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Moby Dick, de Melville a Aronofsky y Fraser

Moby Dick, de Melville a Aronofsky y Fraser

14 de febrero 2023

Por Irma Gallo

Hace ya casi tres años, cuando iniciaba el confinamiento por la pandemia de covid, leí por primera vez Moby Dick, la obra maestra de Herman Melville. Aunque me fascina Bartleby, debo reconocer que la historia de la ballena blanca y de la obsesión del capitán Ahab por atraparla, es, por definición, la novela por la que se conoce en todo el mundo al escritor nacido en Nueva York, en el lejanísimo 1819.

Y aquí viene una confesión: durante años me resistí a leer la historia del terror blanco —así define Melville a la ballena, o es más justo decir que así la define Ahab, que ya ha perdido una pierna por su culpa—, porque no soy afecta a las novelas de aventuras. Pero ¡qué errada estaba!, porque si bien Moby Dick es, en efecto, una novela de aventuras, también es una novela profundamente humana, acerca de un ser que es temido por su tamaño y su aspecto—una condición con la que no pidió nacer—, y que vive por completo aislado. A diferencia de otras ballenas, a Moby Dick no es fácil avistarla. Parece que se esconde de Ahab y de la tripulación del Pequod, como si adivinara el daño que es capaz de hacerle.

¿Es la ballena de Melville un ser perverso? No estoy tan segura. Como dije antes, es la responsable de que al capitán Ahab le falte una pierna y de que muchos otros marineros hayan muerto, pero ¿quién fue el primero en irrumpir en su hábitat, en atacarla, en quererla cazar como había hecho antes con otras de su especie?

Sí, Moby Dick, la ballena, encarna el miedo, el terror blanco, pero debo insistir en que más por su aspecto que por su comportamiento.  Reacciona como lo que es, un animal acorralado, perseguido, amenazado.

Además de las referencias explícitas a la obra de Melville —Charlie, el protagonista, interpretado por Brendan Fraser, solo se repone de una amenaza de infarto cuando alguien le lee un fragmento de un ensayo sobre Moby Dick que, luego sabremos, escribió Ellie, su hija—, en The Whale (Darren Aronofsky, 2022) es posible encontrar otros puntos de contacto.

Por supuesto, el más obvio es el aspecto de Charlie, un obeso maestro de inglés que se autodestruye lentamente ingiriendo cantidades exhorbitantes de comida porque el amor de su vida, Alan, ha muerto.

Pero más allá de esto —que sin duda es el leitmotiv de la película—, está la inmensa soledad del personaje. Dada su condición física, Charlie ha perdido toda movilidad. Es —ahí viene una vez más la metáfora— una ballena encallada que no puede salir del departamento que habita. Apenas puede pararse del sofá en el que da clases en línea —con la cámara apagada, por supuesto—, come, mira el televisor, escribe y se masturba. Cuando debe levantarse, necesita el auxilio de una caminadora que con cada paso que da parece a punto de romperse.

Además de su amiga Liz, interpretada por la actriz estadounidense-vietnamita nacida en Tailandia, Hong Chau, nadie lo visita. Ordena su comida en línea —casi siempre pizza o alguna otra chatarra— y lo que le hace falta se lo trae Liz. Incluso le hace chequeos de salud —es enfermera— porque Charlie se niega a ir a un hospital.

Para mí, la frase que mejor ejemplifica esta necesidad de aislamiento de Charlie es cuando Ellie, su hija adolescente, le reclama que no la haya buscado en años, y él, con la mirada más triste del mundo, el ojo solitario de una ballena blanca, responde: “¿Quién querría que yo fuera parte de su vida?”

Sí, The Whale es una historia de amor paterno, de reconciliación, de sacrificio. Pero también es la historia de nuestros miedos, de todo aquello que no soportamos ver porque tememos convertirnos en eso. Es una historia, sobre todo, de dignidad. La misma dignidad de la inmensa ballena blanca de Melville.

Todo ello, con el mínimo de recursos: la única locación es el departamento de Charlie y sólo, muy brevemente, un fragmento de la playa. El formato cuadrado en lugar del tradicional 16:9 de la mayoría de las producciones cinematográficas aumenta la sensación de intimidad, pero también de encierro que ha creado Aronofsky, y lo mismo sucede con la perpetua oscuridad en que se mueven los personajes, una atmósfera de desolación y abandono, muy parecida a la que describe Melville, por ejemplo, en la posada a donde llega a hospedarse Ismael o, por supuesto, en la parte profunda del océano, aquella a donde no llega la luz.

Para no arriesgarme a hacer spoilers, mejor me detengo aquí. Quiero que Brendan Fraser, Darren Aronofsky y Sadie Sink, que interpreta a la rebelde y enojada Ellie, ganen todos los premios habidos y por haber. Vean The Whale, sí, pero también lean Moby Dick, no se esperen, como yo, hasta que una pandemia los atrape en casa.