La biblioteca perfecta

La biblioteca perfecta
11 de enero de 2021
José Luis Trueba Lara

Tú no eres el único que los padece casi en silencio, yo también tengo mis deseos inconfesables. Un dark side del que apenas hablo de cuando en cuando, pues la mayoría de las personas podrían pensar que estoy chiflado. A pesar de esto, hoy estoy dispuesto a revelarlo. Mientras miro mis libreros, algunas tardes ansío que ahí estuvieran algunos de los ejemplares que jamás tendré: un volumen del Necronomicón que rivalizara con el ejemplar que posee la Universidad Miskatonic no estaría nada mal para comenzar, y si a él se sumaran otros grimorios —como el De Vermis Mysteriis, el Libro de Eibon (también conocido como el Liber Ivonis) o el Unaussprechlichen Kulte— la cosa estaría muchísimo mejor. Gracias a ellos tendría el poder absoluto que dan las invocaciones y los saberes oscuros. Frente a ellos, el Malleus Maleficarum, el tratado más importante que se publicó durante la cacería de brujas, apenas podría mirarse como un tierno ejemplo de la literatura infantil y la ñoñería.

El hecho de que pagara con mi vida y mi alma la lectura de esos libros seguramente valdría la pena. A estas alturas es imposible negarlo: algo de fáustico hay en los que padecemos el mal del libro. A pesar de que mi imaginación se desboca a ratos, no me queda más remedio que asumir lo irrefutable: la realidad es dura, inclemente, y no se preocupa por mis fantasías y mis deseos. Por más fuertes que sean, debo aceptar que mis anhelos inconfesables carecen de valor y ni siquiera tienen una pizca de importancia. Si fuera sensato, tal vez debería conformarme con los seis mil 760 libros que una persona normal puede leer a lo largo de su vida. Es cierto, debo asumir que ninguno de aquellos volúmenes ocupará un lugar en mis libreros.

Desde siempre, el nombre del autor del Necronomicón —Abdul Alhazred— me ha alertado sobre lo imposible: el eco de la expresión all has read (que en este caso podría interpretarse como “el que todo lo ha leído”) me obliga a aceptar mis limitaciones y, para acabar de empeorar mi situación, también me pone delante de las obras inexistentes que nacieron en las páginas de H. P. Lovecraft y en las de algunos de los miembros de su círculo de seguidores y corresponsales. La historia del Necronomicón escrita por H. P. sólo es una fantasía. Supongo que mi caso no es único, en los anaqueles de los fans de Sherlock Holmes también brillan por su ausencia los textos indispensables: Sobre las diferencias entre las cenizas de diversos tabacos, La utilidad de los perros en el trabajo del detective y Acerca de la escritura críptica son algunos de los títulos que ansían tener y leer. Desgraciadamente, esos libros apenas existen en las obras de Conan Doyle. Los libros imaginados no son la única ausencia en el sueño de una biblioteca perfecta:

hay otros que apenas son un murmullo,

un zumbido que no abandona mis oídos. En unas pocas líneas que sólo invocan el deseo, Aristóteles habla sobre la existencia de una tercera obra de Homero: el Margites, que narraba la vida del demente que inauguró las comedias con todas las de la ley. De este poema nada queda más allá de los susurros que se conservaron en los rollos de papiro. Sin embargo, en mi librero —justo entre La Ilíada y La Odisea— hay un espacio que lo aguarda y me permitirá adentrarme en los versos que nadie ha leído o escuchado desde hace milenios. A veces me gusta pensar que la vida de este poema se alargó mucho más y tuvo el mismo destino del libro envenenado de El nombre de la rosa, pero yo sé que ese incendio jamás ocurrió y todo lo que en él sucede es resultado de la razón y la sabiduría:

Cuando encendíamos una hoguera en el prado —cuenta Umberto Eco—, mi mujer me acusaba de no saber mirar las chispas que se elevaban entre los árboles y volaban a lo largo de los cables de la electricidad. Cuando luego leyó el capítulo sobre el incendio, me dijo: “¡Pero entonces sí mirabas las chispas!”. Y yo le respondí: “No, pero sabía cómo las hubiera visto un monje medieval”.

