Entretejedoras y entretejidas
El poder avasallador de lo ¿pequeño?

Entretejedoras y entretejidas <BR> El poder avasallador de lo ¿pequeño?

 

“Lo siento, aquí no bordamos almohadones”, de esa manera Le Corbusier se dirigió a Charlotte Perriand cuando le pidió trabajo. Tiempo después no sólo trabajaría para él, sino que se destacaría por sus dotes para el diseño de mobiliario y sería cocreadora junto con él de varios de sus diseños más emblemáticos, entre ellos la famosísima Chaise Longue LC4, también conocida como máquina de reposo.

Ante esta anécdota en absoluto trivial, caben muchos cuestionamientos. Por supuesto, los más inmediatos, y no por ello menos importantes, se relacionan con la devaluación por género por parte de uno de los arquitectos modernos más reconocidos históricamente. Pero existe otra pregunta que pocas veces nos hacemos y en cuya falta incluso las mujeres en diversas ocasiones hemos sucumbido: ¿por qué el medio del desprecio se ha asociado con actividades tales como el bordado, el tejido, etc.? Este desprecio tiene una larga y profunda historia donde el género siempre ha estado atravesado.

 

Del desprecio del cuerpo al desprecio del trabajo encarnado, una muy vieja historia

Como nos cuenta el sociólogo Richard Sennett en su libro Carne y Piedra, quien por cierto reconoce su deuda con la pensadora alemana Hannah Arendt especialmente en su obra La condición humana, el mundo de la Grecia Antigua, al igual que en cualquier cultura humana, tenía una muy específica concepción del cuerpo siempre íntimamente atada a su concepción del espacio.

Esta concepción partía de la idea del cuerpo como un reservorio de energía en el cual, a mayor energía, mayor jerarquía ontológica; es decir, las entidades de mayor desarrollo entre las existencias del mundo serían aquellas más energéticas y las menos, las más materiales y menos animadas. Para poder distinguir esto, los griegos señalaban que los cuerpos más fríos eran claramente inferiores de aquellos más cálidos. Pues, en este orden de ideas, las mujeres eran consideradas cuerpos más fríos junto con las personas esclavizadas de la época (incluso si eran hombres). Por supuesto, los ciudadanos de género masculino eran los que, después del logos (el pensamiento cósmico por sí mismo), serían quienes tendrían el mayor rango y serían considerados consecuentemente como los cuerpos con más energía a manera de calor. Recordemos que no todo hombre podría ser considerado ciudadano en la democracia griega y, por tanto, tampoco todo hombre podría ser partícipe de la misma, ni hablar de las mujeres que eran consideradas propiedad de los hombres junto con otros bienes.

Hasta aquí, el camino hacia el mundo descarnado estuvo ya implicado, sin embargo, el cuerpo seguía siendo una medida del mundo, particularmente el masculino, el más energético y menos material, de acuerdo con los griegos. Sin embargo, más adelante, con la influencia del pensamiento de otro griego, Platón, sobre el mundo cristiano, el cuerpo se iría volviendo cada vez más despreciable en favor de las ideas que se encontrarían en una especie de otro mundo que no el que habitamos, el Topus Uranus, y, en versión cristiana: el mundo celestial. En ese tono, el cuerpo sería solamente un tránsito despreciable, aunque necesario para poder, después, alcanzar la vida eterna.

En este contexto, no es de extrañar que el valor del trabajo humano fuese un poco más adelante clasificado jerárquicamente en correspondencia con dos parámetros: el trabajo intelectual versus el trabajo físico. Es así que, siguiendo a Larry Shiner en el libro La invención del arte, una historia cultural, aparecería entonces una clasificación de las actividades humanas divididas en dos grandes áreas: Las artes liberales, aquellas que implicarían trabajo intelectual y reservadas a los hombres libres –clasificación que, por definición, excluía a las mujeres– (trívium y quadrivium: gramática, retórica, lógica, aritmética, geometría, astronomía y música), frente a las artes mecánicas o serviles, caracterizadas por consistir en oficios manuales que requerían un importante esfuerzo físico y trabajo material.

