Confieso que he leído | Canon literario de la imperfección

Confieso que he leído | Canon literario de la imperfección

Por Norma Bautista

Leer no siempre transforma la manera en que vemos el mundo. A veces ocurre exactamente al revés: la manera en que vemos el mundo define lo que somos capaces de leer.

Con los años he entendido que los libros que más me marcaron no fueron necesariamente aquellos con los que estuve de acuerdo o confirmaron mis certezas, sino los que me obligaron a convivir con la complejidad, la contradicción y la incomodidad. No fueron libros cómodos; fueron libros formativos.

Recuerdo lo que me ocurrió leyendo Lolita (Anagrama, 2024). Ahí descubrí que una prosa extraordinaria puede habitar una voz moralmente perturbadora y que la literatura no funciona como un tribunal. Hay quien huye de Nabokov porque siente que acercarse a este libro implica justificar aquello que cuenta. Y, sin embargo, la literatura rara vez opera con tal simpleza.

A sangre fría (Lumen, 2016) apareció con otra idea que no me abandonó nunca más: comprender a un personaje no significa justificarlo. Capote consigue mirar el horror sin simplificarlo y obliga al lector a aceptar que la condición humana rara vez cabe en categorías limpias.

La broma (Tusquets, 2012) me dejó el hábito de sospechar de cualquier pensamiento rígido. Kundera supo que pocas cosas son más peligrosas para la inteligencia que la incapacidad de tolerar la ambigüedad.

Cuando llegué a Los hermanos Karamázov (Alianza, 2011) terminé de entender que los seres humanos no somos coherentes ni estables ni fácilmente clasificables. Dostoyevski escribe personajes atravesados por la culpa, el deseo, la fe y la contradicción porque así vivimos también nosotros.

Pastoral americana (Debolsillo, 2024) modificó otra parte de mi mirada. Roth desmonta la fantasía del hombre correcto y de la vida perfectamente ordenada para mostrar el caos, la frustración y el fracaso que suelen esconderse debajo de las narrativas impecables. Algo parecido me ocurrió con La fiesta del Chivo (Debolsillo, 2015). Vargas Llosa retrató el poder no solo desde la política, sino desde el miedo, la degradación y la manera en que el autoritarismo invade incluso la vida privada.

Incluso Pedro Páramo (Reverté Management, 2024) transformó mi forma de leer. Rulfo me enseñó que un libro no tiene por qué adaptarse a la velocidad del lector ni explicarse constantemente para ser valioso. Hay obras que exigen paciencia, atención y cierta disposición al desconcierto. En una época obsesionada con la inmediatez, volver a Rulfo se siente casi como un acto de resistencia.

Tal vez por eso me incomoda la idea de convertir la lectura en un acto de corrección cultural. Con frecuencia siento que parte de la conversación contemporánea sobre libros dejó de preguntarse qué tan bien escrita está una obra para concentrarse en si quien la escribió piensa correctamente. Como si la literatura tuviera primero que pasar por un filtro de aprobación moral antes de merecer ser leída.

Celebro que hoy leamos más mujeres, que se revisen los catálogos, que se amplíe el canon y que muchas autoras ocupen por fin el lugar que durante años se les negó. Pero no quiero que una corrección necesaria termine convertida en una nueva forma de estrechez.

Leer no debería consistir en alinearse con una consigna, sino en ensanchar la mirada. Y, en mi caso, buena parte de esa mirada fue construida también por hombres que escribieron desde la contradicción, la oscuridad, la fragilidad o la incomodidad. Negar eso para acomodarme a una tendencia cultural sería, al menos para mí, una forma bastante pobre de relacionarse con la literatura.

Porque la literatura que más me formó no fue la que confirmó mis ideas, sino la que me obligó a convivir con aquello que parecía ambiguo, incómodo o imposible de resolver.+