El futuro que ya se contó

H.G. Wells, Aldous Huxley, Georges Bernanos, George Orwell, Ray Bradbury y Philip K. Dick llegaron, cada uno por su lado, a la misma sospecha: que la tecnología, antes de destruirnos, iba a cambiarnos por dentro. En un número dedicado a la autenticidad, conviene escuchar de nuevo a estos autores.

En junio de 2009 un reportero llamó a Ray Bradbury para hablar de bibliotecas y terminó hablando de otra cosa. Bradbury contó que Yahoo lo había buscado semanas antes para pedirle los derechos digitales de uno de sus libros y que él había contestado, textual, que se fueran al diablo, ellos y también Internet. Tenía entonces ochenta y ocho años y llevaba más de medio siglo sospechando, con distintos disfraces narrativos, que la tecnología no llegaba para liberar a nadie. No fue el primero en pensarlo ni el último. Antes que él, otro puñado de escritores había mirado la situación desde ángulos muy distintos. En un número dedicado a la autenticidad conviene volver sobre esas voces, porque llevan más de un siglo discutiendo, con otro vocabulario, justo lo que hoy discutimos con el de la inteligencia artificial.

Antes de que el género tuviera nombre

La Máquina del Tiempo portada libro tapa blanda con ilustración de un dispositivo temporal y paisaje futurista

 

 

 

H.G. Wells escribía sin esa etiqueta a la mano. En La máquina del tiempo (1895) imaginó a la humanidad partida en dos: los Eloi, dóciles y hermosos, que viven de una tecnología heredada que ya no entienden, y los Morlocks, que sobreviven bajo tierra operando las máquinas que los otros olvidaron hace generaciones. No es un cuento sobre robots. Es un cuento sobre lo que le pasa a una sociedad cuando deja de necesitar comprender sus propias herramientas. Tres años después, en La guerra de los mundos, Wells invirtió el lente: puso a los ingleses, acostumbrados a colonizar gracias a su ventaja tecnológica, del lado de los colonizados, esta vez por marcianos con armas que no podían ni concebir. Cuarenta años más tarde esa novela protagonizó, sin que Wells tuviera nada que ver, uno de los episodios más citados sobre el poder de los medios: la adaptación radiofónica de Orson Welles en 1938, que sembró pánico entre parte de la audiencia estadounidense. Wells murió en 1946, ocho años antes de que ese susto radiofónico terminara de convertirse en leyenda. COMPRA EL LIBRO AQUÍ

 

 

El placer como método de control

Portada del libro 'Un mundo feliz' de Aldous Huxley, con un diseño moderno de Penguin Clásicos.

 

 

 

Aldous Huxley planteó la advertencia contraria a la que suele atribuírsele a Orwell, mucho antes de que la comparación entre ambos se volviera un lugar común. En Un mundo feliz (1932) el control no llega por telepantallas ni por policía del pensamiento: llega por el placer. Soma para no sentir, hipnopedia para aprender a obedecer mientras se duerme, entretenimiento sin pausa para no tener tiempo de preguntar nada. En 1958, veintiséis años después, Huxley volvió sobre esas páginas en Nueva visita a un mundo feliz, un libro de ensayos donde lo que encontró le pareció peor que su propia ficción: la propaganda validada por el ascenso de Hitler, los tranquilizantes recetados en masa, los medios llenando cada silencio con distracción. Ahí propuso una idea que hoy resulta incómodamente reconocible: que la primera mitad del siglo veinte había sido la era de los ingenieros técnicos, y la segunda sería la era de los ingenieros sociales. No hacía falta un tirano armado. Bastaba con que la gente prefiriera no mirar. COMPRA EL LIBRO AQUÍ

 

Una advertencia sin traducción fácil

Vista Frontal

 

 

 