Por supuesto que tareas como el bordado, el tejido y demás actividades asociadas al mundo textil estaría colocado en el campo de las artes mecánicas, sin embargo, en dicho mundo medieval también encontraríamos en ese ámbito a la pintura, la escultura y al diseño hasta que, para tiempos del Renacimiento, las cosas comenzarían a sufrir una cierta transición a otro orden que alcanzaría su estructura definitiva para el Siglo XVIII.

En tiempos de aquella época que para muchos es un tiempo de luz frente a las tinieblas que se le atribuyen a los tiempos precedentes, me refiero al Renacimiento, fue cuando las mujeres comenzaron a ser particularmente limitadas en el ámbito público, basta leer el fantástico libro de Silvia Federici que ya he mencionado en otros artículos previamente, Calibán y la Bruja.

También es en esta época cuando la pintura, la escultura y la arquitectura comienzan una lucha por su distinción como actividades de contenido intelectual a través de su designación como Artes del Disegno, o, en español, del dibujo proyectivo. ¿Por qué esto supondría un paso clave para transitar hacia su reconocimiento como actividades intelectuales y no meramente mecánicas? (algo que hay que decir que no sucedió inmediatamente, tardó realmente siglos) Porque implicaría la necesidad de planeación y representación desligada de la inmediata ejecución material. A partir de este momento iniciaría una paulatina separación jerárquica de otras actividades tales como la cerámica, la carpintería, la vidriería, entre otros entre los cuales claro está, se encontrarían las actividades textiles.

A través de una serie de cambios y operaciones históricas advendrían ya con franqueza los tiempos del franco nacimiento de la modernidad para el Siglo XVIII, cuando, finalmente aparecería el campo de las Bellas Artes claramente distinguible. Otros dos campos habrían sido delineados en este nuevo panorama del saber humano, la Ciencia y las Humanidades. También, nos conviene recordar cómo las mujeres, a pesar de haber acompañado la lucha ilustrada, habrían sido silenciadas por nada más y nada menos que los regímenes que previamente habrían derrocado a la monarquía (Mujeres, hackers de la Ilustración).

Al final del día, el panorama era este: el mundo se había ido decantando por el desprecio del cuerpo y por la entronización de la actividad “meramente” intelectual. Así mismo, las actividades de menor prestigio cognitivo se atribuirían, a su vez, a los sectores sociales menos favorecidos entre los que las mujeres estarían incluidas.

 

La primacía de la “universalidad” sobre la contingencia

En este discurrir histórico que iría dando cada vez más y más valor al trabajo intelectual que al material, también se gestaría una valoración de las ideas pretendidamente universales sobre los saberes concretos, locales, fruto de las experiencias personales. Aquel mundo de hombres iría en la búsqueda cada vez más y más insistente en eso que se suele llamar objetividad y universalidad.

A las mujeres, ya desde tiempo atrás, se les signaría con adjetivos bien opuestos a estos como “sentimental”, “irracional”, etc., algo que serviría también para incapacitarlas para el desempeño de labores que implicaran no sólo mayor prestigio social sino también mayor poder de decisión. En el campo de la arquitectura bastan y sobran ejemplos de esto. La pensadora de la arquitectura y la ciudad, Zaida Muxi, nos relata, en su fantástico libro Mujeres, Casas y Ciudades, cómo en el último cuarto del siglo XIX, particularmente en Inglaterra, algunas mujeres con ciertas ventajas de clase a su favor (pero sin duda desventajas de género también) podían encontrar en la copia de planos y escritura de especificaciones de obra un resquicio de acción. Aunque, en cierta forma, es alentador el encuentro de esta pequeña fisura en el compacto techo (no de cristal precisamente) sobre las potencialidades de nuestro género, lo cierto es que se permitía que se insertasen en esta actividad en la medida en que se consideraba que podrían hacerlo bien por su paciencia y atención para el detalle, cual atributo natural del sexo.

