Caminar hacia la blancura
Por Alejandra Gotóo
A bluish glimmer emanates from the dry stream winding its way up
through the woods like a long white snake.
I take one step at a time, leaning forward so I won’t fall back.
Han Kang
Hay autoras de las que todos hemos oído. Puede que incluso hayamos leído alguna de sus novelas: la más visible, la más premiada, la que necesitamos para charlar con nuestras amistades cultas. Han Kang es una de ellas, conocemos: La vegetariana (Random House, 2024) o Actos humanos (Random House, 2024) o puede que La clase de griego (Random House, 2024). Pero hay una obra menos mencionada, Imposible decir adiós (Random House, 2024) en la que algo de su escritura se vuelve difícil de digerir.
Parte de esa dificultad tiene que ver con el lugar desde el que escribe. Han Kang nació en Gwangju en 1970, en un país marcado por una violencia que no siempre se mostraba de forma directa: rumores, silencios, versiones incompletas; miedo al otro. Años después, esa violencia aparece en su obra como algo que persiste, que se transmite y que no termina de resolverse.
Hija de un novelista, creció en un entorno donde la escritura era una forma de vida. Desde niña, Han Kang creció en una casa casi vacía de muebles, pero llena de libros a los que describe como “seres semivivos” que se multiplicaban y la protegían.
Antes de la narrativa, escribió poesía. En entrevistas, Han Kang ha dicho que no distingue del todo entre escribir poesía y escribir ficción. No porque sean lo mismo, sino porque no están separadas: las imágenes ya se encuentran ahí, forman parte de su manera de percibir la realidad. La forma cambia, no el lugar desde donde se escribe. Y algo de eso permanece: una prosa contenida, precisa, que no explica de más y que deja espacio para lo que no necesita decirse del todo. En sus poemas disponibles en línea ya aparecen ciertas imágenes que luego atraviesan su obra: superficies abiertas, cuerpos que se disuelven, una percepción que no termina de fijarse.
En uno de esos poemas, “Pitch-Black House of Light”, por ejemplo, escribe: “What are you dreaming? Keep walking”. La memoria aparece como algo que se forma en la luz, que no termina de fijarse. Más adelante, una imagen insiste: una casa de luz completamente oscura. La luz es otra forma de opacidad; en vez de sombra, blancura extrema.
Han Kang es también la primera autora coreana en recibir el Nobel de Literatura, hasta entonces, Corea sólo había sido reconocida con el Nobel de la Paz. Pero estos datos, su entorno familiar, el premio, el reconocimiento, la visibilidad, resultan insuficientes para explicar lo que ocurre en sus libros.
Mirar implica quedarse
Si en algunos textos es posible observar sin involucrarse del todo, en la obra de Han Kang eso simplemente no es una opción. Al leer Actos humanos (Random House, 2024) percibí que la violencia no aparece como un evento completamente cerrado. No es algo que ocurrió y terminó. Permanece. Se desplaza entre cuerpos, voces, recuerdos. Se narra lo que queda en quienes sobreviven: los restos, las memorias y las formas en que la violencia sigue organizando la vida.
Ahí mirar no es un gesto inocente. No hay distancia suficiente para convertir la experiencia en algo externo. El lector queda implicado porque el texto no ofrece un lugar desde el cual mantenerse a salvo. La narrativa de Han Kang empuja a acercarse hasta intentar reconocer en los rostros de los muertos algo propio.
Ésa es, quizás, una de las operaciones más precisas en su escritura: desactivar la posibilidad de una mirada cómoda. No hay un punto estable desde donde contemplar lo ocurrido sin que algo de eso se adhiera. La violencia se presenta como una presencia que insiste.
Y, sin embargo, no se trata de una saturación de imágenes. Al contrario. Muchas veces es en lo que no se muestra, en los silencios, en las interrupciones, en lo que apenas se sugiere, donde esa imposibilidad de distancia se vuelve más evidente.
Donde el cuerpo ya no está
Mientras que en Actos humanos la imposibilidad de distancia se instala a partir de los cuerpos: heridos, expuestos, irreconocibles, en Imposible decir adiós la violencia cambia de forma para imponerse lo que queda cuando pasa el tiempo.
Al finalizar su lectura me quedó la sensación de que este libro fue expulsado junto con el anterior como un resto vivo de la misma herida. En Imposible decir adiós los cuerpos están enterrados, desplazados, fuera de campo visual. Y, sin embargo, la relación con ellos persiste.
La trama del libro muestra a una mujer que viaja a la provincia tras recibir la noticia de que su amiga está en el hospital. A partir de ahí, se construye una serie de aproximaciones: la madre fallecida, la amiga carpintera, la casa que parece responder, el paisaje que abraza y asfixia. Las figuras aparecen, pero no terminan de coincidir en un mismo tiempo ni en un mismo espacio.
Se relacionan sin tocarse, sin coincidir del todo. Los cuerpos ya no son necesarios. Lo que sostiene el vínculo no es la presencia, sino la memoria.
Durante su viaje y estancia en la casa de su amiga, los recuerdos se imponen, irrumpen sus pensamientos, sin embargo, no pueden fijarse del todo. Las escenas no se encadenan de manera estable: se repiten, se desplazan, se desdibujan y comienzan de nuevo. Como si la narración misma estuviera atravesada por la imposibilidad de sostener una forma única.
Hay elementos que insisten: los canarios (Ama y Sori), la madera trabajada por la amiga, un árbol que en la noche parece una mujer meciéndose con el viento. Más que símbolos cerrados, se trata de formas que aparecen y reaparecen, como si intentaran mostrar un significado único para cada lector.
El paisaje, tan blanco y abierto, no es simplemente un fondo; es una condición vital que envuelve la narrativa. ¿Qué significa habitar un espacio así? No es ausencia. Pero tampoco puedo afirmar que es presencia. Es otra cosa: una superficie donde lo visible y lo invisible se confunden, la realidad y la memoria se tornan porosas.
En algunos textos, la distancia permite observar sin involucrarse del todo; en la obra de Han Kang, esa distancia no termina de sostener a quien lee. No es que desaparezca por completo. Es que se vuelve insuficiente.
En Actos humanos, mirar implica reconocer. En Imposible decir adiós, implica permanecer. No hay un momento claro en el que la experiencia pueda darse por concluida, porque lo que se activa no es sólo la memoria de lo ocurrido, sino la forma en que esa memoria sigue operando, incluso cuando ya no hay cuerpos que la sostengan.
Lo que incomoda no es únicamente la violencia, sino la imposibilidad de ubicarla en algo ajeno: fuera del cuerpo, fuera del presente, fuera de quien mira.
Leemos estos textos no para entender lo que pasó, sino para sostener la mirada justo allí donde duele, y quizá reconocernos.



