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Reír es otra manera de retar al mundo

Reír es otra manera de retar al mundo

Mercedes Alvarado

Una mujer sube al estrecho escenario en un bar de sótano en el centro de Manhattan: lleva un camisón delgado bajo el abrigo; está dolida, despeinada, borracha y muy enojada. Es la década de 1950 y nada en esta imagen se corresponde con lo que ―entonces y quizá ahora― una señora judía de clase alta, madre de familia y esposa, debería ser. Y sí, es una señora, aunque su marido acaba de decirle, en la víspera de una esperada celebración, que la deja, que tiene a otra, que no quiere esa vida. 

Es así como Amy Sherman-Palladino ―guionista y directora de series estadounidense, entre las cuales destaca Gilmore Girls― nos presenta a Midge Maisel, protagonista de La maravillosa Sra. Maisel: una joven de 24 años en crisis que, inesperadamente, encuentra la manera de lidiar consigo misma subiéndose al plató para hacer pública su desgracia y, aun peor, reírse de sí misma. A lo largo de cinco temporadas, la acompañamos en la no poco ambiciosa empresa de lograr para ella aquello que sólo los varones podían tener: una carrera. 

Ya decía Freud que el humor es una manera de ganar control, y no resultan pocos los estudios socioculturales que se refieren a la sátira y la ironía como un medio para defendernos, desafiar las ideologías dominantes o ejercer una crítica a los esquemas de autoridad en los que vivimos. Pero no basta con enfrentarse a lo establecido: toda buena comediante debe saber, también, que forma parte de ese sistema, que su propia existencia hace que la rueda siga girando. 

Quizá sea ésta la razón por la que el personaje de Midge funciona tan bien: porque asume su gusto por la moda, las clases de aerobics y los concursos de traje de baño ―todas éstas, actividades típicamente femeninas―, pero sabe, y no tiene miedo a decirlo, que quiere mucho más que sólo eso. Y peleará, chiste a chiste y escenario tras escenario, por tener un trabajo, una paga justa, el respeto de sus colegas y la admiración de su familia.

Gran acierto de Sherman, haber incluido en la trama al mítico Lenny Bruce, aquel cómico estadounidense que fue arrestado en numerosas ocasiones por hablar de los problemas raciales, políticos y sexuales de una sociedad que condenaba como obsceno todo aquello que incomodara las buenas costumbres. Si la figura de Bruce resulta controversial históricamente, la de Midge está a la altura del escándalo: es arrestada por decir groserías; señala las incoherencias de sus colegas; tiene una opinión; exalta los estereotipos de religión y clase; habla con detalle sobre el fracaso matrimonial; exhibe las manías y los hábitos de sus padres; hace chistes alrededor de cada uno de los aspectos de su poco convencional estilo de vida, y ridiculiza su incapacidad para cumplir con las expectativas que el entorno sigue demandándole.

Al poner en evidencia la suma de acciones que la protagonista debe ejecutar y los obstáculos por esquivar con el objetivo de cumplir ―o decepcionar lo menos posible― a quienes la rodean, salta a la vista lo verdaderamente absurdo: las expectativas, los paradigmas, las demandas y la obligación de ser intachable, discreta y no demasiado exitosa; de encajar lo suficiente con el plan previamente diseñado para ella. Hay una constante de esfuerzos en los cuales van cambiando los escenarios y personajes; una serie de circunstancias específicas que arrojan, una y otra vez, el mismo resultado en la ecuación, y es que es alto ―a veces demasiado― el precio a pagar por ser la mujer que una quiere ser y no la que se espera.  

En este encararse con la realidad desde la risa y la autoconfrontación, encontramos gestos que nos parecen familiares: protagonistas que marcaron historia en la televisión como Elaine, de Seinfeild, defendiendo con ímpetu su derecho a no ser madre cada vez que se le cuestionaba; Fran Fine lanzando evasivas graciosas, aunque firmes, ante la constante presión de su madre por encontrar un buen marido; está también, un poco más atrás en el tiempo, la tenacidad de Lucy Ricardo por abrirse camino en el mundo del espectáculo, pese a todas las veces que se sintió excluida o poco hábil en sus intentos, y, entre las más recientes, la serie inglesa Fleabag, cuya protagonista vive sorteando las tragedias cotidianas con una mirada cargada de humor negro hacia sus propias carencias afectivas.

