Fernando Eimbcke y Moscas: la extraordinaria fuerza de las historias pequeñas

Antes de que una palabra sea pronunciada, Moscas ya ha dicho casi todo. El blanco y negro de la fotógrafa María Secco no convierte a la Ciudad de México en un lugar nostálgico, sino en un territorio suspendido entre el desgaste y la esperanza. Es ahí donde Fernando Eimbcke vuelve a demostrar que las grandes historias no necesitan de gestos grandilocuentes: basta una cocina silenciosa, un pasillo de multifamiliar o la mirada de un niño para que el mundo entero parezca contener la respiración.
Tras varios años de ausencia en el largometraje, Eimbcke regresa con una película que conserva la delicadeza que hizo inolvidables Temporada de patos, Lake Tahoe y Club Sándwich, pero que ahora se atreve a mirar de frente una etapa distinta de la vida. La adolescencia deja paso al duelo, al envejecimiento emocional y a esa soledad que se instala cuando el tiempo parece haber erosionado cualquier posibilidad de empezar de nuevo.
Olga, interpretada por una extraordinaria Teresa Sánchez, vive encerrada en una rutina casi mecánica. Necesita dinero para una cirugía menor y decide rentar una habitación de su departamento. El inquilino es Tulio, un hombre cuya esposa permanece hospitalizada, y junto a él llega Cristian, un niño que, sin proponérselo, comienza a desarmar las murallas que Olga ha levantado durante años. Lo que sigue podría haber caído fácilmente en el sentimentalismo, pero Eimbcke y la guionista Vanesa Garnica encuentran un equilibrio admirable entre el humor, la incomodidad y la emoción contenida.
La película nunca obliga al espectador a llorar. Prefiere algo más complejo: observar cómo dos personas heridas aprenden, poco a poco, a compartir el silencio. En ese proceso, el pequeño Bastian Escobar ofrece una interpretación luminosa, espontánea y profundamente honesta. Cristian nunca es un símbolo de la inocencia; es un niño curioso, terco, divertido, capaz de desafiar a los adultos precisamente porque todavía no ha aprendido a resignarse.
Buena parte de la fuerza de Moscas proviene de un guion que entiende que los personajes no cambian gracias a discursos memorables, sino a pequeños actos cotidianos. Vanesa Garnica ha contado que, durante la escritura, Fernando Eimbcke repetía constantemente una frase: “aviéntales más piedras”. Esa filosofía atraviesa toda la película. Cada obstáculo parece insignificante por separado, pero juntos construyen el peso de una existencia marcada por la pérdida, la enfermedad y un sistema de salud que obliga a las familias a sobrevivir más que a vivir.
Sin convertirlo en una denuncia explícita, Moscas deja entrever una realidad profundamente latinoamericana: hospitales saturados, tratamientos inaccesibles y personas obligadas a improvisar afectos y economías para sostenerse. La crítica social nunca desplaza a los personajes; simplemente existe alrededor de ellos, como existe el ruido de una ciudad o el cansancio acumulado después de años de incertidumbre.
También hay una notable inteligencia formal. La fotografía en blanco y negro evita cualquier tentación de embellecer el dolor. El diseño sonoro trabaja con los vacíos tanto como con los sonidos, haciendo que cada silencio tenga un peso específico. La música de Camilo Lara aparece apenas cuando es necesaria, entendiendo que algunas emociones encuentran más fuerza en la ausencia que en la sobreexplicación.
Lo verdaderamente extraordinario es que Eimbcke sigue creyendo en la ternura sin caer en el optimismo ingenuo. Moscas sabe que las heridas profundas no desaparecen; simplemente aprenden a convivir con nuevas formas de compañía. Esa convicción convierte a la película en una de las obras más maduras de su filmografía y confirma que el director continúa encontrando belleza en aquello que casi siempre pasa desapercibido.
Hay películas que buscan conmover a través de grandes tragedias. Moscas lo consigue observando cómo una mujer vuelve a preparar el desayuno para alguien más, cómo un niño ocupa un espacio vacío en una casa demasiado silenciosa o cómo una sonrisa aparece donde antes solo había resignación. En esa suma de gestos mínimos, Fernando Eimbcke encuentra una verdad poco frecuente: incluso en los días más grises, la vida insiste en abrir una pequeña ventana por donde todavía entra la luz.