Cuál es tu King
Penguin Random House invita a encontrar el King que cada lector lleva dentro. Para un noviembre de misterio, proponemos buscarlo con la lámpara de Agatha Christie: detrás del payaso y de la admiradora más peligrosa de la literatura hay casos esperando detective.
En 1936, en Cartas sobre la mesa, Agatha Christie sentó a una novelista de enigmas en la misma mesa de bridge que Hercule Poirot. Se llamaba Ariadne Oliver, vendía muchísimo gracias a un detective finlandés, Sven Hjerson, y no lo aguantaba. El sitio oficial de la autora admite que: lo que Oliver siente por su detective es un espejo de lo que Christie sentía por el suyo. Medio siglo después, Stephen King bajó la broma al sótano. En Misery (1987), Paul Sheldon quiere librarse de la heroína que lo hizo famoso y su lectora más devota, Annie Wilkes, la autoproclamada admiradora número uno, decide que eso no va a pasar. Sheldon, para colmo, sabe por experiencia cómo reaccionan sus seguidores cada vez que intenta escribir fuera de la serie que le dio fama, y ese rechazo pesa tanto como sus piernas rotas.
Christie arregló el pleito a su manera, con veneno lento. Escribió la muerte de Poirot en Telón durante la Segunda Guerra Mundial, guardó el manuscrito y lo dejó dormir unos treinta años. Cuando por fin salió, en 1975, el New York Times despidió al belga con un obituario en primera plana, un honor que, hasta donde se sabe, ningún otro personaje de ficción ha recibido. Ninguna lectora la tuvo encerrada en un cuarto de huéspedes, claro. Pero la idea de fondo es la misma que King convierte en pesadilla: el autor propone y el público, a veces, dispone.
Ese cruce sirve como puerta de entrada a King justo este otoño, cuando Penguin Random House Grupo Editorial vuelve sobre su catálogo con una consigna que suena a reclutamiento: “Todos tenemos un King dentro”. La editorial propone leerlo más allá del rótulo de Rey del Terror y señala tres caminos, Carrie, It (Eso) y Misery. Para un número dedicado al misterio, me tomo la libertad de alumbrarlos con la lámpara de Christie. Vistas así, las tres se parecen bastante a novelas de detectives a las que alguien les quitó el detective.
Carrie (1974), su primera novela publicada, está armada como un expediente: recortes de prensa y declaraciones de sobrevivientes, la papelería que en Christie se lee en voz alta durante la indagatoria. La pregunta de siempre, eso sí, se tuerce. Desde las primeras páginas sabemos quién lo hizo; lo que King quiere averiguar es quién la empujó. Una adolescente convertida durante años en el blanco de las burlas de todo el salón sería, para cualquier inspector de Scotland Yard, la sospechosa ideal. El novelista prefiere interrogar al resto del grupo.
En It (Eso), el sospechoso tiene cara de payaso, pero el caso de verdad es Derry, una ciudad que según la propia novela ha convertido el olvido de sus desastres en algo cercano a un arte. Cualquier lector de Miss Marple reconoce el terreno. En St. Mary Mead tampoco pasa nada, y la anciana sabe que justo ahí, entre el té y las rosas, la gente guarda lo peor. Hay además una coincidencia que en una novela parecería tramposa: Christie desapareció once días en diciembre de 1926 y, cuando la encontraron en un hotel de Harrogate, la explicación oficial fue la amnesia. A Derry le habría encantado esa versión.
Que nadie piense que el parentesco es un capricho de esta revista. King ha cruzado la frontera sin disimulo: Mr. Mercedes, un thriller sin un solo fantasma, ganó en 2015 el Edgar a mejor novela, y la Mystery Writers of America lo había nombrado Gran Maestro en 2007, la misma distinción que inauguró Christie en 1955. Entre una fecha y la otra hay medio siglo y un océano de por medio.
La campaña invita a descubrir el King que cada quien lleva dentro. Mi sugerencia para noviembre es buscarlo con lupa. Detrás del payaso y de la chica que mueve cosas con la mente aparece casi siempre la escena que Christie repitió durante medio siglo: un cuarto lleno de gente común y la sospecha incómoda de que alguien ahí no es quien dice ser. A Poirot le bastaban sus células grises para salir de esa habitación. A los lectores de King, que llevan más de cinco décadas durmiendo mal, les toca además dejar una lámpara encendida.+
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