En mi biblioteca perfecta, el Margites apenas se revela como una más de sus carencias casi infinitas: los poemas de Safo que llevaron a los asustadizos a censurarla por erotomaníaca y desaparecieron sin dejar rastro, son otras páginas que debería leer antes de que la muerte me alcance. Y exactamente lo mismo me sucede con las obras completas de Esquilo que terminaron en Alejandría gracias a una turbiedad que no logró salvarlas del fuego. Mi sueño de leerlas tuvo el mismo destino que el de los Ptolomeos que intentaron crear la biblioteca absoluta. Con los dramas de Sófocles y Eurípides me ocurre exactamente lo mismo, la mayoría de sus páginas jamás serán recorridas por mi mirada y apenas puedo imaginarlas gracias a las pocas pistas que quedan de ellas. Mi lectura está condenada a ser fantasmal y, en este caso, sólo me queda el consuelo de releer las palabras de Irene Vallejo: “El paisaje de la tragedia griega es hoy tierra arrasada. Sólo nos ha llegado un puñado de obras, pero se cuentan entre las preferidas de los atenienses de entonces”. Además de los libros asesinados, en mi biblioteca hacen falta

los libros perdidos,

los que por alguna razón no conocieron la caricia de la imprenta y apenas conocemos gracias a sus pálidas menciones. A comienzos de los años veinte del siglo pasado, Ernest Hemingway extravió una maleta en la que estaban el manuscrito y todas las copias al carbón de uno de sus relatos: Up in Michigan. Hasta donde tengo noticia, él hizo cuanto pudo para tratar de recuperarla, le reclamó a quienes estaban dispuestos a escucharlo, y —según se cuenta— publicó un anuncio en la prensa para ofrecer una recompensa a la persona que le devolviera sus páginas. Sus esfuerzos fueron en vano. Up in Michigan se perdió irremediablemente. De él apenas sabemos que a Gertrude Stein le pareció malísimo. Sin embargo, a un siglo de distancia, la opinión de Stein no me parece relevante: bueno o malo, en mi librero hacen falta esas hojas mecanografiadas que serían un ejemplar único y merecerían la más cuidada de las encuadernaciones y un ex libris marcado en su portada. El deseo de tener un ejemplar único —da igual si es imaginario, fantasmal, perdido o real— puede dar paso a anhelos y acciones siniestras. Cuando Heinrich Himmler era un veinteañero, se topó con una traducción de la Germania de Tácito y nada pudo detener su lectura hasta que llegó a la última página. El antiguo libro lo impresionó brutalmente y en uno de sus cuadernos escribió unas cuantas líneas en las cuales lo calificó como un “maravilloso retrato de lo elevados, puros y capaces que fueron nuestros ancestros. Y así es como volveremos a ser de nuevo, o, al menos, [esto ocurrirá con] una parte de nosotros”. Sus palabras eran terribles y pronto se convirtieron en una realidad escalofriante.

Si los investigadores tenían dudas más que razonables sobre la mayoría de las las afirmaciones de Tácito —quien al parecer era tantito mentirosillo—, al nazi no le importaba un comino. Según él, en la Germania estaban las señas de identidad de los arios más puros. Años más tarde, Himmler no había olvidado el libro y se enteró que en Italia se conservaba un manuscrito medieval que lo contenía. De inmediato envió un cuerpo especial de las SS —la brigada Ahnenerbe, cuyo nombre significa “herencia ancestral”— para apoderarse de los pergaminos. Para desgracia de los nazis y fortuna de la humanidad no los encontraron, y sólo al cabo de varias décadas esas páginas reaparecieron.

En mis libreros también se nota la ausencia de los libros que no merezco conocer y he soñado tener en mis manos. Los tomos elusivos existen, y de cuando en cuando sus noticias aparecen en los recuerdos de los lectores. Abdelfattah Kilito —uno de los mayores estudiosos de Las mil y una noches— cuenta que, durante su visita a una universidad estadounidense, se topó con la traducción de Richard Francis Burton publicada en 1885 y 1886, y que junto a ella estaban los siete tomos del Suplemento editado desde 1886 hasta 1888. Por menos de 100 dólares, él podía comprar la versión de Las mil y una noches que Borges tenía en la mejor estima. Sin embargo, no la adquirió en su primer impulso: “yo no merecía conocerla — escribe Abdelfattah—, los que la habían tenido en sus manos eran de otro temple, seres excepcionales”. Efectivamente, los lectores sabemos que existen libros que no merecemos tener y nos eluden para recordarnos nuestra medianía.

Así pues,

para que mi biblioteca sea perfecta,

ella no sólo debe contener los libros que tiene y los que se incorporarán gracias a las novedades y los hallazgos. Si gracias a un milagro llegara a existir y adquiriera su forma babélica, a esos volúmenes se agregarían los textos imaginados, las obras asesinadas, los manuscritos perdidos, los ejemplares únicos y los que tendríamos aunque no los merecieramos.

Es más, también le harían falta los libros que se soñaron y jamás se escribieron. Sé bien que todos mis estantes están llenos de vacíos, de espacios que nunca podrán llenarse, pues la historia total de la literatura es también la historia de la pérdida de la literatura. La biblioteca perfecta es imposible; por más poderosos que los artilugios tecnológicos parezcan, jamás lograrán llenar sus huecos. Y, a pesar de que la red me ofrece millones de textos, ninguno tiene la capacidad para sanar la certeza de que mi biblioteca perfecta siempre será algo inexistente. +

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