Carta Editorial. Lucha por la Autenticidad

Carta Editorial. Lucha por la Autenticidad

 

La duda no es paranoia, es puro espíritu de época. Bienvenidos al número que más veces se preguntó a sí mismo si es de fiar.

Todo empezó, como casi todo en esta revista, con una anécdota como de ficción que resultó ir más allá de la realidad:  en 1937 un historiador holandés lloró de emoción frente a un cuadro que juraba era de Johannes Vermeer. Meses antes lo había pintado un falsificador llamado Han van Meegeren. ¿Cómo podemos confiar nosotros en que lo que tenemos enfrente proviene de la autenticidad puramente humana?

La respuesta larga ocupa páginas de nuestro número de septiembre dedicado a la Autenticidad.

Este número nació con la excusa de la inteligencia artificial, pero terminó siendo, sin que lo planeáramos del todo, un homenaje a la ciencia ficción escrita por gente que vio venir todo esto con décadas de ventaja y sin necesidad de GPU. Aldous Huxley apostó que el control llegaría por el placer, no por la fuerza. George Orwell imaginó una pantalla que nos vigila mientras fingimos que quien mira somos nosotros. Ray Bradbury juró que jamás permitiría que sus libros existieran en formato digital y tuvo que ceder casi noventa años después. Philip K. Dick, el más lúcido de todos, entendió que el problema nunca sería que las máquinas aprendieran a parecer humanas, sino que nosotros aprendiéramos a comportarnos como máquinas sin que nadie nos obligara. Y qué decir de Lipovetsky, que ha analizado tercamente el tema de la autenticidad casi que a lo largo de toda su obra.

La profecía tiene, además, una rama que casi nadie cuenta bien: la que escribieron las mujeres. Mary Shelley publicó Frankenstein sin firmarlo porque una autora restaba credibilidad al invento, y aun así inventó el género entero. C. L. Moore firmó con iniciales para que nadie adivinara que detrás de la primera historia de cyborg de la ciencia ficción había una mujer llamada Catherine. Ursula K. Le Guin imaginó un planeta donde nadie tiene sexo fijo, solo para demostrarnos que buena parte de lo que llamamos naturaleza es, en realidad, costumbre con buena publicidad. Octavia Butler ganó una beca genio por escribir sobre cuerpos que se mezclan hasta perder la frontera entre lo propio y lo ajeno, y Donna Haraway, inspirada por ella, soltó la frase que debería estar tatuada en la entrada de cualquier departamento de sistemas: prefiero ser un cyborg que una diosa. Aquí en México, Gabriela Damián Miravete y Andrea Chapela siguen haciendo la misma pregunta con acento propio.

Mientras la literatura advertía, la industria editorial decidió vivir la advertencia en carne propia.Hoy se pide verificar que ningún modelo hizo o tradujo un texto que debe llegar a un lector humano. La revista Clarkesworld tuvo que cerrar sus envíos porque, en un solo día, el 38% de los cuentos recibidos venían firmados por una IA con muy mala ortografía. La Sociedad Micológica de Nueva York alertó que se vendían guías de hongos silvestres redactadas por máquinas, sin revisión humana, equivocarse puede significar terminar la noche en cuidados intensivos. Y por si hiciera falta más ironía, una empresa que fabrica modelos de lenguaje resultó estar comprando libros usados para cortarles el lomo con una guillotina hidráulica y escanearlos antes de tirarlos a la basura. Un juez dictaminó que eso es, legalmente, uso justo. La justicia, a veces, tiene un sentido del humor bastante negro.

Frente a todo esto hay resistencia, y no siempre viene de donde uno esperaría. Un escritor canadiense llamado Rob Clements propone usar la inteligencia artificial igual que un topógrafo usa la paralaje: como un ángulo más, nunca como el punto de vista definitivo, porque la responsabilidad de lo que se firma sigue siendo, terca e irremediablemente, humana. Del otro lado del espectro, un papá ecuatoriano llamado Francisco Cornejo construyó una aplicación para que los niños se duerman escuchando cuentos que, según cuenta, sus propios hijos reconocen como escritos con amor y no con algoritmo, aunque nadie en esa casa sepa explicar todavía cómo lo notan.

Ese es, sospecho, el verdadero tema de este número. No se trata de si la máquina puede imitar el estilo, que ya puede, sino de si alguien del otro lado sigue sintiendo la diferencia. Walter Benjamin le puso nombre en 1936: aura, esa presencia irrepetible de lo que ocurrió una sola vez. Ningún algoritmo la tiene, porque ningún algoritmo tiene cicatriz. Nosotros las seguimos coleccionando. Por eso, y no por ningún certificado, espero que a estas páginas todavía se les note la mano. 

 

Te invitamos a leer nuestra revista de septiembre.