora de casi 80 años que se atreven a desafiar el qué dirán”. Quien tenga un adolescente en casa, con el teléfono pegado a la mano, entiende el argumento.

La tesis de fondo cabe en dos frases: “Creo que lo contrario de la muerte no es la vida. Creo que lo contrario de la muerte es la pasión”. Conocemos, dice, a mucha gente “muerta en vida, que respira 16 veces por minuto, que sale a trabajar, que vuelve, que da un beso en la frente a su pareja”. A sus hijos les pregunta cuál será su búnker cuando caigan bombas sobre Madrid o sobre Sevilla, y da ejemplos: leer, escribir, pintar con acuarelas, componer música. Lo grave es no tener ninguno: “está ardiendo la ciudad, pero ¿dónde está tu refugio?”.

Para explicar lo que hacen Luisa y Andrés, Simón recurre a una imagen que atribuye a Jean Cocteau: la casa se incendia, solo se puede salvar una cosa y Cocteau salva el fuego. En la versión que cuenta Simón, ya no queda casa donde vivir, pero el fuego vive en él. Salvar la casa, explica, es portarse como “una buena viudita o como un buen viudito”, sin dar que hablar. Salvar el fuego, en cambio, “es atreverte, es revelarte, es ponerte tú por delante de lo demás alguna vez en tu vida”, aunque tengas 80 años.

Escribir sobre amor en la edad tardía es, admite, “riesgo al cubo”: se puede caer en el lugar común, en la caricatura o en romantizar “una edad que es muy jodida”. Su primera condición fue que nada fuera de color de rosa. La segunda, que los personajes pudieran aparecer en un barrio obrero como el suyo, “no en Polanco, sino en Lagunilla también”. Escribir con honestidad, añade, exige “hacerse daño escribiendo”. Cuenta lo que respondió una cantaora flamenca, la tía Anica la Piriñaca, cuando le preguntaron cómo sabía que había cantado bien: “Porque la boca me sabe a sangre”.

La pregunta incómoda llegó sola: ¿no se echa de menos la pasión desbordada? Simón había pensado en una escena de amor carnal y la descartó: “ese mundo no lo conozco”. Tiene 55 años, y al imaginar a dos personas de 80 se le aparecen detrás sus propios padres, que tienen “80 y tantos”, lo cual le parecía “un poco perturbador”. Eso, razona, lo escribiría mejor alguien de esa edad. “Desde la mía creo que posiblemente metiera la pata”. La novela termina cuando la relación empieza, y que cada lector se imagine cómo sigue. Gabriel García Márquez sí se animó, con sus septuagenarios en un barco, en El amor en los tiempos del cólera. A Simón le gana la discreción, y a mí me parece una decisión de oficio, no de pudor: saber hasta dónde alcanza el pulso también es escribir.

Lo que le interesa, dice, no es tanto el verbo amar como “el verbo cuidar”. Cuidar es acompañar a alguien, escuchar a alguien, “salir a tomar un café con un amigo que lo está pasando mal”, estar “callado al lado del otro solo sabiendo que estás ahí”. Todos acabamos cuidando o siendo cuidados. Cita a Joan Margarit, cuya frase dice llevar como “mascarón de proa” de su manera de contar historias: cuidar a quien se ama “no es un sacrificio, sino una extraña forma de privilegio”.

Preguntamos si la novela se leerá distinto dentro de veinte años, cuando los lectores de hoy tengan la edad de Luisa y Andrés, el autor responde que seguramente sí, porque “leer es ponerse los zapatos de otro”. Le gustan las novelas que “más que lees te leen”. Pero al sentarse a escribir su ambición es más modesta: entretener, cuidar y que alguien termine el párrafo cuatro y quiera leer el cinco, el móvil y el WhatsApp conspirando para sacarnos de ahí. “Que alguien se lea cinco páginas de tu novela hoy en día me parece un absoluto milagro”. Cinco páginas. Quien haya intentado leer en el metro con el teléfono vibrando en el bolsillo sabe que el piloto no pide poco.+ Compra el libro aquí

 

Pedro Simón es periodista y escritor español. Ha trabajado para el diario El Mundo. Por esa labor ha sido galardonado con el premio Ortega y Gasset, el premio APM al Mejor Periodista del Año y el premio Rey de España de Periodismo.

 

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