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Una conversación con Alberto Ruy Sánchez

Una conversación con Alberto Ruy Sánchez

22 de diciembre de 2021

José Luis Trueba Lara

Cuando llegué a la última página de El expediente Anna Ajmátova el horror se mostró con toda su furia. Delante de mí no sólo estaba una novela. Una poética que diseccionaba un mundo, las consecuencias del totalitarismo, la escalofriante condena de seguir vivo y la certeza de que los psicópatas llegan al poder también se revelaban sin miramientos. Lo que había leído no estaba escrito en una clave que habla del presente, tampoco era un asunto local. Esas páginas iban más lejos, mucho más lejos, para revelarme los espantos del poder; las relaciones de los artistas con los tiranos; lo que ocurrió y lo que ocurre cuando la tentación autoritaria y la banalidad del mal se apoderan de cualquier lugar. A como diera lugar, tenía que platicar con Alberto Ruy Sánchez y, al terminar de hacerlo, descubrí que debía borrarme. Lo que sigue son sólo sus palabras.

1. Cuando estaba en los albores de la universidad, empecé a leer a los autores rusos. Sin embargo, mi verdadera pasión no comenzó con la obra de un escritor, sino con la de un cineasta: Sergei Eisenstein. Él me llevó a tratar de saberlo todo sobre su vida y sus creaciones. Incluso empecé a estudiar ruso, algo que no avanzó más allá de los primeros pasos. En ese momento, quería hacer demasiadas cosas al mismo tiempo. Gracias a él comencé a interesarme en las vanguardias rusas y en sus experimentaciones. Kazimir Malévich, Dziga Vertov y Vladimir Mayakovski reclamaban mi atención, y lo mismo me ocurría con muchos escritores de ese tiempo. Sin duda alguna, Mayakovski y Vertov se mostraban como los más osados en términos formales, pero también eran claros propagandistas del régimen soviético. Los poemas del primero y los Tres cantos a Lenin del segundo lo muestran a la perfección.

Ellos me llevaron a interesarme en las relaciones entre los artistas y el poder, sobre todo en el caso de las vanguardias. Ellos creyeron en la revolución en la medida que estaban convencidos de que era posible hacerla en las artes; pensaban que al transformar la manera de crear formarían parte de la gran revolución. Sin embargo, la desilusión los alcanzó muy pronto: a los políticos que admiraban sólo les interesaba la propaganda y únicamente querían incondicionales. No les interesaba un artista que fuera capaz de pensar algo distinto. Así, al principio los consideraron soportables y después les fue como en feria.

Desde los años setenta, comencé a interesarme en la generación que escribía, publicaba y tenía un peso en la opinión de la época en que Eisenstein empezaba a mostrar sus creaciones. En contraste con Mayakovski y los propagandistas, estaba la Generación de Plata, a la cual pertenecían Ósip Mandelshtam, Nikolái Gumiliov y Anna Ajmátova, la escritora que tiene la altura de Dostoyevski, Gógol o Pushkin. Ella no sólo está entre los grandes de la literatura rusa, sino del mundo, un sitio que se ha ganado poco a poco. Anna y su generación eran antizaristas: ser inteligente y tener educación implicaba oponerse a la aristocracia y sus abusos. Esta generación vivió la revolución bolchevique con entusiasmo, incredulidad o con una actitud crítica, y terminó devorada por la tragedia. Debido a esto, El expediente Anna Ajmátova se cuenta a partir de los documentos de la Checa, la GPU y el KGB, los cuales fueron parcialmente publicados por Vitali Shentalinski en varios tomos. En el caso de mi novela, lo importante es que, para la gente que tiene ilusiones y quiere creer que todo cambia, en realidad no hay nada distinto: esos expedientes nacieron desde la época de los zares. Es decir, los expedientes policiacos —al igual que los planes de control y de asesinato— muestran una perfecta continuidad entre la monarquía, los sóviets y la actualidad. Desde los Romanov hasta Putin hay una vulgarización del despotismo y en medio de ella quedan atrapados los artistas.

2. ¿Qué ventajas tiene que El expediente Anna Ajmátova sea una novela y no un ensayo? La novela, como decía Milan Kundera, te permite penetrar en las dimensiones humanas a las que sólo la literatura puede entrar: las profundidades del alma. Es un bisturí más delicado, más preciso y peligroso. Gracias a sus palabras, el lector se vuelve testigo y adquiere la responsabilidad de pensar. Eso es muy grave. En nuestra época, mucha gente que puede pensar prefiere no hacerlo; para ellos es más fácil tomar partido. La nueva moral te dice “no puedes ser neutro”, sin darse cuenta de que nadie puede serlo, pero la tragedia está en tomar partido para impedir que se pueda reflexionar.