Por otro lado, también podemos encontrar en los casos abordados por Zaida, el de la impresionante Octavia Hill, quien pese a su importantísima contribución a la habitabilidad de la ciudad para las personas más desfavorecidas y, con ello, para el complejo social en su totalidad, se le ha reconocido hasta hace poco tiempo meramente como una benefactora. Esta mujer inglesa que vivió entre el siglo XIX y el XX, activista pero también proyectista de ciudad desde la trinchera de la acción social, no solamente se dedicó a “ayudar” a los más desprotegidos. En realidad, a partir de su trabajo en especial con las mujeres de los barrios, supo germinar los precedentes de lo que hoy podríamos considerar urbanismo participativo, donde, además, se entiende algo que aún hoy resulta innovador: los barrios deben permitir y partir de la apropiación espacial y no meramente de grandes planes hechos en abstracto alejados de las vivencias concretas de sus habitantes. Se trata de una práctica fundadora del diseño urbano participativo que no parte de la caridad sino de la dignificación.

En este sentido, si bien, por un lado, el mundo hegemónico se encontraba cimentando su sentido sobre la factura de valores e ideas de aplicabilidad universal, abstracta y estratégica (urbanismos pensados desde el sobrevuelo de un helicóptero), el quehacer y la mirada de las mujeres, quienes claramente se encontraban relegadas, se orientaría por la contingencia, la especificidad situacional así como por la atención al detalle de la vida concreta a través de una intervención sobre la ciudad hecha a pie.

Para aquellos tiempos, esto se habría visto como un claro signo de inferioridad, sin embargo, actualmente, sabemos que gracias a esa diferencia de abordajes no dada por una diferencia biológica, sino como consecuencia histórica, la contribución de las mujeres a los saberes del mundo ha adquirido cada vez más relevancia ya que permite cubrir los grandes vacíos que el pensamiento moderno hegemónico dejó a un lado: el saber concreto que parte de la experiencia encarnada y personal.

Hoy, el mismísimo pensamiento regenerativo considerado la nueva evolución del pensamiento sustentable, conviene en que las posibilidades de recuperar y darle cabida al desarrollo de la vida en nuestro planeta requieren de la comprensión profunda de lo local y singular, sí, del lugar que no del espacio cartesiano abstracto. Esto es algo que diversas mujeres, algunas de las cuales afortunadamente conocemos con nombre propio y muchas otras anónimas que merecen ser reconocidas, han entendido desde hace tiempo. La experiencia concreta, esa que se llama despreciativamente anecdótica, es la que nos permite acceder a la esperanza del mundo. La experiencia que surge del encuentro sensible, de la escucha de las y los otros humanos y no humanos, la experiencia intersubjetiva e intersingular, es la que puede ensanchar nuestro conocimiento y no meramente la aplicación de conceptos prefabricados de muy alto prestigio científico, eso sí.

 

Virajes hacia el conocimiento encarnado

El poder de las experiencias marginales, pero habría que llamar marginadas, se nos revela brillante y esperanzador. Entre ellos, como metáfora, pero también como práctica concreta vuelvo ahora al trabajo manual con un cierto énfasis en el trabajo textil, y para ello, me valdré de algunas anécdotas personales.

Hace ya algunos años, tuve una entrevista con un prestigiado arquitecto que había sido tiempo atrás mi profesor, quien, para mí suerte, me contrató. Recuerdo que cuando platicábamos, le conté que tras estudiar arquitectura y quedar agotada y, debo decirlo, deprimida fisiológicamente tras el curso de mis estudios, había decidido cursar estudios en ebanistería como carreta técnica (hoy pienso que me hubiera gustado haber elegido mejor el taller de textiles, en fin). Pues bien, este afamado y, sin lugar a dudas, talentoso arquitecto me respondió que le sorprendía que, contado mis dotes intelectuales, me decantara por el trabajo manual. Yo, sinceramente, quedé sumida en una especie de desagrado y confusión, hoy entiendo mejor por qué.

