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El dorsal infinito de Juan Villoro

No he querido saber, pero he sabido que, a través del juego, los seres humanos exploramos nuestra creatividad, nos acercamos a comprender las reglas del mundo y construimos nuestra identidad propia y colectiva. Hemos conseguido superar nuestras limitaciones individuales haciendo equipo con los demás.

La educación, el lenguaje y la cultura han sido posibles gracias a nuestra interacción con otros, afines o diferentes, y las actividades lúdicas como el juego y los deportes han sido fundamentales para vincularnos. El juego es un mecanismo de socialización fundamental, el método natural del cerebro para aprender, regular emociones y desarrollar habilidades sociales. Johan Huizinga concibió el juego como una función humana (Homo ludens) tan esencial como la reflexión (Homo sapiens).

En el juego de la vida estamos hechos de historias, somos seres narrativos, y en las historias que compartimos, desde la literatura, la filosofía, la psicología e incluso con la inteligencia artificial, el personaje principal, en la mayoría de los casos, es humano o tiene actitudes humanas. La actitud lúdica se trata de explorar posibilidades, crear, cooperar con otros. En particular, el campo de juego de futbol es un universo en miniatura, el escenario perfecto para estudiar la condición humana, la política, la moral y la ideología.

Para Juan Villoro, cronista en los mundiales de Italia 90 y Francia 98, el futbol es la patria de las primeras emociones puras; la madurez nos obliga a ser lógicos, predecibles y contenidos, el futbol suspende esa condena durante noventa minutos. En palabras de Javier Marías (de cuya novela Corazón tan blanco tomé la memorable frase inicial para este texto): el futbol es la recuperación semanal de la infancia.

Juan Villoro armoniza en sus obras el rigor de las ideas y la distancia elocuente de su padre, el filósofo Luis Villoro, con el territorio de la escucha y la palabra viva de su madre, la psicoanalista Estela Ruiz —y esa síntesis se oye en su escritura con la emoción íntima y genuina de un grito de gol. 

En torno al futbol, Juan Villoro se define de forma recalcitrante como un “aficionado a la afición”. Su verdadero interés no radica en la táctica, sino en descifrar el fenómeno social, el júbilo, los rituales y la inmensa capacidad de formar comunidad que el futbol suscita en la gente. 

En sus libros nos ha permitido ver la cancha de futbol como un fontanar de mitología viva y una máquina generadora de narrativas. En la cancha el destino se escribe en vivo. A través de las letras de Juan, el futbol se convierte en un espejo del drama humano: pasional, impredecible y trágico.

En Dios es redondo (Planeta, 2006), Juan Villoro mezcla la crónica periodística, el ensayo literario y el análisis psicológico. Exhibe al futbol no como una competencia atlética, sino como un catálogo de las pasiones y neurosis humanas. En un mundo moderno cada vez más cínico y carente de dioses, el futbol ha sustituido a las religiones tradicionales.

Diez años después de aquel libro, llegó Balón dividido (Planeta, 2016), el escenario en el que Villoro analiza el duelo “intelectual” más fascinante del futbol contemporáneo: Pep Guardiola, la utopía estética, frente a José Mourinho, el maquiavelismo del rencor, y otros contrastes del futbol moderno: el negocio globalizado y la pasión. “El futbol actual es una disputa permanente entre la ética del juego y la voracidad del mercado”.

Los héroes numerados (Seix Barral, 2026) recupera al futbol como un fenómeno cultural total; un territorio fértil donde se cruzan de manera elocuente la historia, la política, la estética y la psicología colectiva. Con la misma lente que aplicó a sus libros anteriores, Villoro despliega aquí su mirada más totalizadora.

Los héroes clásicos, como el ingenioso Odiseo y el ilustrado Quetzalcóatl, realizaban hazañas sin un número en la espalda, y sólo humanistas lúdicos como Juan Villoro son capaces de llevar en el dorsal un número infinito; cuando los héroes numerados saltan a la cancha, lo que está en juego ya no es un deporte.

