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Ruperto Long: la amistad como refugio en Éramos tres niños perdidos en la niebla

Ruperto Long: la amistad como refugio en Éramos tres niños perdidos en la niebla

El escritor uruguayo reconstruye la Segunda Guerra Mundial a través de tres amigos separados por el conflicto, en una novela que explora la crueldad de la historia, los actos de valentía y la capacidad humana de conservar la esperanza.

La guerra también se cuenta desde la infancia: desde las amistades que parecen indestructibles, las promesas hechas durante las vacaciones y la incertidumbre de quienes todavía no comprenden por qué el mundo que conocen comienza a desmoronarse. En Éramos tres niños perdidos en la niebla, el escritor uruguayo Ruperto Long recupera esas experiencias para narrar la Segunda Guerra Mundial desde una perspectiva íntima, en la que la amistad se convierte en una forma de resistencia frente a la violencia.

Publicada por Penguin Random House bajo el sello Aguilar, la novela sigue a Alex, Lisy y Ricky, tres niños de distintas procedencias europeas que coinciden durante un verano. Antes de que sus vidas cambien para siempre, hacen una promesa: permanecer juntos, pase lo que pase. Sin embargo, el avance del conflicto los separa y los obliga a enfrentarse a circunstancias que pondrán a prueba ese vínculo.

Long explica que la niebla del título representa el miedo a lo desconocido y la intuición de que algo terrible está por suceder. «Ellos ya se veían venir un mundo diferente, desconocido», señala el autor sobre unos protagonistas que perciben las señales de un futuro incierto sin alcanzar a comprender su dimensión.

La novela está basada en hechos reales y reúne tres experiencias distintas de la Europa de aquellos años. Alex vive en la frontera entre Polonia y Ucrania; Lisy es alemana y Ricky nació en Croacia, en una familia de origen italiano. Sus historias permiten observar cómo la guerra transforma la vida cotidiana, destruye comunidades y obliga incluso a los niños a enfrentarse a la pérdida y la separación.

Pero Long no quiso construir un relato concentrado únicamente en la crueldad. Aunque la persecución y la violencia ocupan un lugar central, también le interesaba recuperar a quienes decidieron ayudar a otros, aun cuando hacerlo implicaba arriesgar la propia vida.

Durante la conversación, el escritor recuerda casos de personas que escondieron a perseguidos o facilitaron su huida. Entre ellas destaca al cónsul uruguayo Florencio Rivas, cuya actuación fue adquiriendo mayor relevancia conforme avanzaba la investigación. Para Long, estos gestos revelan otra dimensión de la historia: la de quienes se negaron a permanecer indiferentes.

«Permanentemente aparecen esos gestos de luz, esos destellos de humanidad», afirma. La esperanza, en este sentido, no consiste en minimizar el sufrimiento, sino en reconocer que incluso en circunstancias extremas hubo personas capaces de anteponer sus valores a las consignas y al miedo.

La amistad de los protagonistas también funciona como un punto de apoyo frente a la incertidumbre. Separados por la guerra y sin medios para comunicarse con facilidad, Alex, Lisy y Ricky conservan el recuerdo de su promesa como una forma de permanecer unidos.

¿Qué se contarían si pudieran reunirse después de todo lo ocurrido? Long imagina que primero reconstruirían sus experiencias y después regresarían al lugar donde se conocieron, quizá acompañados de sus hijos. La vida continúa, sugiere el escritor, aunque las heridas permanezcan.

En Éramos tres niños perdidos en la niebla, la memoria histórica se construye a partir de vidas individuales. Long recuerda que la violencia puede destruir certezas, pero también que la solidaridad permite encontrar motivos para seguir adelante. Cuando el mundo parece perderse entre la niebla, la esperanza comienza con una decisión: no abandonar a los demás.+ Compra el libro aquí