La génesis de la catástrofe, de Karla Montalvo.

El teatro puede ser “el eslabón más bajo de la cadena alimenticia” en el mundo del arte, pero también es el espacio poliédrico por el que entran y salen personajes que obligan a cambiar a los histriones, dejar el cuerpo que viven para vivir los que dice el texto; es decir, tiene una inmensa exigencia artístico-creadora.
Orquídea, actriz profesional, madre de Viri, en definición legal de divorcio postergado, con proyectos de montaje y desmontándose el alma por un extraño momento en que se sabe otra, en otro tiempo, en otra vida, no como manifestación filosófica sino como trasmutación tangible, trata de entender y resolver las varias vidas en mundos que la tocan y la amenazan: por la indiferencia de un abuso no denunciado, por la amenaza contra seres cercanos, porque la serenidad no cabe donde se descubren otras realidades.
La génesis de la catástrofe es una estupenda novela de Karla Montalvo, escrita con soltura, con sarcasmo, con suculento desparpajo coloquial para impulsar a su protagonista
normalmente requetestresada, pero que tiene tiempo para escenificar La crueldad de la matriz, de hacer una versión de Edipo que danza sobre lo clásico, con asomos a versiones fílmicas y la mezcla de los involucrados en colisión de amistades, abusos y las inseguridades intimidantes del fracaso en mitad de la escena que, además, es reality documental. Un paso por el desierto encarnando otra vida mientras la interpretación devuelve las preguntas de siempre de éxitos añejos: “¿Comprendieron lo que queríamos comunicarles?”.
Separadas por épocas, por ánimos, por acechos mortales, donde el colega de hoy es el enemigo del futuro, donde las almas cercanas del presente no lo fueron en un pasado que debe (tal vez) comprenderse, las mujeres que la componen pasan de un escenario al siguiente sin que se pretenda, hasta que la necesidad de resolver misterios configura lecturas tarotistas (madre sólo hay una), terapias de hipnosis, con un ánimo de detective que no espera más galardón que alinear los saltos y las amenazas que no son sueños ni alucinaciones.
Se delinea otro cerco cuando su hija hace dibujos que podrían conectar con un estado de alteración temporal compartido. Quizá todos entramos ahí y pasamos de largo. Orquídea analiza esos códigos que nos retuercen siempre. Si decimos, si no, si la intención cambia, si la mirada se pone en otro sitio, si se malinterpreta, si entendemos lo que fuimos y podríamos ser.
Y queda algo descolocado, como en la vida en el ascenso de rocas siendo una salamandra: “Hablo y se abre un espacio oscuro, sin dimensiones. Un vacío”. Entre la melancolía, el miedo y el remanso de esas cosas que pasan “tipo Jólivud”, la protagonista se hace preguntas y plantea acciones posibles. Lo dice y lo piensa con un lenguaje terrenal, auténtico, si bien la introspección tiene más de poesía larga que de improvisación frente al público.
Mientras los lectores se interesan, se intrigan, se divierten y se preguntan cuál es su propia distractora y ganadora “cara de paisaje”, el relato corre fresco, sólidamente estructurado, capaz de provocar cuestionamientos místicos o ponernos en el sueño de lo que puede ser o está siendo mientras vivimos en otro espacio. Es una novela emocional y emocionante… en todas sus vidas.
Raúl Criollo.
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