Danzón en rojo con dos Fridas

Danzón en rojo con dos Fridas

21 de diciembre de 2021

Itzel Mar

Como quien tiene la certeza de que el cuerpo es demasiado, siempre urgente, expuesto a la intemperie del azar, ella pinta. Y traza con amarillos inciertos su propia maraña de carne y pronombres. “¡Quién diría que las manchas viven y ayudan a vivir? Tinta, sangre, olor… ¿Qué haría yo sin lo absurdo y lo fugaz?”, dice Frida Kahlo.

El mundo tiene la forma de un autorretrato, y un autorretrato es el desnudo de un cuerpo no entero: una cabeza que rueda en el vacío, una pierna trozada, la columna vertebral faltante y suplida por una varilla. Lo que es ausencia en los lienzos y en los textos de la pintora mexicana es completado por el dolor, siempre el dolor. Sujeta, inevitablemente, a su manera de ser cuerpo, escribe un diario, contempla el envejecimiento de las frutas, se encuentra con otros cuerpos, esboza pasos, inventa anaranjados que enturbian la oscuridad, pinta a sus sí mismas, ama, muere de a poquito. Sabe que dolerse es lo opuesto de neutro, porque la sangre punza; arden los pasos, y recordar es opresivo y deslumbra insoportablemente, como exponerse al resplandor de un sol contiguo. No existe mayor intimidad que cohabitar con lo que lastima; nada más personal. Así, Kahlo dibuja de adentro hacia afuera, es decir, desde el centro, el lugar donde se origina lo esencial, los afectos.

En su emblemática pintura La columna rota (1944), Frida es el personaje de Frida, ataviada con “un castigo” —el corsé de acero que la amarra a ella misma—, desnuda del torso y cubierta de la cintura hacia abajo por una sábana triste, entre blanca, roja y percudida; cincuenta y dos clavos le penetran la piel, incluyendo el rostro, y una hilera de ellos sigue la ruta de su pierna izquierda —que se fracturó durante el accidente que sufrió en su juventud—; sin embargo, el mayor de todos está insertado en el corazón y representa un dolor de otra índole, quizás… Frida mira de frente, al estilo de un plano americano. Su figura, partida en dos desde el cuello, deja ver una columna jónica, metálica, con varias fisuras a lo largo de ésta.

Arquitectónica y anatómicamente, la columna es el elemento que mantiene de pie una estructura. ¿Cómo seguir teniendo forma si se rompe? ¿Cómo no desintegrarse? Haciendo juego con este cuerpo tan apareado con perder, tan sufriente, las nubes feroces prometen una tormenta, y la tierra seca y agrietada no ofrece consuelo alguno. Sin embargo, las profusas lágrimas de la mujer y su tristísima expresión no impiden que aparezca en cada ojo la silueta de una paloma, que no sólo designa la esperanza, sino que atrapa al mirante en ese juego binario y poético de la plástica de Kahlo, en el que, a pesar de todo, el dolor no tiene la última palabra. Ni la columna rota, ni los clavos, ni el llanto o las nubes que amenazan logran destruir esa Gestalt —totalidad— donde la protagonista se mantiene erguida, sin desviar la mirada, altiva, y con esa estatura y dignidad que al final sostienen por completo la pintura y, de paso, a los que se detienen a contemplarla.

Frida dibuja venados bienheridos, raíces que brotan de los pechos, fetos colgantes, hemorragias en sentido contrario, lascivos monos que se prendan de los cuellos, inconmovibles camas de hospital, crestas ilíacas tomando el fresco, Diegos y Fridas en el interior de Diegos y Fridas; es decir, sueños. En sus lienzos no amanece, y dan ganas de gritar, pero la voz no brota. El lenguaje figurado de los corazones a la intemperie no tiene traducción, y un azul no se parece a sí mismo. Así es como la confesional insolencia de Kahlo nos lleva a los sótanos del asombro, y dejamos de ser intrusos en sus obras, seamos o no partidarios de ellas.

Plena de autenticidad, la poética visual de Frida, a través de personajes improbables y de colores salvajes, convierte el sufrimiento en materia de la sensualidad; así es como logra conjurar fantasmas y deseos inconclusos. De esa forma, desactiva un tanto sus heridas: exhibiéndolas, oreándolas minuciosamente en las telas. La Frida Kahlo que transgrede a Frida Kahlo confía en que todo lo contenido por sus propios límites es una forma y, por lo tanto —como el dolor—, finito.

Danzón en rojo con dos Fridas

El silencio del timbal es la música
antes de la música.
Dos mujeres, bajo sus ropas, se miran con los senos,
ofrendan el epicentro de sus manos
y en el interior de un abrazo comienzan a bailar.
Una de ellas luce un insobornable traje de tehuana,
y la otra, un vestido blancoadentro con encajes de una época
antigua y triste (como los colores de la palabra tranvía).
Güiros y clarinetes fermentados copulan con los hervores
del piano, y convierten el aire en una casa
donde las flores se complacen mirándose en los espejos.

Día sonoro de pelvis festejantes
y piernas inmunes a la providencia.
Es el adentro de un óleo incandescente:
entre líricas pesadillas y bilis de nube,
un rojo a punto de llorar
abre paso a las dos mujeres.
Así, frente a quienes las miran,
ellas danzan y se alejan,
infringen las leyes de arterias y lienzos;
burlan libertinamente el umbral
del sueño que las pintó. +

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