Skynet en el jardín: Sci-fi escrita por autoras

Skynet en el jardín: Sci-fi escrita por autoras

Skynet en el jardín: Sci-fi escrita por autoras

De las heroínas que le declararon la guerra a las máquinas en la pantalla a las escritoras que llevan más de dos siglos preguntándose qué hace que algo, o alguien, sea real: un recorrido por la ciencia ficción escrita por mujeres con la tecnología y la autenticidad como brújula.

Sarah Connor hace lagartijas en un catre del manicomio y afila un clip para forzar una cerradura en Terminator, mientras todo el mundo a su alrededor la cree loca por insistir en que las máquinas van a exterminarnos. Trinity cuelga del cielo raso de una oficina en Matrix, esquiva balas a cámara lenta y le explica a un tal Neo que el mundo que él conoce es una simulación tan bien hecha que ni siquiera huele a falso. Ninguna de las dos nació del código: detrás de Sarah Connor hay una guionista y productora, Gale Anne Hurd, que peleó contra los estudios para que la película de 1984 terminara como ella quería y no con un abrazo edulcorado en el que Sarah se olvidaba de todo lo aprendido. Detrás de Trinity están Lilly y Lana Wachowski, las cineastas que en 1999 entendieron antes que nadie que preguntarse si lo que vivimos es auténtico dejaría de ser un chiste filosófico de cafetería para volverse una obsesión colectiva, la misma que hoy nos hace dudar de una foto, de una voz por teléfono o de un párrafo demasiado bien escrito. La ciencia ficción lleva rato ensayando esa pregunta con mujeres al frente, tanto dentro como detrás de la pantalla, y el cine llegó tarde a una fiesta que la literatura empezó hace más de doscientos años, cuando todavía nadie sabía que algún día (hoy) haría falta desconfiar de las palabras de una máquina. En ciencia ficción estamos seguros que hay vida más allá de Asimov.

La primera pregunta incómoda

En 1816, encerrada por la lluvia en una villa junto al lago Lemán, una joven de dieciocho años escuchó a sus amigos discutir sobre electricidad y cadáveres reanimados y decidió que ella también quería contar una historia de miedo. Mary Shelley publicó Frankenstein o el moderno Prometeo dos años después, sin firmarlo, porque en su época una autora restaba credibilidad al invento; hoy se le reconoce como la autora que inventó el género. La novela propuso de paso la pregunta que toda esta nota viene arrastrando: si algo se fabrica en lugar de nacer, ¿deja de ser legítimo? La criatura de Victor Frankenstein no es un villano cualquiera, es un ser que exige que alguien le confirme que su existencia cuenta tanto como la de su creador. Doscientos años de ciencia ficción, esa exigencia sigue sin resolverse del todo, y quizá por eso nunca deja de interesarnos.

Una bailarina de oro

En diciembre de 1944, en plena Segunda Guerra Mundial y en una revista pulp de ciencia ficción llamada Astounding Science Fiction, apareció No Woman Born, firmada por C. L. Moore, que usaba iniciales para que nadie adivinara que detrás había una mujer (Catherine Lucille). Cuenta la historia de Deirdre, una bailarina y cantante célebre que sobrevive a un incendio de teatro porque un científico le trasplanta el cerebro a un cuerpo metálico articulado en anillos dorados. Los hombres que la rodean, su representante y su creador, se pasan el relato discutiendo si lo que queda de ella sigue siendo suficientemente humano, suficientemente mujer, suficientemente Deirdre. Ella, mientras tanto, aprende a bailar de maneras que ningún cuerpo de carne permitiría y se cansa de que otros decidan por ella qué tan auténtica le está quedando la vida. Se le suele llamar la primera historia de cyborg de la ciencia ficción, y no es casualidad que haya sido una mujer quien entendió, ochenta años antes de que la palabra estuviera de moda, que el cuerpo aumentado plantea menos un problema técnico que uno existencial; es el ejemplo literario del transhumanismo que ha sonado con fuerza en los últimos años.

