Mi primera cita con don Vito

Mi primera cita con don Vito

Por José Luis Trueba Lara

4 de julio 2022.

Después de cincuenta años, he olvidado algunos detalles de nuestro primer encuentro. Yo tenía doce y el mundo me era ajeno. Mientras caminaba sobre Reforma —la frontera norte de la Zona Rosa—, no me pasaba por la cabeza la fotografía que Nick Ut apenas había tomado en junio. No recuerdo si ese horror químicamente puro se publicó en Excélsior, al que sólo me asomaba por razones que nada tenían que ver con las masacres del otro lado del planeta. Esa imagen poderosísima, sin que pudiera enterarme, se transformó en uno de los íconos del horror del siglo pasado: sus granos blancos y negros mostraban a Phan Thi Kim Phuc mientras huía desnuda de la aldea de Trang Bang. Phan tenía nueve años y su cuerpo ardía por el napalm. Los soldados que estaban detrás permanecían incólumes; ella era una víctima más en un mundo cegado por la guadaña. La guerra de Vietnam representaba una sombra, y en la colonia Roma ningún joven quemó su cartilla de reclutamiento. Eso ocurría en otro país, que yo apenas imaginaba gracias a lo que miraba en la tele. Estados Unidos era el lugar donde nadie se tomaba la molestia de ponerles los seguros a las puertas de los automóviles.

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Mis pasos no se dirigían hacia el Cine Roble, que casi se adivinaba en los linderos de Chapultepec; tampoco tenían la intención de llegar al Regis, al Diana o al París, donde todavía se proyectaban las películas de la nouvelle vague, que me parecían más aburridas que chupar un clavo. Ese día, íbamos al Cine Latino. Mientras alguno de mis familiares compraba las entradas, me puse a mirar los carteles, en los que el rojo te ardía en los ojos con tal de competirle al Eastmancolor que, por fortuna, claramente agonizaba.

El Latino era un lugar seguro. Estaba muy lejos de la Romita, donde vivía el Robachicos, que les sacaba los ojos a los niños y —con ganas de completar el cuadro— también les cortaba la lengua y los dejaba tullidos para obligarlos a pedir limosna. En realidad, las películas que se estrenaban no me importaban gran cosa; lo único que me urgía era olvidar mi primera decepción con el star system de estos rumbos. El famosísimo Tío Gamboín era amigo de mi abuelo y se había emborrachado como un co- saco en una comida sabatina. Él fue mi primera estrella caída, aunque algo tengo que agradecerle: las que después se enfangaron sólo me confirmaron lo que ya sabía.

Entregamos los delgados boletos que una máquina escupía con cierta fuerza para recordarnos que la modernidad nos había alcanzado de manera irremediable. Si los bolígrafos se habían transformado en plumas atómicas, las taquillas de los cines también debían tener adminículos apantallantes. No sé bien si eran casi rojos, azules desteñidos o amarillentos —los únicos colores que se usaban—. Aunque la película pertenecía a la clasificación C, entramos sin problemas. Salvo en el caso de la tentadora D —que significaba “mayores de 21 años” y más de una vez me impidió mirar La na- ranja mecánica o el bodrio infumable de Nacidos para perder—, las letras de las películas apenas servían como advertencias, y el cerbero que cuidaba la entrada muy pocas veces se ponía los moños para impedir que un chamaco entrara.

En esos días, aún no descubría la maravilla del Cine La Viga —un inmenso local de piojito en el que los vendedores ambulantes se materializaban en los intermedios y entre peli y peli—, donde la D no tenía ningún valor y, a cambio de cuatro pesos, podías ver tres maravillas que estaban muy lejos del día de su estreno.

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La inmensidad de la sala —que rondaba las dos mil 500 butacas— era absolutamente azul; esa tela cubría la pantalla y también las paredes. Los asientos tenían casi el mismo tono; apenas contrastaban lo estrictamente necesario para demostrar que se trataba de un lugar de probada alcurnia. Confieso que jamás comprendí por qué lo latino se asociaba con el azul, pues no resultaba tan obvio como en el Dorado 70, que estaba en Plaza Universidad, donde los cortinajes despertaban la envidia de Irma Serrano.

Ahí estaba sentado. En mis manos, las palomitas, que llegaban a la dulcería en grandes bolsas de plástico y se vaciaban en un contenedor de acero inoxidable que hoy les pararía el cabello a los padres. A como diera lugar, había que esperar los cortos y, si la suerte no estaba de mi lado, me tendría que chutar un quesque documental de Demetrio Bilbatúa, en el que —para no variar ni perder la costumbre— me informarían sobre las bellezas de la patria y la imperiosa necesidad de que me sintiera orgullosísimo de ellas. Sus espantos —que por fortuna apenas duraban diez minutos— ya habían desplazado por completo al Noticiero Continental y al Noticiario Mexicano, que no cantaban mal las rancheras y resultaban mucho peores que la publicidad que hoy nos obligan a mirar. Ni modo, así era la vida y no quedaba de otra más que apechugar.