Señalar en el otro algún vicio de carácter o estereotipo requiere de una aguda capacidad de observación y un sentido crítico de la realidad, que no siempre se conjugan con gracia. Pienso ahora en la desenvuelta doncella Altisidora que, en la segunda parte del Quijote, le lanza burlescos versos acusándole de robar sus ligas para provocarlo en su obsesión por la honra, que repetidamente defiende el caballero. O en los cuentos de Rosario Ferré, que acentúan los roles de género y el papel pasivo de las mujeres en el Puerto Rico de mediados del siglo pasado cuando relata, en voz de sus personajes, los confusos reacomodos de las clases sociales y sus inútiles intentos por permanecer en un privilegio que a todas luces había caído en decadencia. 

La escritora feminista Hélène Cixous se refirió en algún ensayo a Medusa como una mujer “hermosa y que ríe”, señalando el gesto como el triunfo de aquella que utiliza su voz ―además de su carcajada― para nombrar algo y hacer posible un cambio en su entorno. Y es que, ya lo sabemos las lectoras: las mujeres verdaderamente peligrosas son aquellas que se atreven a decir lo que debería callarse.  

Ya Rosario Castellanos abordó ampliamente en Mujer que sabe latín el uso de la ironía y el humor como estrategias tanto para cuestionar y desafiar los arquetipos como para liberarse de ellos. Ella misma construyó buena parte de su obra mediante estos recursos, para ofrecer un amplio panorama de cómo las mujeres eran encasilladas con base en ciertos modelos y expectativas. En uno de sus poemas más representativos, “Kinsey Report”, utiliza la voz de seis mujeres típicas ―casada, soltera, divorciada, virgen, lesbiana y señorita― que hablan de su vida sexual exagerando la culpa o represión, aunque dejando ver, con una dolorosa y divertida mordacidad, el peso de aquello que se les había negado. 

Otra poeta mexicana, Dana Gelinas, confecciona en Los trajes nuevos del emperador, una serie de retratos de figuras relevantes ―muchos de ellos de la vida política nacional e internacional, y otros más domésticos― basados en los rasgos más relevantes de sus personalidades. Su mirada lacónica frente a datos biográficos, caprichos y rarezas logra que sea el personaje mismo quien se ridiculiza frente a la mirada del lector.

En otro formato y género tenemos El libro de Eva, novela de Carmen Boullosa que propone una reescritura del mito bíblico. En esta obra, es ella: la que comió la manzana, quien descubre asombrada las maravillas del no-paraíso y se va apropiando del universo terrenal, resolviendo los dilemas diarios, conociendo y dando nombre a cada cosa en su nuevo entorno, con una capacidad analítica y de aprendizaje propias, sin estar supeditada ―aunque sí acompañada― de Adán. Una historia de dos que dista mucho de lo que nos habían contado. 

Como bien dice Midge Maisel en alguno de sus actos, las mujeres observamos, analizamos, cuestionamos, resolvemos. Estamos constantemente al cuidado de aquellos que nos rodean, incluso cuando esto significa partirse en tres trabajos, ganar menos o justificar las decisiones que tomamos pensando sólo en eso otro que también queremos. En este esfuerzo, sobran ocasiones para que algo salga mal: nos equivocamos en el cálculo o en el destino; perdemos cosas o nos encontramos con odiseas poco elegantes. Todo esto conforma el material para el acto, porque nada más sano que reírnos de nuestros intentos. Midge finaliza el monólogo, ya como una comediante en vías de consolidar su posición en el ámbito, con una sentencia que ―me parece― vale pensar: quizá las mujeres siempre estuvimos a cargo, pero nadie nos lo había dicho. 

La maravillosa Sra. Maisel lo sabe: hacer reír es otra manera de retar al mundo.+