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Astérix: olímpicamente genial

Astérix: olímpicamente genial

Dany Saadia

Desde mi juventud, releo con cierta regularidad las aventuras de Astérix (aunque sólo las de Goscinny, que quede claro).

En esta ocasión, tocó una que abarca desde el dopaje hasta el chovinismo, desde el falso deporte amateur hasta la exclusión de las mujeres y su rol en la sociedad de los deportes de masas, pasando por los tours organizados, la búsqueda de proyección internacional, las excusas de los fans que siempre buscan chivos expiatorios para justificar la derrota de sus representantes deportivos y la creciente mercantilización del deporte.

Sí, claro: hablo de Astérix en los Juegos Olímpicos: el álbum 12 del pequeño galo y sus amigos, creado por los gigantes René Goscinny y Albert Uderzo; los libros de cómics más vendidos y populares de la historia de Occidente.

Está todo ahí: en una obra publicada para hacerla coincidir con los ya casi olvidados Juegos Olímpicos de México de 1968, así como con los de 2024 en la Lutecia de Astérix, en la Lutecia romana que ahora se llama París.

En Astérix en los Juegos Olímpicos, la poción mágica del druida Panoramix simboliza las áreas grises del dopaje. Refleja así, con su característico humor, los modernos debates sobre las pócimas no tan mágicas ni creadas por druidas que sigue plagando al deporte profesional… y popular.

¿Y qué decir de la representación de las mujeres? Daría ahora mismo para una buena bronca sobre feminismos, antifeminismos, wokismos y misoginias en la tóxica internet del presente. En Astérix en los Juegos Olímpicos, mientras los hombres están obcecados en esta contienda deportiva llena de trampas y estratagemas, las mujeres sólo observan. Su papel es una crítica temprana de la marginalización de la mujer no sólo en los deportes, sino en todos los aspectos de la sociedad.

Da vida y color a todo ello el irrepetible trazo de Uderzo (bueno, irrepetible, con permiso de Didier Conrad). Es fácil, muy fácil, pasar las páginas y dejarse llevar hasta esa Grecia antigua imaginada por la muy real y única cultura que conquistó a sus conquistadores para dar lugar a la civilización grecorromana, es decir, las raíces de la civilización occidental: las raíces de lo que somos hoy.

Tan sólo por ese paseo risueño y evocador de nuestros propios orígenes, Astérix en los Juegos Olímpicos ya merece la pena: es una obra maestra que ha resistido el paso del tiempo y continúa tan vigente como hace décadas. Se trata de una demostración palmaria de que el arte, en todas sus formas, tiene el poder de desafiar, entretener y enriquecer nuestras vidas, resonando a través de las generaciones con mensajes que ―aunque se enuncien desde la ficción e incluso desde la broma― siguen siendo absolutamente relevantes para nuestra realidad actual.

Y quisiera contar una breve anécdota personal para concluir: en 2008 tuve la oportunidad de visitar en los Estudios de Cine de la Ciudad de La Luz, en Alicante, la producción de la película Astérix y los Juegos Olímpicos. Habían construido un enorme decorado que reproducía una pista oval con gradas al estilo Ben-Hur. Varios pit-stops, como boxes de fórmula 1, para las cuadrigas de los carruajes de cada equipo por nacionalidades. Y fuimos a parar a la de Alemania, con colores de Ferrari, ya que Michael Schumacher, piloto de esa escudería en ese momento, tenía un cameo en la película. Lo que me encontré fue maravilloso. Dentro de cada parada de boxes, había un taller para reparar las cuadrigas, con carteles antiguos y herramientas de la época. Todo con un detallismo brutal. Intrigado por la inversión de tiempo y dinero que eso implicaba, le pregunté al director de producción:

―Pero todo esto… ¿se verá en la película?

―No.

―Entonces, si nadie lo ve…

―Sí que lo ve alguien ―me interrumpió―: lo verán los actores.

En resumen, Astérix siempre, en sus mejores momentos, en todos sus géneros y de forma “olímpicamente” impecable.+