Los cortos pasaron sin pena ni gloria. En este caso, mi amnesia absoluta rimaba con el resto de mis olvidos y mis ignorancias. Apenas había pasado un año desde el día que soltaron a los halcones en las cercanías de la normal. Ni por asomo me había enterado de que Carlos Fuentes —el guerrillero dandy— había saltado a la palestra para defender al presidente a capa y espada. “Echeverría o el fascismo”, escribió sin que le temblara la mano para emprender su carrera como adulador del poder. Tampoco sabía que, mientras él ronroneaba en Los Pinos, Gabriel Zaid, José Emilio Pacheco, Carlos Monsiváis y Octavio Paz lo enfrentaron y lo denunciaron. Sólo con el paso de los años, Fuentes se transformaría en un fantasma en mi biblioteca, mientras que sus críticos se convirtieron en presencias fundamentales, en las palabras que aún me arropan.

Durante los primeros momentos, la película no parecía gran cosa: mirar una boda italiana y a Sonny endiablado. Sin embargo, cuando Bonasera —el dueño de la funeraria— se presentó ante don Vito, las cosas cambiaron y comenzó mi educación sentimental. La familia Corleone tenía claro lo que yo apenas intuía: la justicia gubernamental era una farsa y sólo actuaba cuando su maquinaria estaba aceitada. Gracias a esa escena, comprendí lo que ocurría a mi alrededor: mi abuelo materno era un periodista corrupto que daba charolazos para brincarse las trancas y, según lo supe más tarde (cuando edité un libro con las fotos del 68 que se salvaron de ser requisadas en El Universal), él fue uno de los delatores del movimiento y, sin miedo a la ignominia, se defendió al señor presidente en cada una de las líneas ágata que publicaba.

Descubrirme ante la justicia imposible fue el primer hallazgo. Conforme la película avanzaba, Coppola me revelaba el mundo con toda su crudeza: las traiciones eran un asunto cotidiano y los ajustes de cuentas por negocios ocurrían a la menor provocación. No sólo esto, en esas escenas también quedaba claro que, en el mundo del poder, la bondad resultaba imposible. Exactamente lo mismo sucedía con aquellos que lo buscaban —da igual si era para controlar el crimen, ascender en la burocracia o ganar los favores de la mafia. Incluso, los que parecían predestinados a ser distintos —como Michael Corleone— terminarían devorados por el destino inexorable. Sus amores estaban condenados a muerte o, si acaso sobrevivían, al silencio, a la omertá, que les cerraría la puerta a su mundo.

En el fondo, el único que tal vez se salvaba era don Vito. Todo lo había hecho por su familia; su amor infinito lo llevó a convertirse en quien era y a actuar como actuaba. Quizá por eso tuvo una muerte plácida y su nieto no se dio cuenta de que su vida se terminó mientras él jugaba a ser un monstruo. ¿Puedo pensar que don Vito sólo jugó a ser un monstruo desde que llegó a Nueva York y conoció a sus dos primeros aliados? No lo sé, pero no me importa saberlo. Don Vito tiene que salvarse.

Salí distinto del cine. Mi primera piel se quedó en la butaca. Las condenas y la redención se habían revelado: ese día renuncié para siempre a los juegos del poder y supe que mi único futuro eran los míos. El abuelo que presumía sus corruptelas se convirtió en mi rival y lo mismo sucedió con los familiares que de distintas maneras seguían sus pasos. El camino era claro. Tenía que crear un mundo y, en él, el pan siempre sería puro. Ninguna de sus zurrapas podía estar manchada por la deshonra o por la curvatura de mi espalda. No se trataba de hacer a un lado todas las debilidades, algunas de ellas —como la de don Vito cuando le pide a Bonasera que maquille el cadáver de Sonny— debían mantenerse para seguir siendo humano.

Mi primer encuentro con don Vito cambió mi vida y, tal vez por una sincronicidad que me niego a aceptar, en esos meses también descubrí los verdaderos libros, los que estaban más allá de las lecturas infantiles y juveniles que me perpetraban sin miramientos. En esos días descubrí a Giovanni Papini y comencé a leer los artículos que José Luis Cuevas publicaba en Excélsior. Alguien a quien mi familia insultaba por renegar de la verdadera mexicanidad merecía ser explorado. Los dibujos que adornaban sus textos eran lo de menos, pues aún no me adentraba en su pintura, me importaban los libros que comentaba e ilustraba: gracias a él, los escritores rusos llegaron a mi vida y La metamorfosis se ganó un lugar en mi recámara. Ese año fue el definitivo.+