Sinfín: una ficción distópica muy cercana al presente. Una conversación con Martín Caparrós

Sinfín: una ficción distópica muy cercana al presente. Una conversación con Martín Caparrós

11 de febrero de 2021

Irma Gallo

Es el año dos mil treinta y tantos. Las fronteras se han extinguido; las migraciones provocadas por el cambio climático son tantas como aquellas impulsadas por la violencia; con los nacionalismos exacerbados, la xenofobia y el racismo a todo lo que dan, Europa resulta la región más afectada. La raza humana, en su constante búsqueda de la inmortalidad, ha encontrado una solución: cuando el cuerpo de alguien –que puede pagar por ello, of course– está dejando de funcionar, su cerebro se conecta a un host que sólo puede sobrevivir si está aislado, viviendo una existencia virtual, inventada por los científicos. Es un sistema llamado truVí, que se parece demasiado a cómo nuestras vidas actuales transcurren entre Zoom y redes sociales.

Martín Caparrós (Buenos Aires, 1957) escribió Sinfín mucho antes de que una pandemia nos convirtiera –a los afortunados que podemos permitirnos el home office– en cerebros “transferidos” a hosts, que sobreviven aislados, con vidas que suceden sólo a través de las pantallas. Además, tuvo el enorme acierto de hacerlo con ironía. ¡Quién sabe cómo habría resultado una novela distópica sobre un futuro más bien negro sin ese rasgo humorístico!

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En entrevista desde Barcelona –aunque el cronista y novelista vive en Madrid desde hace unos años, ha ido a pasar unos días a la ciudad catalana–, Caparrós responde a estas cuestiones.

—Me alegra que hayas subrayado lo del sentido del humor. Yo cada vez más creo que, si uno quiere simular alguna inteligencia —cosa que a mí me sucede con frecuencia; no sé por qué tengo esta especie de empecinamiento—, el humor es básico. Tonta es la persona que no tiene humor, que se cree que todo es absolutamente serio y solemne, y a mí me interesa más la gente capaz de tratar temas supuestamente enjundiosos, supuestamente profundos y demás, con alguna forma de humor.

No es fácil tratar con originalidad aquello sobre lo que ya se ha escrito tanto: el empecinamiento de los seres humanos por encontrar la fórmula para vencer, por fin, a la muerte. El periodista confiesa que desde hace tiempo le interesan “las formas en que peleamos contra esta certeza horrible de que nos vamos a morir”. También dice que buena parte de su producción literaria de ficción toca este tema: 

—Y durante milenios, desde que empezó la civilización humana, buena parte de esas formas tuvieron que ver con las ficciones religiosas, esos relatos que hacen las religiones en los que te prometen alguna forma de supervivencia después de la muerte, a cambio de que tú les hagas caso en esta vida. El tema es que las religiones están, en muchos casos, perdiendo el lugar hegemónico que tuvieron durante milenios y, de algún modo, la ciencia está ocupando parte de ese lugar. Ahora hay una serie de tentativas —y son reales— de pelear contra ese error —así lo llaman— que es la muerte, por medio de técnicas cada vez más sofisticadas. Básicamente, muchos de estos nuevos multimillonarios de Silicon Valley, que han ganado enormes cantidades de dinero y que están viviendo unas vidas espléndidas, no quieren que se les acabe, entonces están invirtiendo para ver cómo se soluciona el asunto.  

 

Caparrós afirma que en estos intentos por evitar la muerte hay dos posturas: la primera son los “cuerpistas”, que tratan de prolongar el funcionamiento del cuerpo a toda costa. —Y hay cada vez más intentos en ese sentido: terapias complejísimas, reemplazo de órganos, todo tipo de cosas para hacer que el cuerpo dure más— explica. Sin embargo, los cuerpos no pueden aguantar para siempre, y ahí es donde entra la otra postura, la que ocupa a su personaje Samar y su equipo de científicos: 

—Que si el cuerpo es finito, entonces transferimos la identidad de la persona, la mente, a un computador, y eso se podría guardar ahí para siempre. Ésa es la hipótesis que me gustó trabajar en Sinfín, la idea de la transferencia de cerebros a computadores, donde el cerebro sigue existiendo. Después hubo una serie de problemas en el experimento de Sinfín, y por eso terminaron inventándose una historia. Por eso terminaron inventando tsian, o sea, esta vida en la que cada cerebro sobrevive en una realidad virtual hecha a medida, en la que tiene un paraíso propio, siempre con la condición de que se mantenga aislado de los demás— dice.

