John Fante o cómo hacer que la literatura parezca fácil
Confieso que no he leído toda la obra de John Fante. Siempre pospongo la lectura de alguno de sus libros que todavía no conozco. Quizá, inconscientemente, no quiero que me pase como con una de mis querencias literarias, Mario Vargas Llosa, cuando descubrí que varias de sus novelas ya no me emocionaban y que prefería regresar al momento en que leí por primera vez La tía Julia y el escribidor o Pantaleón y las visitadoras.
Con Fante me sucede lo contrario. Todo lo que he leído hasta ahora me ha reconciliado con la literatura. Con la literatura que me entusiasma: la que se siente viva, que te hormiguean las manos al leerla; la que, a primera vista, no parece escrita para especialistas ni exige un profundo conocimiento técnico o estético; la que quiere contar y entretener, pero que al mismo tiempo consigue construir una voz propia.
Esa literatura utiliza recursos que nos hacen creer que estamos ante una prosa sencilla, que no exige demasiado al lector y que parece avanzar sin esfuerzo. Pero ahí está precisamente el engaño: detrás de esa aparente facilidad hay un estilo, una voz, una manera particular de entender la literatura.
Fante consigue algo que no es sencillo: hacer que la literatura parezca fácil. No necesita demostrarle al lector que está escribiendo literatura. Cuenta, entretiene, hace reír, incomoda o conmueve y, mientras todo eso ocurre, construye una obra perfectamente reconocible. Quizá esa sea una de las mayores virtudes de un escritor: conseguir que el lector avance por sus páginas sin pensar en la escritura y descubrir, casi sin darse cuenta, hasta qué punto esa naturalidad está sostenida por una enorme precisión.
La literatura de Fante te atrapa. Sus novelas y relatos producen esa sensación, difícil de explicar, de que algo se mueve en el pecho cuando sabes que estás frente a la literatura. Algo parecido me sucede cuando veo una buena película de Woody Allen: después de unos minutos sé que estoy frente al cine. Con Fante me ocurre lo mismo. No necesito que nadie me diga que estoy frente a un gran escritor; lo sé mientras lo leo.
No recuerdo cuándo lo leí por primera vez. Es una desgracia, pero no lo recuerdo. En cambio, sí recuerdo cuándo se lo recomendé a uno de mis grandes amigos. Lejos de serle indiferente, lo entusiasmó al grado de leer todo lo que había de Fante en español y lo que había en ese momento en inglés. Nos volvimos cómplices de sus lecturas. Por supuesto, toda la serie de Bandini, que arranca con Pregúntale al polvo, publicada en español por Anagrama.
Se ha escrito tanto sobre la serie de Bandini que yo solo me atrevo a decir que nunca decepciona. Arturo Bandini, todavía sin una novela publicada pero convencido de que está destinado a ser un gran escritor, será nuestro Virgilio para adentrarnos en otras historias de Fante que serán, de alguna manera, historias de Bandini con otros nombres.
La hermandad de la uva me llevó de la muerte a la redención. Casi a la mitad de la novela, el personaje central se pone una borrachera con su padre y, aunque parece que ambos van a morir, sucede algo distinto: cambian y se perdonan por el delito de estar ambos en el mundo. Uno por ser hijo y otro, finalmente, por ser padre y esposo.
Con Un año pésimo recuerdo haber reído francamente con las ocurrencias de Dominic Molise. Pienso, por ejemplo, en la escena en que su familia pobre se disputa entre los hermanos las piezas de un pollo rostizado y gana quien tiene la reacción más rápida para hacerse de más piezas, sin demasiada empatía por el hambre de los demás.
Y finalmente Mi perro idiota, cuando entra en la vida de una familia rutinariamente burguesa un perro que les cambia la vida. No hay mucho más que decir. Es la historia de un perro genial.
Y al escribir esto me contradigo. Quizá ya tengo el principal argumento para seguir posponiendo algunos de sus libros. Hay escritores cuya obra queremos terminar porque queremos conocerla completa. Con Fante me sucede algo distinto: quiero conservar todavía algunos libros sin leer. No por miedo a que me decepcionen, sino por el placer de saber que todavía me queda algo de esa literatura que en algún momento necesitaré.+
Texto de Edson Alamilla. Es comunicólogo y director de Comunicación KrearT. “Damos de qué hablar”.
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