Las derrotas y el heroísmo suicida

Las derrotas y el heroísmo suicida

16 de agosto de 2021

José Luis Trueba Lara

A mediados del siglo rotundo. La imagen del cuerno de la abundancia era un es pejismo, casi ningún gobierno había llegado a buen puerto, XIX, el país se mostraba como un fracaso y las derrotas ante los invasores aún no cicatrizaban. La desgracia resultaba notoria y, justo por ello, era fundamental inventar una patria a la altura de su fracaso. En esos momentos, la tensión y la ruptura entre los “mexicanistas” y los “hispanistas” se hacía notar con toda su fuerza: cada uno de estos grupos reivindicaba un pasado y un santoral excluyentes. Moctezuma y Cuauhtémoc eran irreconciliables con los conquistadores y los frailes que llegaron del otro lado del Atlántico, y exactamente lo mismo sucedía con el pueblo miserable pero simpático y los fufururos que apenas merecían las burlas de Los mexicanos pintados por sí mismos.

Este enfrentamiento —por lo menos en el caso de una buena parte de los hispanistas, que seguían los pasos de Lucas Alamán— volvió al pasado para leer a Moctezuma en una clave específica: él se convirtió en el idólatra, el ignorante que creía en las profecías, el cobarde que apenas tuvo cierta claridad mental al asumir su vasallaje. El tlatoani degradado y degradante volvía por sus fueros. Algo muy parecido ocurría con los mexicanistas, a quienes les urgía encontrar un héroe con las mismas virtudes que sus caudillos derrotados.

Esa imagen de Moctezuma marcó el inicio del juicio sumarísimo que terminaría creando tanto a los héroes que estaban a la altura del país vencido como la valentía suicida. Efectivamente, “La profecía de Guatimoc”, uno de los poemas más importantes de Ignacio Rodríguez Galván, ya se había convertido en realidad en 1846:

Ya diviso en el puerto

hinchadas lonas como niebla densa,

ya en la playa diviso,

en el aire vibrando aguda lanza

de gente extraña la legión inmensa.

Al son del grito de feroz venganza

las armas crujen y el bridón relincha;

oprimida rechina la cureña,

bombas ardientes zumban,

y hasta los montes trémulos retumban.

Penacho de Moctezuma

La invasión estadounidense no fue como la fallida reconquista, encabezada por Isidro Barradas —y que se ganó una estrofa que terminó censurada en el himno nacional—; tampoco podía compararse con la guerra de los Pasteles, que concluyó con la aceptación de una deuda injusta. Los yankees mutilaron el país y revelaron a los mexicanos la certeza de una derrota ignominiosa. El patriotismo había fallado.

Ante las desgracias de la guerra, Carlos María de Bustamante volvió a tomar la pluma para invocar a Moctezuma y a Hernán Cortés. En las páginas de El nuevo Bernal Díaz del Castillo, no sólo se ratificó la vileza del conquistador, también se convirtió en el espejo en el cual se reflejaban los rostros de todos los traidores y los ruines que provocaron el desastre. En ese azogue estaban las caras de Santa Anna, de los tejanos y de los estadounidenses, que traicionaron y vencieron a los mexicanos gracias a siniestros artilugios que apenas podían equipararse con los del extremeño. El país como una víctima de las fuerzas oscuras había sido bendecido.

A pesar del patriotismo más exaltado, la invocación del héroe trágico de los aztecas era idéntica a la que tenían los invasores. La creación del heroísmo de Cuauhtémoc fue más gringa que mexicana. Desde 1844, la Historia de la conquista de México, de William H. Prescott, fue traducida al español y pronto se convirtió en una de las obras más leídas por los mexicanos interesados en el pasado y por los invasores estadounidenses. En este libro se remarcan dos hechos de gran importancia para el juicio de Moctezuma: la conquista española era necesaria e inevitable, pues los indígenas mesoamericanos eran incapaces de unirse para enfrentarse a los conquistadores y, además, estaba perfectamente claro que el único gobernante de los aztecas que tenía la estatura para transformarse en mármol y bronce era Cuauhtémoc. El último soberano de Tenochtitlan —al igual que Cortés— fue presentado por Prescott como un titán, como alguien dispuesto a inmolarse con tal de defender la libertad de su pueblo: un héroe absolutamente romántico que moriría en el intento de lograr lo imposible.

En cambio, el Moctezuma de Prescott es poco menos que un pobre diablo que apenas existe para enaltecer la figura de Cuauhtémoc y con el fin de pagar con creces sus debilidades y cobardías. Adentrarse un poco en la Historia de la conquista de México no está de más. En ella se da razón y cuenta de la degradación del tlatoani, un hecho que terminará por marcar una buena parte de las páginas que sobre él se escribirían. Para comenzar, el historiador estadounidense explica cómo, con el paso del tiempo, este personaje fue perdiendo sus escasas virtudes: “En su juventud [Moctezuma] había templado las feroces costumbres del guerrero con la profesión benigna de la religión. En su edad madura se había retirado todavía más de las brutales ocupaciones de la guerra, y sus modales habían adquirido un refinamiento mezclado tal vez con una afeminación que no conocieron sus marciales antecesores”.

