Amélie, los secretos de la lluvia y el poder de ser en otro
“En el principio no había nada. Y esa nada no estaba ni vacía ni era indefinida: se bastaba sola a sí misma”. Así empieza Métaphysique des tubes, que a inicios del año 2000 irrumpía en la escena literaria francesa. Amélie Nothomb, su autora, habitó con esta obra de autoficción el nacimiento de un nuevo siglo desde la premisa del vacío, con un personaje que era tanto una niña, como un dios, como ella misma explorando su propia historia.
La niña, hija de un diplomático belga que está en su primera misión en Asia, es nada menos que la autora, que habitó la cultura nipona al comienzo de su vida. En su libro Japón eterno (Anagrama, 2024), Nothomb dice: “Mi mitología personal es Japón, mis primeros recuerdos son japoneses. Durante mucho tiempo me creí japonesa, con una convicción profunda”. Indisoluble es la presencia de esta tierra como un elemento vital y simbólico en su historia personal y en toda su obra.
Amélie y los secretos de la lluvia (2025) es la traducción fílmica que dialoga con la obra escrita. De producción belga-francesa y recientemente nominada al Óscar, esta producción logra construir un universo visual consistente, con una paleta de colores, tonos y formas que crean ese espacio evocado, ficcionado, amado y perfecto de Nothomb en una de las animaciones más reconocidas de este año.
Al principio, la niña cree que es un dios que sabe que es un tubo y que deglute, digiere y excreta. Que es simplemente una satisfacción absoluta: sin deseo, ni percepción ni interés por nada. Que no vivía, que existía, en un estado que los médicos diagnosticaron como apatía patológica. “La tremenda influencia de lo inmóvil. Tal era el poder del tubo”.
De no llorar, ni emitir ni quejas ni sonido alguno, un día se transformó en un ser permanentemente colérico: bestia rabiosa, gritos y odio.
Ella sabe que habrá un momento en que se abrirá con el mundo. Lo que no era capaz de anticipar es que esa conexión sería posible desde el placer. Tampoco que este placer sería llevado hasta Japón por su abuela: el chocolate blanco de Bélgica. Resulta imprescindible decir que, a nivel visual y sonoro, la película construye este momento de explosión sensorial de tal modo que hace que el ser casi vegetativo, después rabioso, se expanda y encuentre una especie de arreglo con la vida. Nothomb lo narra así en la obra escrita:
Hay algo de filosófico y caprichoso en asumir el reconocimiento de la vida, sobre todo en el hecho de fijar su nacimiento en ese milagroso primer encuentro de placer intenso.
En una entrevista, Liane-Cho Han, codirector de la película, reflexiona sobre la potencia del libro y la transición de la primera infancia a la niñez. Para él, hay cierta naturalidad en que los niños crean que son una divinidad y el centro de todo: “pero ese mensaje que queríamos dar, que está bien, que es hermoso no ser Dios y abrirse al mundo, no siendo el centro, sino parte de él”.
Uno de los objetivos de los directores era generar una emoción que se quedara como una cicatriz en el cuerpo. Para crearla, usaron cierto estado de ánimo de la luz, mencionó Maïlys Vallade, codirectora. El gran trabajo artístico con el color y las transparencias provocó la convergencia visual entre las tradiciones impresionistas y las influencias de la cultura de la animación japonesa, lo que dio lugar a un lenguaje suave y propio.
En medio de este delicado paisaje acuarelado, la pequeña niña elige tomar la decisión consciente de ser, algo en lo que Nishio-san, la mujer japonesa que vivía con ella y con su familia, jugó un papel determinante: “Era la bondad personificada y me mimaba a todas horas. No hablaba más lengua que la suya. Yo comprendía todo lo que decía. Mi quinta palabra fue, pues, japonesa, ya que la nombré a ella”.
Después de la desconexión, la ternura, en tanto lenguaje y forma de pertenencia, tejió entre ellas una relación de cuidado y vulnerabilidad, en lugar de defensa. Amélie pasó al estado de conexión y el tubo, ese lugar vacío, se llenó de la humanidad de su cuidadora y de la propia.
Nos convertimos en nosotros cuando podemos ser en otros, cuando permitimos que nuestro interior se colme de similitud y afinidad con algo afuera, cuando alguien nos mira con dulzura y nos escucha con presencia, cuando alguien abraza lo que somos con bondad, cuando el exterior se convierte en un lugar seguro, cuando logramos contar nuestras historias y explorar el mundo con curiosidad salvaje. Por ello, el hecho de saber que tendrá que irse de Japón crea en Amélie una herida inmensa que le hace sentir la muerte.
“El drama fundamental de mi vida consistió en ser arrancada de ese universo perfecto a la edad de cinco años. Lo viví como un accidente metafísico, una herida que tendría que reparar algún día”, dice Nothomb.
La estética delicada, onírica y sensorial que elogia la cultura japonesa fue concebida como una creación que no subestimara la capacidad del público infantil. Si bien la adaptación está dirigida a infancias de nueve años en adelante, también aspira a llegar a la audiencia adulta e invitarla a reflexionar sobre la vida, la muerte, el amor, la pertenencia y la pérdida desde una perspectiva infantil.
En la sala de cine, al final de la película se escucha la voz de un niño que dice: “mamá, éstas son las películas que hacen llorar a un hombre”. Esa reflexión resulta enternecedora, así como todo lo que conlleva en la mirada de un ser pequeño.
Yo diría que es el tipo de historia que logra conmover a cualquier persona, de cualquier edad, que haya tenido que soltar a alguien con el corazón aún lleno de amor.+

