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¿Tú también, Shakespeare?

Existen  elevadas  probabilidades  de  que,  justo  ahora,  la  novelista  y  dramaturga  Jodi Picoult  (Nueva  York,  1966)  esté  recibiendo  un  montón  de  hate  debido  a  la  audaz propuesta de su más reciente novela, mitad histórica, mitad romance contemporáneo, Con cualquier otro nombre (VR Editoras, México, 2025), donde pone en tela de juicio la  autoría  de  William  Shakespeare  sobre  su  obra.  Antes,  la  investigadora  Elizabeth Winkler,  en  su  libro  Shakespeare  fue  mujer  y  otras  herejías,  fue  abrumadoramente agredida por recelar de la solitaria autoría de Shakespeare sobre sus 37 obras teatrales y  sugerir  la  injerencia  de  una  mujer  en  varias,  una  compositora  de  origen  italiano llamada Emilia Bassano, conocida asimismo por su nombre de casada,  Emilia Lanier (1569-1645),  a  la  que,  hasta  ese  momento,  se  le  conocía  por  ser  la  primera  mujer  en publicar un libro de poemas en Inglaterra, Salve Deus Rex Judaeorum (1611).

He  de  aclarar  que  yo  misma  soy  una “bardófila”,  como  nombra  Picoult  a  los  idólatras  de William Shakespeare; que he rechazado con pasión la hipótesis de que tenía a su servicio un batallón de escritores que se hacían cargo de crear esas obras que amamos. Se decía que entre  sus  ghostwriters  se  encontraban  autores  tan  célebres  como  el  propio Shakespeare:  Ben  Jonson  y  Christopher  Marlowe.  Lo  nuevo  para  mí  es  la  probable injerencia  de  mujeres  en  la  elaboración  de  dichas  obras,  y  Picoult,  que  además  es académica e investigadora, se dedicó a seguir el rastro de algunas, muy concretamente el  de  Emilia  Bassano,  cuya  biografía  resalta  aspectos  muy  fáciles  de  vincular  con  el universo  shakespeariano,  empezando  por  su  nombre  y  apellido,  extranjeros  y,  por consiguiente,  no  comunes  en  la  Inglaterra  isabelina,  mismos  que  aparecen  en  El mercader de Venecia y en Otelo. En esta, Emilia es uno de los personajes más notables; esposa  del  traidor  Yago  y  fiel  amiga  de  la  trágica  Desdémona.  En  lo  que  coincide  la mayoría, y la razón por la que muchos lo amamos, es que sus personajes femeninos, en su gran mayoría, están misteriosamente adelantados a su época. Algunos parlamentos, de  hecho,  podrían  calificarse  hoy  de  “feministas”,  rasgo  del  Shakespeare  dramaturgo que contrasta vivamente con el Shakespeare hombre que nunca permitió que sus hijas aprendieran a leer.

 

Con  cualquier  otro  nombre  está  conformada  por  dos  historias  entrecruzadas, protagonizadas por una dramaturga neoyorquina del siglo XXI llamada Melina Green y por una cortesana del siglo XVII. Emilia Bassano, que, si bien se distinguió como música, escribió a escondidas y con gran frenesí, una serie de poemas y obras dramáticas. Por increíble que parezca, ambas padecen el mismo conflicto: temor a firmar con sus propios nombres. El ámbito teatral neoyorquino actual, según se nos muestra acá, es dominio de machos, y son realmente pocas las autoras que consiguen ser representadas en plazas importantes,  dentro  o  fuera  de  Broadway.  Cuando  Melina  presenta  una  de  sus  obras estudiantiles,  actuada  a  modo  de  lectura  en  atril,  recibe,  por  parte  del  crítico  teatral, Jasper Toller, una crítica ácida, muy característica de él. Queda muy herida tras aquella experiencia, lo que no le impide escribir una obra sobre Emilia Bassano, figura histórica que  estudia  con  pasión  desde  que  descubrió  su  vínculo  sanguíneo  con  esta.  La  chica comparte  apartamento  con  su  muy  querido  amigo  André,  quien,  como  hombre afroamericano  y  gay  también  está  bastante  familiarizado  con  la  discriminación.  Éste será el primer lector de la obra de Melina, titulada Con cualquier otro nombre, y decide enviarla  a  un  importante  concurso,  sin  previa  notificación  a  su  autora,  bajo  el ambivalente  seudónimo  de  Mel  Green.  Cuando  resulta  triunfadora,  Mel  sufre  una parálisis, en especial cuando al advertir que entre el jurado se encuentra el mismísimo Jasper  Toller.  Le  suplica  entonces  a  André  que  la  suplante  en  la  autoría,  y  ella  se presentará en calidad de asistente. Resultará más “inclusiva” una obra feminista escrita por  alguien  gay  y  afroamericano.  Esta  parte  hilvana,  a  través  del  texto  dramático, parlamentos y ensayos, cómo Emilia forja su obra en la clandestinidad; y su posterior convenio con Shakespeare.

Lo  mejor,  sin  embargo,  es  la  narración  de  la  asombrosa  vida  de  la  más  importante escritora isabelina (en efecto, no la única); cómo es entregada, a los trece años, por su propia familia, al lord chambelán Henry Hundson, quien, curiosamente, era una especie de “censor” al servicio de la Reina y decidía qué obras teatrales se presentaban y cuáles no. El posterior y desgraciado enamoramiento entre Emilia y el joven y apuesto conde Southampton, destacado mecenas; su entrañable amistad con Chritopher “Kit” Marlowe (lo que más amé) y, lo principal: cómo una estrujante necesidad económica, pero, sobre todo, de ser escuchada y leída, aunque fuera a través de otro nombre, la orilla a sumarse al “selecto club”. Se conjetura  que Emilia  Bassano escribió once de estas obras, entre ellas, Hamlet, Romeo y Julieta y Otelo.

Eve Gil