Moctezuma, desde la perspectiva de Prescott, era un mujerujo que jamás tendría el tamaño ni la valentía para enfrentarse a sus oponentes. Así, cuando por voluntad se convierte en vasallo de la Corona española, sólo puede ofrecer un espectáculo patético a medida que se rinde y cede su poder a un gobernante que nunca ha visto. El desenlace de esta tragedia es casi obvio, pues, cuando el tlatoani trata de calmar a su pueblo, ya sólo puede ser insultado: él es un “afeminado y un cobarde”, una mujer que “sólo sirvepara hilar y tejer”.

La lectura de la Historia de la conquista de México de Prescott abrió un nuevo camino para el juicio de la nación: los mexicanos, derrotados, asumieron la verdad de sus palabras y Moctezuma se convirtió en el cobarde, en el traidor, en el hombre atrapado por los presagios y, por supuesto, en el primero de los vendepatrias que traicionarían a su pueblo. En cambio, Cuauhtémoc, investido con las galas del suicidio romántico, se transformó en el ideal de un país derrotado que, según algunos, debió seguir los pasos del último tlatoani para enfrentar a los gringos. El héroe a la altura del arte había nacido, y su parto condenó a Moctezuma a la ignominia, al panteón de la infamia. Cuauhtémoc no era un “afeminado”, era la quintaesencia del machismo suicida.

Todo parece indicar que el juicio de Prescott fue definitivo. En los tiempos del orden y el progreso, el tribunal de la patria se apropió de las palabras del historiador gringo y la ratificación de la condena no se hizo esperar. Cuando Vicente Riva Palacio comenzó a transformar la ciudad de México en un gran libro de historia, no hubo un lugar para Moctezuma. La gran escultura dedicada al México prehispánico fue la de Cuauhtémoc y el lugar donde se colocó terminó convirtiéndose en un sitio mucho más que simbólico: el cruce del paseo de la Reforma y la avenida de los Insurgentes. Ahí, en el centro de la historia, se levantaba la obra de Miguel Noreña para remarcar la imagen del heroísmo a la altura de la Antigüedad Clásica, cuyo rostro —según cuentan algunos— es el de Ignacio Manuel Altamirano.

La condena que implicó la inauguración del monumento a Cuauhtémoc en 1887 pronto fue reforzada gracias a una de las obras mayores del porfiriato, México a través de los siglos. En el primer volumen de esta colección, Alfredo Chavero no se tentó el alma para golpear y denostar a Moctezuma. Para el clionauta, resultaba indiscutible que el tlatoani era un déspota, un tirano, alguien que sólo se preocupaba por la “suntuosidad de sus palacios”. Se trataba de un gobernante absolutamente corrupto y alejado de su pueblo, una persona preocupada exclusivamente por alimentar su soberbia y su riqueza. Si los calificativos a su gobierno eran duros, los que se referían a sus cualidades personales, más: el soberano era lujurioso y saciaba sus bajísimas pasiones con “ciento cincuenta de sus mujeres” y, para completar el cuadro, don Alfredo lo tachó de fanático, cobarde y mancebo de los españoles. Por estas razones, no era una casualidad que el joven Cuauhtémoc le hubiera sorrajado el pedradón definitivo, un hecho que ganó la mayor de las publicidades gracias al cuadernillo de la Biblioteca del Niño Mexicano, que escribió Heriberto Frías y que —de una u otra manera— terminó por convertirse en una verdad oficial que nada tenía que ver con los hechos.

A golpe de vista, se pensaría que las terribles cualidades de Moctezuma también pudieron aplicarse a don Porfirio; sin embargo, esta posibilidad no tuvo cabida. En el momento en que se editaron México a través de los siglos y la Biblioteca del Niño Mexicano, Díaz estaba muy lejos de los epítetos que le endilgarían los revolucionarios; él era el Cuauhtémoc triunfante, el héroe del 2 de abril, el salvador de la patria y, justo por eso, nada tenía que ver con el siniestro monarca azteca.

La publicación de México a través de los siglos selló la condena de Moctezuma y el ascenso de Cuauhtémoc. Los héroes indígenas —justo como lo señala Amado Nervo en “La raza de bronce”— ya sólo podrían ser Nezahualcóyotl, Cuauhtémoc y Juárez: el poeta civilizador, el guerrero suicida a la altura del romanticismo y el impasible marcado por el laicismo y la restauración de la república no le dejaron espacio al tlatoani, que se transformó en un cobarde vendepatrias. Sus actos serían equiparados con los de otros traidores: la Malinche, los tlaxcaltecas y el cacique gordo de Zempoala, que le dieron la espalda a una patria que aún no existía.

Esta imagen se volvió moneda de curso corriente, y la gente aprendió a odiar a un fantasma, a un ser que terminó convirtiéndose en una caricatura de sí mismo, en un ejemplo de lo que jamás debería hacerse contra México. Los panteones del nacionalismo siempre necesitan héroes y villanos y al soberano de los aztecas le tocó lo segundo. De poco han servido los estudios que tratan de comprenderlo y las obras marcadas por la serenidad; la presencia del pasado mantiene el veredicto y aún nos invita a escupir sobre la memoria de un gobernante que no ha logrado la redención. +

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