 

—Escribiste Sinfín mucho antes de la pandemia —comento—, pero el truVí, esa realidad virtual, se parece mucho a lo que estamos viviendo ahora… 

—Sí. Es muy curioso, porque, efectivamente, el libro yo lo debo haber terminado hace dos años, y se presentó primero en España, donde salió, los primeros días de marzo de 2020. Después de aquí, me fui a Argentina, donde lo iba a seguir presentando. Me iba a seguir por América, pero de Argentina me tuve que venir corriendo en el penúltimo avión porque se estaba cerrando España. Y cuando empezó la pandemia, efectivamente, empezaron a aparecer cosas que de algún modo estaban en el libro, y eso me preocupó un poco, me asustó. 

”Una que me impresionó mucho –continúa– fue esto de que la condición para que estos cerebros sobrevivieran en sus computadores era que estuviesen aislados; cuando trataban de comunicarse con el resto del mundo se arruinaban. Entonces les inventaron el tsian, o sea, estas realidades virtuales, para que pudieran seguir aislados, pero contentos. La novela se publicó y a los 20 días nos dijeron: “la condición para que ustedes puedan seguir vivos es que se aislen”. Y sucedió exactamente eso. Y el aislamiento consistió, como tú dices, en vivir en esos truVís, estos espacios virtuales de encuentro, donde ahora estamos y donde nos hemos acostumbrado mucho a vivir en estos meses. Es raro; me da la sensación de que, como dicen por ahí, la pandemia aceleró mucho ciertos procesos que podrían haber tardado cinco, 10, 15 años en asentarse.

Martín Caparrós, quien no sólo es autor de varias decenas de novelas, ensayos y libros de crónicas, sino que con frecuencia es jurado en premios de periodismo, e imparte conferencias y talleres para la Fundación Gabo (antes conocida como la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano Gabriel García Márquez), no podía evitar un chascarrillo sobre sí mismo; si esto fuera una película, le llamaríamos “un cameo”.  

—Hay una parodia de mí mismo. Al principio de la novela, en esa Patagonia selvática, un poco demasiado lujuriosa debido al cambio climático, en donde hay un recorrido por un barrio pobre, miserable, y hay diálogos, qué sé yo, es algo que yo he escrito muchas veces en verdad. Pude haber escrito eso en un pueblito en Níger y, en cam – bio, lo hago en un lugar inventado, tomándome un poco el pelo —confiesa con una risa traviesa, y le digo que, en efecto, esa primera escena de Sinfín parece sacada de su libro de crónicas El hambre.

 

 

”La intención —continúa— era poner en escena esto de que las formas pueden ser usadas para contar cosas muy distintas, y que no hay una forma para la no ficción, una forma para la ficción, sino que todo eso es muy dinámico y muy plástico. El periodista argentino decidió jugarle una mala pasada al viejo continente, en donde reside desde hace unos años. En Sinfín, Europa se lleva la peor parte.

—Da la sensación de que es una región que sobrevive muy bien de sus viejas glorias. Durante cuatro o cinco siglos en la historia del planeta, Europa tuvo un desarrollo técnico que le permitió dominar buena parte del mundo; desde 1492 hasta 1900, digamos. Formaron imperios, controlaron y se aprovecharon de buena parte del mundo —explica—. Pero después se quedaron como sobreviviendo a partir de eso. No inventan, no renuevan, no buscan, siquiera. Entonces, es bastante posible pensar que se va a ir desgastando lo que les queda de tesoro histórico —reflexiona—. Tenía ganas de convertir Europa en aquello que Europa suele mirar cuando mira lejos. Acá está lleno de gente muy satisfecha de sí misma, que dice: “¡Ay, los pobres africanos!, ¡ay, los pobres sudacas!”. Entonces, estaba bueno aplicarles a ellos ese filtro. 

En la reconstrucción que hace Caparrós de la degradación de Europa, el lugar de los nacionalismos es muy fuerte:

—Estamos en un momento raro de recuperación de los nacionalismos que creo que, si efectivamente no hay un freno a eso, dentro de los próximos 20 o 30 años va a ser uno de los problemas más brutales. Yo ahora no estoy en Madrid, sino en Barcelona. Éste es otro ejemplo de un pequeño espacio en donde el nacionalismo ha hecho que la vida sea mucho más complicada de lo que ya era. 

La entrevista se acerca al final. Hemos hablado casi 30 minutos. En un tono de decepción que no disimula ni su marcado acento argentino, Martín Caparrós concluye:

—Yo pensaba que, cuando llegara a esta época de mi vida, las naciones iban a parecer cada vez menos importantes, iban a parecer cada día más obsoletas, como nociones ya un poco perdidas y, sin embargo, es todo lo contrario. +

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