Georges Bernanos no era propiamente un autor de ciencia ficción. Era un novelista católico, monárquico y polemista, autor de Diario de un cura rural, exiliado en Brasil desde 1938 hasta 1945 por su rechazo al régimen de Vichy. Pero desde ese exilio escribió el ensayo que completa esta lista con una voz distinta a las demás: La France contre les robots, redactado en 1944 y publicado en 1947. Bernanos no describe una fuerza que oprime: describe algo más lento, máquinas que van moldeando el deseo hasta que obedecer deja de sentirse como una imposición. El peligro, escribió, no está en que se multipliquen los aparatos. Está en que cada generación nueva crezca acostumbrada a no desear nada que esos aparatos no puedan darle. Bernanos murió en 1948, un año después de publicar el libro, sin haber usado nunca la palabra robot como la entendemos hoy, pero intuyendo con precisión hacia dónde apuntaba. COMPRA EL LIBRO AQUÍ

 

 

El telescreen ya estaba encendido

 

2069152

 

 

 

George Orwell no necesitó imaginar la vigilancia tecnológica desde cero: la había visto operar de cerca. Trabajó dos años en el servicio para India de la BBC, produciendo propaganda durante la Segunda Guerra Mundial, y esa oficina llena de eufemismos terminó filtrándose en el Ministerio de la Verdad de 1984, publicado en junio de 1949. La novela inventó el telescreen, un aparato que transmite y vigila al mismo tiempo, sin que el ciudadano sepa nunca si en ese momento alguien lo observa. Orwell no imaginaba inteligencia artificial. Imaginaba burocracia, propaganda y un aparato de vigilancia total sostenido por seres humanos obedientes. La diferencia con hoy es más de escala que de idea. COMPRA EL LIBRO AQUÍ

 

Los libros no eran lo que ardía

 

Vista Frontal

 

 

 

Ray Bradbury contaba una versión distinta de su propio libro según el año y el entrevistador. En una entrevista de radio de 1956 dijo que Fahrenheit 451 (1953) nació de su miedo a la quema de libros durante el macartismo. En entrevistas posteriores insistió en otra lectura: la novela hablaba menos de censura que de una población que dejaba de leer por voluntad propia, hipnotizada por las pantallas gigantes que llenan las salas de su Montag ficticio. Esa desconfianza no se quedó en la ficción. Durante décadas Bradbury se negó a que sus libros existieran en formato digital y llamó a los lectores electrónicos objetos sin alma. Solo cedió en 2011, a los noventa y un años, cuando su editorial le explicó que el nuevo contrato no era negociable sin derechos digitales. Fahrenheit 451 llegó al Kindle con casi seis décadas de retraso sobre su propio argumento, y con la misma reticencia que atravesó toda la obra de su autor. COMPRA EL LIBRO AQUÍ

 

 

Cuando el androide no es el otro

Sueñan los androides con ovejas eléctricas? [Paperback] Philip K. Dick : Dick, Philip K.: Amazon.com.mx: Libros

 

 

 

 

Philip K. Dick fue el que más cerca estuvo de nuestra pregunta actual. A él lo que le preocupaba no era si la máquina iba a dominarnos. Le preocupaba si dejaríamos de notar la diferencia. En ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968) la empatía es la última frontera capaz de distinguir a un humano de una imitación perfecta. En 1972 llevó esa idea a una conferencia en Vancouver, publicada después como El androide y el humano, donde propuso algo más inquietante que la ficción: el riesgo no está en que las máquinas aprendan a parecer humanas. Está en que los humanos, rodeados de vigilancia y de sistemas que piensan por ellos, aprendan a comportarse como máquinas sin necesitar ningún androide de por medio. COMPRA EL LIBRO AQUÍ

 

 

Ninguno de los seis vivió para ver un modelo de lenguaje escribir un cuento o generar una imagen ciberpunk a partir de una frase. Pero coincidieron, sin ponerse de acuerdo, en algo que este número no deja de repetir de otras formas: la amenaza rara vez llega como una máquina que nos ataca. Llega como una comodidad que aceptamos, un entretenimiento que no apagamos, una vigilancia que dejamos de notar y que, de hecho, afirmamos en los términos y condiciones de nuestras amadas apps. No fue por acertar en los detalles que estos seis siguen valiendo la pena. Es porque entendieron, cada uno a su manera, que lo primero que se pierde nunca es la libertad entera. Es la costumbre de preguntarse si un día, al abrir los ojos, nos daremos cuenta de que la fuimos perdiendo de a poco.+

 

 

Te invitamos a leer nuestra revista de septiembre.