Un planeta que no elige bando

Ursula K. Le Guin llevó la pregunta al extremo en 1969, con La mano izquierda de la oscuridad. En el planeta Gethen los habitantes no tienen un sexo fijo: lo adoptan, al azar, unos días al mes. A Le Guin le importaban poco las naves y los láseres, le importaba lo que pasa con el poder, el lenguaje y el deseo cuando se les quita la excusa biológica que solemos usar para justificarlos. La autenticidad se revela entonces también por factores externos que van más allá de cómo nos vemos.  La novela no resuelve el enigma de qué tan auténtico es el género tal como lo vivimos los que sí tenemos uno fijo, pero deja clarísimo que buena parte de lo que llamamos naturaleza es, en realidad, algo que puede pasar a segundo término en razón de quienes somos.

Híbridas, sin pedir perdón

Octavia E. Butler se convirtió en 1995 en la primera escritora de ciencia ficción en recibir la beca “genio” de la Fundación MacArthur, después de publicar Parentesco, sobre una mujer negra que viaja en el tiempo hasta la esclavitud, y la trilogía Xenogénesis, donde la humanidad solo sobrevive a una guerra nuclear mezclándose genéticamente con una especie alienígena que no entiende de límites entre lo propio y lo ajeno. Las protagonistas de Butler negocian su supervivencia con estructuras que las oprimen y nunca terminan de ser del todo libres ni del todo cautivas. Esa incomodidad inspiró directamente a la bióloga y filósofa Donna Haraway, quien en 1985 publicó Manifiesto para cyborgs en la revista Socialist Review y soltó ahí una de las frases más citadas del feminismo tecnológico: “prefiero ser un cyborg que una diosa”. Haraway no estaba defendiendo el metal sobre la carne, estaba rechazando la idea de que exista una feminidad pura y original que haya que preservar de la contaminación tecnológica. Lo auténtico, para ella, era menos un origen que había que cuidar y más algo que se construye, se hackea y a veces se contradice a sí mismo.

El futuro también se escribe en México

Esa desconfianza hacia los orígenes puros aterriza con fuerza particular en la ciencia ficción mexicana reciente. Gabriela Damián Miravete ganó en 2018 el Premio James Tiptree Jr. (hoy Otherwise) por Soñarán en el jardín (Alfaguara), un cuento donde una ingeniera reconstruye con hologramas la voz y los gestos de mujeres asesinadas para que sus familias puedan seguir viéndolas vivas dentro de un jardín digital (a lo Black Mirror). Ahí la tecnología ofrece algo modesto y devastador a la vez: la posibilidad de que la memoria colectiva no se rinda ante el olvido cómplice del Estado, sin que nadie prometa que el resultado sea auténtico en sentido estricto. Andrea Chapela, química de formación antes que narradora, ganó el Premio Gilberto Owen en 2018 por Ansibles, perfiladores y otras máquinas de ingenio (Almadía), un libro de cuentos donde lentillas, ansibles y telones sensoriales se instalan dentro del cuerpo de gente que sigue comiendo tacos de canasta y esquivando peseros en una Ciudad de México inundada. La pregunta de Chapela no es si la tecnología nos hace menos humanos, es qué tanto de lo que llamamos amor, culpa o duelo puede sobrevivir a que alguien le ponga filtros.

La pregunta debajo del transistor

La ciencia ficción escrita y protagonizada por mujeres pocas veces trató la tecnología como un simple decorado futurista; de alguna manera, ese SciFi señala más contundentemente a lo humano, a la esencia de la autenticidad del ser y menos a los fuegos artificiales de la ciencia ficción efectista que encandila con su grandilocuencia. Esas mujeres usaron la tecnología y la creación de mundos fantásticos como excusa perfecta para hacer la pregunta que de verdad importa, qué parte de nosotros sobrevive al cambio de forma, y quién tiene autoridad para decidir si eso que sobrevive sigue siendo auténtico. ¿Qué respondería?+

 

Te compartimos algunos títulos que te pueden interesar

Portada del libro Frankenstein o el moderno Prometeo, con tipografía gótica y una imagen evocadora del clásico de Mary Shelle            Portada del libro Soñarán en el jardín de Gabriela Damián Miravete, con un diseño evocador de fantasía.     

 

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