Los hijos de El halcón maltés
Damas y caballeros: en el mundo de la novela negra escribir El halcón maltés, Cosecha roja y La llave de cristal fue el equivalente de inventar los colores primarios. Si Edgar Allan Poe, Wilkie Collins, Agatha Christie y Arthur Conan Doyle crearon al investigador intelectual y excéntrico, que resuelve los casos con poca acción y grandes deducciones, Dashiell Hammett inventó su opuesto perfecto: al detective privado que cavila poco pero se desplaza mucho, al inquisidor decidido a recoger las pruebas contra un asesino en el mismísimo infierno de ser necesario.
Por su calidad literaria podríamos decir que Hammett estableció el modelo de las principales historias policiales que todos hemos contado desde entonces: andanzas de detectives privados, quijotescos y desencantados de la vida, empeñados en hacer justicia a pesar de la corrupción de las autoridades; peleas entre grupos criminales, provocadas por un astuto agente de la ley, o bien esas quimeras que policías y delincuentes persiguen por igual, y que al final resultan ser “de la misma materia que están hechos los sueños”.
Las frases cortas de sus relatos, la capacidad de observación de sus personajes y su oído acucioso vendrían de su experiencia como detective de la legendaria Agencia Pinkerton, que obligaba a sus agentes a informar de lo relevante y a describir con tanta puntería como laconismo. El genio de Hammett consistió en elegir casos atípicos para sus novelas, transformarlos en impecables historias de ficción y aumentar la tensión y el suspenso en cada escena, de modo que sus personajes siempre parecen sentarse sobre barriles de pólvora a punto de estallar. Nunca conocemos el principio ni el final de cada capítulo, como si hubiéramos llegado tarde y debiéramos salir corriendo de una serie de momentos decisivos.
El personaje más famoso de Hammett no es el gángster Ned Beaumont ni el anónimo agente de la Continental, sino el orgulloso Sam Spade, un detective privado que resuelve sus casos “si es posible por medios honestos y dentro de la ley”. Su método de trabajo, que no es precisamente el deductivo, consiste en poner contra las cuerdas a culpables y policías, hasta que confiesen cuáles son sus intenciones, lo cual no le genera muchas amistades. Para su peor enemigo, el rencoroso teniente Dundy, Sam es un tipo “insoportable”, que un día caerá en las garras de la justicia. Para el inspector Tom Polhaus, es un individuo inmaduro y explosivo, que con frecuencia es traicionado por su orgullo. Para su secretaria, Effie Perine, es un buen hombre, aunque “no sea el tipo más honrado de la tierra”. Incluso el peligroso criminal Kasper Gutman, considera que Spade es un portento como rival, un contendiente de inagotables recursos, por cuya astucia siente el mayor respeto: “No hay forma de saber con qué va a salir, pero seguro que será sorprendente”. Para el sospechoso que cayó en sus garras, su mirada recuerda a la de Satanás en persona. En sus propias palabras, Sam Spade no es “tan corrupto como se cuenta”, y define su ética con claridad: “Soy detective privado, y esperar de mí que persiga a criminales para después soltarlos es como pedirle a un perro que cace un conejo y luego lo deje escapar”.
Aunque se juega la vida con ello, Sam Spade practica la ironía y la sorna como otros emplean el método deductivo. Mientras Hercules Poirot y Sherlock Holmes se devanan los sesos buscando una pregunta engañosa, Sam Spade prefiere sonreír con sarcasmo y forjar cigarrillos ante el sospechoso. Su técnica pone en situación incómoda a los culpables, y le permite presionarlos sin desgastarse hasta que estos confiesan por sí mismos.
A casi 100 años de su publicación, El halcón maltés aún cosecha lectores, entre otros motivos porque todo es acción dentro del relato. Las descripciones, cuando las hay, sólo se usan para aprehender a un personaje u objeto que jugará un papel relevante en la trama: una joven elegante y traicionera, una estatua invaluable o diez billetes de mil dólares recién salidos del banco. En cambio las escenas de violencia se narran con tanto detalle que parecen suceder en cámara lenta. Sólo la deslumbrante Brigid O’Shaugnessy y el líder de los hampones merecen descripciones distintas: la de Brigid hecha con sensualidad y deseo, la de Gutman con curiosidad y rechazo.