La novela y la poesía siembran incertidumbres e hipótesis que abren la puerta de lo posible. Las implicaciones de esto son tremendas: el lector se mete en problemas que se ven con un microscopio, distinto del ventanal al que está acostumbrado. Todo el mundo quiere pensar a Lenin, a Stalin y a Trotski desde el punto de vista político, pero lo fundamental no es que hayan hecho la revolución. Esto es lo que cuenta la historia de mármol. Lo importante es que eran enormes psicópatas y, como resultado de esto, abusadores, criminales que tenían una relación terrible con las mujeres, como es tradición en los líderes políticos de izquierda y de derecha. El siglo xx demostró que la vieja izquierda es la nueva derecha, y que la derecha es mucho peor.

La novela te obliga a salir de los conceptos cotidianos con los que juzgas al mundo y comienzas a adentrarte en las personas. La gente que sabe que Stalin es el gran tirano no se puede atrever a considerar sus cualidades como cantante, pero esto sí importa. Todo está conectado: se trata de la misma persona, el cantante y el tirano son el mismo psicópata que ejerce la seducción y la violencia. Todo abusador es, al mismo tiempo, un conquistador. No un seductor, un conquistador: alguien que posee con brutalidad y que logra despertar en los humanos la servidumbre voluntaria. Esto explica por qué las personas libres deciden convertirse en esclavos voluntarios de un tirano.

Alberto Ruy Sánchez
Foto: Nina Subin

“Todo lo que he escrito sobre el deseo nace de lo que le pregunto a la gente, no de lo que se me ocurrió”.

3. En El expediente Anna Ajmátova, las situaciones se muestran de una manera distinta de la historia de mármol. Sus páginas no te llevan a concluir, sino a exponer otras hipótesis y a plantear la posibilidad de la duda. En la novela se dice: ésta es la opinión de la mujer que escribe el expediente de Anna; a lo mejor sus palabras no son precisas; a lo mejor son falsas, o tal vez son algo más que escapa de esos límites.

Yo me considero y me he considerado siempre un escritor documentalista, incluyendo cuando me adentro en el deseo. Todo lo que he escrito sobre el deseo nace de lo que le pregunto a la gente, no de lo que se me ocurrió. En el caso de El expediente Anna Ajmátova, al tener toda la documentación, decido qué hipótesis puedo desarrollar a partir de lo posible. Lo interesante es nunca perder el punto de vista de lo humano y no crear un mundo de buenos y malos; todos tienen la posibilidad de la banalidad del mal. Algo que trato de hacer en este libro es centrarme en la poética de Ajmátova, no en su psicología, como sería lógico en una novela tradicional del siglo XIX o del XX.

4. Resulta apasionante adentrarse en esos grandes creadores de una literatura de una densidad asombrosa y, además, cuyas vidas transcurrieron en un momento histórico que definió mucho de lo que ahora vivimos; penetrar en lo que experimenta la gente que insiste en justificar su pasión por vivir esa vieja ilusión que puede justificarlo todo: no importa si se trata de robar, mentir o matar.

La lectura que mucha gente ha hecho de El expediente Anna Ajmátova, como si estuviera hablando del México de hoy, no se da cuenta de que es mucho más grande. En España, un señor me dijo: “Usted está hablando de Cuba, ¿verdad?”, y otros me comentaron que la novela hablaba de Polonia o de Venezuela. La novela habla de otra cosa, de la pulsión autoritaria que surge y resurge. Lo que traté de escribir y comprender es el lugar que ocupa la poesía como algo completamente distinto. Sus consecuencias se vuelven parte de la naturaleza de la lectura: el escritor es como un chamán que invoca al fuego, pero sólo el lector lo enciende.

Lo que le pasa a Anna Ajmátova por esta razón es tremendo: lo que ella escribe se convierte en un explosivo en la mente de los disidentes, aunque su poesía no trata para nada la situación política. Habla del alma, habla del amor de una forma paradójica: una antidoxa que le da la vuelta al dogma. Ella le pregunta a uno de sus maestros, que la pretendía: “¿De verdad somos cercanos o sólo estabas enamorado de mí?”. En los valores comunes, cualquiera diría que lo más importante es estar enamorado, pero ella habla de “ser cercano”, que es mucho más profundo que estar enamorado. Estar cercano reclama la lucidez que le da la vuelta a la ceguera del amor. Entender este fenómeno te lleva mucho más allá de una posición política. Esta dimensión resulta una banalidad ante la densidad humana con la que nos enfrentamos cada día. Por esta razón, uno de los esfuerzos totalitarios consiste en quitarles su riqueza a las dimensiones humanas —como el amor o la amistad— y obligar a la gente a vivir en favor o en contra, a sufrir la banalización de lo humano. +

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