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Se apagó el último Goytisolo

Se apagó el último Goytisolo

Luis Goytisolo, el hermano menor de una estirpe literaria irrepetible, falleció el lunes en Vimbodí a los noventa y un años. Con él se cierra Antagonía, la tetralogía que la crítica comparó con Proust y Joyce.

Falleció el pasado lunes 13 de julio en Vimbodí, Tarragona, a los noventa y un años, según confirmó la Real Academia Española. Era el último de tres hermanos: se fue después de José Agustín, el poeta, muerto en 1999, y de Juan Goytisolo, el más leído y el más peleado con España, que murió en 2017. A Luis, el menor, le tocó el lugar incómodo de la familia: el que escribió la obra más ambiciosa de los tres y, aun así, el que menos lectores tuvo fuera de los círculos que se toman en serio la literatura.

Empezó con la carrera de derecho recién terminada y el Premio Biblioteca Breve bajo el brazo: se lo dieron en 1958 por Las afueras, su primera novela, a la que siguió Las mismas palabras en 1962. Antes de consolidarse como narrador pasó casi cuatro años preso en Carabanchel por su militancia comunista durante el franquismo, un episodio que, según ha señalado más de un estudio académico, terminó filtrándose en la génesis de su libro mayor: parte de Antagonía la concibió, literalmente, en la cárcel.

Esa obra fue publicada en cuatro entregas entre 1973 y 1981 (Recuento, Los verdes de mayo hasta el mar, La cólera de Aquiles y Teoría del conocimiento); Guillermo Cabrera Infante la llamó la mejor novela escrita en español en mucho tiempo. Pere Gimferrer y Rafael Conte coincidieron en que era de lo más nuevo que había dado la narrativa en castellano. Mario Vargas Llosa la describió como un intento de romper los moldes del relato siguiendo el ejemplo de Proust y Joyce, sin renunciar del todo a la Historia que atraviesa el fondo del libro. Gonzalo Sobejano lo instaló en la genealogía de Dante, Calderón y los alegóricos. Anagrama esperó hasta 2012 para publicar los cuatro volúmenes en un solo tomo, como si el libro necesitara ese gesto editorial para empezar a ser leído como lo que siempre quiso ser: un todo, no cuatro partes sueltas.

El resto de su obra vivió a la sombra de ese monumento, aunque tuvo méritos propios. Estatua con palomas le dio el Premio Nacional de Narrativa en 1992, jugando con el tiempo entre la Roma de Trajano y la España contemporánea. Índico, su crónica de un recorrido por trece países ribereños de ese océano, se llevó el premio al mejor libro de viajes de la revista Delibros y se convirtió en serie documental. Entró en la RAE en 1994, ocupó el sillón que había dejado vacante el poeta Luis Rosales y leyó, al año siguiente, un discurso de ingreso que defendía la autonomía del lenguaje frente a la imagen: una discusión que hoy, con la pantalla ganándole terreno a la página, suena menos anticuada de lo que parecía entonces.

Ganó el Premio Nacional de las Letras Españolas en 2013 y el Anagrama de Ensayo ese mismo año por Naturaleza de la novela; en 2018 se llevó el Carlos Fuentes. En 2014, cuando el Cervantes fue para su hermano Juan, Luis lo resumió sin amargura aparente: por edad, le tocaba antes a él. Quedan Antagonía y esa frase, que dicha por cualquier otro sonaría a resignación y en su boca sonaba, simplemente, a orden justo de las cosas.