Cuando entré a cursar estos maravillosos estudios de taller en ebanistería tuve un maestro inolvidable: el Maestro Rutilio. El Maestro Rutilio, me enseñó que para trabajar con la madera tenía que rendirme ante ella, renunciar al vicio de control exacto y neurótico que se evidenciaba en mis planos trazados con precisión milimétrica, y abrir mi tacto a las vetas y nudos de aquel trozo de árbol. Con este querido maestro aprendí que el material, en este caso la madera, tenía sus propias fuerzas y era una alteridad con la cual dialogar y no a la cual someter. Lo mismo me ha pasado por años desde que, a los 6 aprendí a tejer de la mano de mi abuela, y cuando bordo y evoco aquellas reuniones de taller con café y deliciosos panes en el taller de la talentosa Gimena Romero y mis amigas, Gaby, Sofi, Liz, etc. El tejido, como la ebanistería me revelaron la alteridad, me hicieron conocer que cuando se trabaja con el cuerpo nos abrimos también a las fuerzas vivas del mundo (aunque provengan de materia inerte); aprendes a hablar incluso con lo que tiene voz y ni qué decir de quienes hablan la misma lengua humana.

      También, debo mencionar que mi admirada amiga Miriam Mabel Martínez, gran artista, periodista y activista tejedora, me ha abierto un portal increíble hacia el potencial del entretejimiento colectivo que abre el tejer juntas. A cargo de un taller de tejido feminista con mujeres predominantemente de la tercera edad en el Centro Cultural El Risco, Miriam potencia el pensamiento más profundo a la vez que los afectos y las solidaridades de quienes ahí participan.

      Así, a pesar de la marginación producto de la, a veces, necia historia de Occidente hizo no sólo de nuestro género, sino de otras tantas cosas como del trabajo manual, diversas generaciones de mujeres han sabido tomar esa desventaja y estigma con una voluntad alquímica. Baste recordar a Gunta Stöltz como encargada del taller de textiles de la famosa Bauhaus, escuela fundadora del diseño moderno, quien a pesar de verse relegada por su género a ese quehacer lo supo llevar mucho más lejos y hacer de ese espacio algo tan relevante que dio lugar a personajes tales como Annie Albers, quien estudiaría y más tarde se encargaría del taller también, y a su vez, sería la primera tejedora en tener una muestra individual en el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA) en el año de 1949. No en balde, la misma Annie solía decir: “Escucha al material, deja que te diga qué quiere ser”. Y, hay que decirlo, no sólo se escucha con el oído, sino también con las manos.

 

Actualmente, se presenta una exposición curada por la ya mencionada Zaida Muxi en el Antiguo Colegio de San Ildefonso en el Centro Histórico de la Ciudad de México. Esta bella exposición titulada Entretejidas versa acerca de varias generaciones de mujeres arquitectas, entre las cuales me siento muy honrada de estar. Esta muestra, asimismo desvela las profundas interrelaciones (sí, entretejimientos) entre todas y la importancia de la sororidad de un colectivo que resiste, el de las mujeres, en este caso arquitectas. Además, cuenta con una particularidad: cada una de nosotras tiene prácticas muy diversas, desde las más convencionales (hacer edificaciones) hasta otras tales como la teoría, la práctica del arte y, curiosamente, la labor textil, entre otras. No creo que esto último sea casualidad, desde tiempos ancestrales aprendimos a cuidarnos en conjunto y a saber ser con las y los otros, pero también con lo otro. Desde entonces supimos que, tal como algún día señaló Merleau Ponty, estamos hechas de la misma tela que el mundo.

Sin duda, todas le debemos mucho a aquellas generaciones que buscaron siempre las grietas donde colarse a un mundo que las excluía sistemáticamente sin ver el poder avasallador de lo supuestamente pequeño.

 

Texto de Aura Rosalía Cruz Aburto. Arquitecta por el Tecnológico de de Monterrey, maestra en diseño y filósofa. Profesora en diversas instituciones e investigadora independiente. Cada vez que algo la inquieta, escribe, dibuja o borda.

 

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