La novela se publicó por partes durante la Gran depresión, entre septiembre de 1929 y enero de 1930, primero en la revista Black Mask y un año después en forma de libro, en la editorial de Alfred A. Knopf. Con su contundencia, El halcón maltés creó las grandes convenciones de la novela policiaca al estilo americano.
1.El protagonista debe ser detective y la acción ocurrirá en su oficina, pues la aventura viene a tocar a la puerta.
2.Todas las sospechosas deben fingir que se sienten atraídas hacia el detective, sin duda para mejor confundirlo.
- Para encontrar a los grandes hampones, primero hay que vencer a sus delegados, del más débil al más peligroso.
- El objeto en disputa debe ser invaluable.
- Los funcionarios son corruptibles; los policías, rencorosos; el detective privado recela hasta de las personas que lo contrataron.
- Para resolver el misterio hay que caminar por la ciudad, y encontrar a los mejores testigos en los sitios más peligrosos.
- Un buen detective investiga en silencio y explica el misterio al final.
Sólo un puñado de grandes novelistas han logrado alcanzar estas alturas. En América Latina, el Jefe Absoluto fue el brasileño Rubem Fonseca, el inventor del inolvidable comisario Guedes y el abogado Mandrake. Con sus narradores divertidos y honestos, y su voz honda y conocedora del alma humana, Fonseca inventó una imagen más humana y completa del crimen y sus motivaciones. Su breve paso por la policía brasileña y sus estudios de derecho le ayudaron a crear las historias más furiosas y singulares de la novela negra americana: abogados que seducen a la parte contraria para ganar un litigio, escritores de novelas rosas que aman hasta la muerte, detectives que recurren al vudú para resolver un caso de fraude, millonarios que practican la tortura, y por supuesto, carteristas, prostitutas, forenses que estudian de cerca la muerte pero hacen lo imposible por sobrevivir. La mayoría de los novelistas policiales contemporáneos cree que escribir novela negra es como cocinar comida rápida. Fonseca demostró que cuando hay talento e historias por contar se pueden narrar obras maestras como Pasado negro, Agosto o La Biblia y el bastón. El Gran Arte se llama una de sus novelas más ambiciosas y es lo que uno encuentra en sus libros.
En México, El complot mongol es la madre de todas las novelas policiales mexicanas. Siguiendo la tradición literaria según la cual los mejores narradores no son del todo inocentes, Rafael Bernal inventó a un guardaespaldas mexicano, acostumbrado a matar, que se ve involucrado en una intriga con agentes de la CIA y la KGB. El resultado es una extraordinaria aventura verbal, que se parece mucho a una noche de parranda en algún bar del centro, a beber tequila de tiempos de la Revolución mexicana, y escuchar la confesión de un asesino a una mesa de distancia. El otro heredero de Hammett es el sinaloense Élmer Mendoza. De su primera obra a la más reciente, La sirena y el jubilado, las novelas de Élmer Mendoza nos ofrecen historias escalofriantes contadas con una seguridad narrativa poco frecuente y una gran dosis de humor. Un asesino solitario, El amante de Janis Joplin o Asesinato en el Parque Sinaloa son clásicos del género negro en México. Entre los mejores continuadores de Dashiell Hammett también se encuentran Augusto Cruz, y su excepcional Londres después de medianoche, y tres escritoras portentosas. Liliana Blum, Orfa Alarcón y Fernanda Melchor han puesto un nuevo tema en el centro de sus novelas: el papel del machismo y la cosificación femenina en la realización de un crimen. Sus tramas, personajes e incluso el ritmo de sus novelas realizan un impactante retrato de las ideas criminales que hay en contra de las mujeres en el continente. Pandora, El monstruo pentápodo y Cara de liebre, en el caso de Blum; Perra brava y Loba, de Alarcón, más Temporada de huracanes y Páradais, de Melchor, han provocado una verdadera revolución, gozosa por muchos motivos, todos literarios, pero hay que entregar este informe a la comandancia, así que eso lo comentaremos en otra ocasión.+
Martín Solares
Martín Solares es un escritor, crítico y editor mexicano. Es autor de los libros Los minutos negros, No manden flores, y Muerte en el jardín de la luna.Su obra ha sido traducida al inglés, francés, alemán, italiano, polaco y ruso.
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