Poesía en cautiverio: la mujer perseguida

Poesía en cautiverio: la mujer perseguida

08 de noviembre de 2021

Brenda Ríos

Salman Rushdie padeció amenazas de muerte por Los versos satánicos. Pero antes, mucho antes, un poeta persa, que también era matemático y astrónomo, escribía sobre asuntos de índole terrenal, como beber vino, dudar de los dioses y anhelar el paraíso en la tierra; fue prohibido: Omar Khayyam. Safo es, quizá, la primera mujer de la que sepamos que fue perseguida por su rebeldía y su oficio. Fue condenada al exilio en Siracusa por el tirano Pitaco. Si los poetas son incómodos, las poetas aún más: son una astilla en la piel sensible del poder. Transgreden dos cosas sagradas: la palabra y el género.

Alaíde Foppa fue una poeta perseguida política y halló dos cosas en México cuando huyó de Guatemala: el refugio y la muerte. Acá la vinieron a asesinar. Sin embargo, la perseguían por su activismo político, no por lo que escribía. Igual que la editora de izquierda turca Asiye Güsel Zeybek, quien pasó más de cinco años en una prisión de su país, sin proceso judicial, donde fue violada de manera tumultuaria varias veces por agentes del Estado. Ella escribiría su testimonio después de su liberación. Encontró la escritura después de la tortura.

La poesía no salva a nadie. No es premisa ni bandera. Ni trinchera. Pero hace otra cosa. La poesía logra una comunidad vinculada por la palabra. Por el aliento. Por saber que una persona pertenece a un sitio.

El famoso caso de Nadia Anjuman, quien fue brutalmente asesinada por su esposo y la familia de éste, es igual de horroroso. Sucedió en 2005, en Afganistán. Este poema se volvió famoso poco después de su asesinato. Ella asistía a una escuela donde aprendía a escribir poemas a escondidas, durante el régimen talibán. Por fuera, la escuela decía ser de corte y confección.

¿Acaso debo hablar de dulzura
cuando es tanta la amargura que siento?
Ay, el festín del opresor
me ha tapado la boca.

Otra poeta que surge de esos espacios de exclusión por ser mujer es Rahila Muska, también afgana. Adolescente, se prendió fuego a sí misma después de que sus hermanos casi la matan a golpes cuando descubrieron que escribía poemas. Practicaba un género poético que es de naturaleza oral y se suele cantar con un tambor; no debía escribir, puesto que la escritura de poesía se reserva a los hombres: You’re stone. / One day you’ll look and find I’m gone. (Eres una piedra. / Un día mirarás y me habré ido). Este género también se encuentra prohibido por los talibanes. Quienes suelen practicarlo son mujeres analfabetas. Muska había hallado un programa de radio que compartía poesía y tenía una línea de atención teléfonica. Ella hablaba todo el tiempo y dictaba sus poemas. Era muy apreciada por esa comunidad marginal. La última vez que llamó, avisó que estaba en el hospital por las quemaduras autoinfligidas.

Estos versos no eran de ella, sino de ese género, que era anónimo —es decir, escrito por mujeres—, y justo tratan sobre la imposibilidad de escape. Fueron de los últimos que Muska compartió en una de esas llamadas: You sold me to an old man, father. / May God destroy your home, I was your daughter. (Me vendiste a un hombre viejo, padre. / Que Dios destruya tu hogar, yo era tu hija).

La poeta palestino-israelí Dareen Tatour fue condenada a cinco años de cárcel el 15 de octubre de 2015, por un poema llamado “Resistid, mi pueblo, tenemos que resistirlos”, un himno a la rebeldía, al menos así fue entendido por sus enemigos. Ése fue considerado un poema que incitaba a la violencia, y ella, tomada como terrorista.

Tatour escribió ese poema por los 199 palestinos asesinados y los 28 israelíes ejecutados de manera extrajudicial ese mismo mes. Su poema se volvería viral en redes. Fue arrestada antes del amanecer; entraron a su casa las fuerzas de seguridad israelíes y se la llevaron: sin avisar a nadie de su paradero, la cambiaron de prisión los primeros tres meses antes de que supiera que habría un juicio. En 2017, ella ya tenía arresto domiciliario, pero debía usar un grillete de monitoreo electrónico en el tobillo. Era una prisionera de “seguridad”. Aquí un fragmento del poema (traducción de Laura Estrada):

Resistid, mi pueblo, tenemos que resistirlos

En Jerusalem, me vestí con mis heridas e inhalé mi propio dolor,
cargué con el alma de esta árabe palestina en la palma de mi mano
[…]
Les han prendido fuego a niñxs inocentes;
a Hadil la atacaron en frente de todo el mundo y la mataron a
plena luz del día.
Resistid, mi pueblo, tenemos que resistirlos.

No hace falta vivir en el régimen talibán para que haya poetas y artistas perseguidos. Los últimos sucesos de La Habana, el 27N y el Movimiento San Isidro son una muestra de ello: Katherine Bisquet, joven poeta, fue detenida bajo arresto domiciliario en 2020 y enviada al exilio a Polonia junto con su pareja, el también artista excarcelado Hamlet Lavastida, por su oposición al gobierno cubano. Este poema¹ se lo dedicó a Luis Montero, amigo cercano, también prisionero:

Sin embargo, te pienso calvo, te pienso con un número de serie
y una causa.
Calvo Luis, qué pinga es eso?
Es necesario eso? que te dejen calvo?
Acaso dejándote calvo te rasuran las ideas.
Las ideas de defender a la misma gente que te deja calvo (dice
mi madre que no me siga metiendo en candela, que yo no voy a
lograr nada).
Esa guerra la perdieron ellos, nuestros padres.
Tú dirías que no hay ningún referente, que ese es el gran problema.
Cómo sabrían, a ver, dime cómo.
La furia de una ciudad entera.
La furia de una ciudad entera.
Contra quién la furia de una ciudad entera?
La furia de una ciudad entera…
Contra qué?

Pensar la poesía como un arma es pecar de ingenuidad; sin embargo, la poesía incomoda. Quien tenga la palabra tiene algo. Ese algo por el que vale la pena prenderse fuego. Tanto así. +

¹ Este poema fue tomado del Facebook de la poeta, por lo que conserva la puntuación original.

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