A lo largo de once capítulos, alineados con una eficacia similar a la del FC Barcelona de 2009, el ensayo literario transforma el estadio en un auténtico espacio de pensamiento y al aficionado en un personaje trágico, fiel y obstinado.

Cosmovisión de Los héroes numerados 

En el libro más reciente de Juan Villoro, los elementos del juego alcanzan otras dimensiones: la pelota se revela como el ancestral objeto del deseo, la camiseta se transmuta en la piel misma o en la del adversario, y la afición, según la descripción de Ángel Fernández, opera como un coro griego que sanciona, estimula y dictamina el destino de la tragedia sobre el césped.

Al dotar de números a nuestros héroes modernos, el deporte folió la épica y definió psicologías inalterables en los dorsales (del aislamiento del portero con el 1 a la dirección orquestal del táctico con el 10), un orden numérico que sólo la heterodoxia de figuras como Johan Cruyff se atrevió a desafiar.

Esta cartografía del balón devela también las ásperas costuras de la geopolítica contemporánea. El próximo Mundial trinacional se descubre como el resultado de las carambolas judiciales del fbi, diseñado para compensar a los Estados Unidos tras los entramados de sobornos de Catar y Rusia, relegando a México y Canadá al papel de actores secundarios o comparsas que apenas recibirán trece de los ciento cuatro partidos programados.

Frente a la máxima de Jorge Valdano de que el futbol es lo más importante de lo menos importante, la liga mexicana emerge como una estructura diseñada para garantizar el éxito económico inmediato y el fracaso deportivo a largo plazo. La abolición del ascenso para proteger intereses comerciales y la pérdida del derecho de los futbolistas sobre sus propios nombres (como el agravio publicitario que despojó a Jesús Corona de su apellido para rebautizarlo con el nombre de una cerveza) ilustran un sistema de controles verticales amparado por la fifa, esa megacorporación que prospera bajo la máscara de una organización sin fines de lucro.

En esta modernidad degradada, la revisión por videoarbitraje (VAR) ha secuestrado la espontaneidad de la catarsis, transformando el grito sagrado del gol en una pausa de comida recalentada; el VAR ha mutilado la gramática de la alegría.

El futbol, no obstante, resiste como ese espacio ritual para darnos “vacaciones de civilización” y regresar a la tribu, una dimensión en la que Diego Armando Maradona permanece como el arquetipo absoluto de la ópera italiana: sumamente cuestionable fuera de la cancha, pero capaz de sublimar el juego y redimir a sus compañeros mediante un liderazgo generoso que transmutaba pases de trámite en proezas inmortales.

La transformación más nítida del deporte se escribe hoy en el futbol femenino, y en ella se cifra también su porvenir, una trinchera que la mafia de la fifa vetó históricamente bajo falsos pretextos médicos por temor a la irrupción de las mujeres en las esferas del pensamiento y la opinión.

Al desplegarse en un ritmo más pausado, el juego de las mujeres permite que la exquisitez de la técnica se imponga sobre la potencia atlética, ofreciendo un despliegue nítido, comunitario y desprovisto de la coquetería narcisista y los berrinches teatrales que plagan el sector masculino.

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Nada tan difícil de entender como el corazón. Lo saben los cardiólogos, lo saben los poetas. Sin embargo, el corazón del futbol palpita con voz de mujer, lo sabemos los aficionados. Esa voz representa la reserva moral del deporte, y nos dice que todavía es posible jugar en comunidad, con pasión, honestidad y alegría. El futbol refleja las virtudes y los vicios de la sociedad que lo juega.

En la obra de Juan Villoro la literatura, el futbol y el intercambio de ideas nos permiten mirarnos de frente, asumiendo con entereza que habitamos una realidad que puede ser injusta, pero en la que, a final de cuentas, el corazón futbolero es de una lealtad inquebrantable.+