La inquisición de la viralidad

La inquisición de la viralidad

18 de octubre de 2021

José Luis Trueba Lara

I

En 2005, el happy slapping era el reto de moda. Divertirse con él no resultaba muy complicado: quienes lo operaban sólo debían encontrar una persona indefensa para darle un bofetón mientras grababan con su teléfono lo que ocurría. No se necesitaba más, tampoco menos. Después de esto, subían los videos a la red y el público podía pasar un buen rato mirando cómo degradaban a alguien. El número de visitas que tenían esos videos deja clara su popularidad: los millones de likes que recibían son indiscutibles. Las cosas habrían continuado de no ser porque empezaron las protestas y fueron proscritos: nadie en su sano juicio podía apoyar que se le diera una cachetada a un indefenso para que otro se divierta. Lo más extraño de este caso es que los adolescentes que fueron detenidos por estas acciones siempre le dijeron lo mismo a las autoridades que los sentaron en el banquillo: sólo era un juego, una diversión como cualquier otra. Ninguno se detuvo a cuestionar lo que había hecho, la moda —por donde quiera que la vieran— no podía ser algo malvado. Nadie, absolutamente nadie asumió que existían otros tipos de virus que podrían provocar una pandemia.

A pesar de la imposibilidad de oponerse a lo que ocurrió con el happy slapping, también es necesario reconocer que, en más de una ocasión, los juicios sumarísimos de la viralidad han sido expeditos y fulminantes. Gracias a los votos, que se manifiestan en los likes o los dislikes, se condena al presunto culpable, incapaz de presentar las pruebas de su inocencia. Una mayoría integrada por pulgares que apuntan hacia abajo basta y sobra para condenar a cualquiera: el castigo nada tiene que ver con la justicia, sino con una sumatoria que se otorga a sí misma las supuestas cualidades de la democracia y la corrección política, sin darse cuenta de que está infectada. Los seres sin rostro o sin nombre actúan de la misma manera que el César cuando decidía el destino del gladiador derrotado: sus deseos y sus caprichos determinaban la vida o la muerte.

Los ejemplos de estos casos son abundantes: alguien perdió el trabajo por escribir que las lentejuelas de Juan Gabriel eran nacas; otro no pudo titularse porque su tesis no tenía un lenguaje incluyente, y su caso —en vez de ser discutido en la academia— se ventiló en las redes sociales, y alguien más se quitó la vida por ser denunciado por un acoso que nadie sabía si ocurrió. Esa denuncia era anónima y la réplica, imposible. La inquisición de la viralidad, que se asume como juez y verdugo, nos pone delante de un problema grave: la tiranía de una mayoría que vota por la vida o la muerte de una persona y no tiene ninguna responsabilidad por sus actos.

II

A pesar de la corrección política que la anima y la nutre, la inquisición de la viralidad es siniestra: limita la libertad, cancela la posibilidad de la diversidad y obliga a aceptar los dictados de una mayoría que se proclama como única poseedora de verdad y virtud. Estamos ante un hecho que destruye un planteamiento de Isaiah Berlin, una idea en la que creo irracionalmente, pues me permite mantenerme cuerdo en un mundo de locos: “El hombre se diferencia de los animales no tanto por ser poseedor de entendimiento o inventor de instrumentos y métodos como por tener capacidad de elección; por elegir y no ser elegido; por ser jinete y no cabalgadura; por ser buscador de fines, fines que cada uno persigue a su manera, y no únicamente de medios”. Es decir: yo no sólo tengo derecho a elegir cómo prepararé mi desayuno, también lo tengo para pensar que las lentejuelas de Juan son nacas o para escribir como se me pega la gana e ignorar la @, que no puede pronunciarse como una letra.

Los inquisidores de la viralidad se esfuerzan por anular la posibilidad de elegir algo diferente, de proponer una ruta distinta o de mostrar una opinión a contracorriente. Nadie tiene derecho a ser distinto de ellos, un hecho que nos pone delante de una extrañísima paradoja: los adalides de la pluralidad, la inclusión y la corrección política en realidad hacen todo lo posible por anular y castigar a los que no siguen sus pasos. Los incluyentes son fervientes devotos de la exclusión y los políticamente correctos son capaces de crímenes con tal de mantener sus ideas. Ellos condenan al yugo de la aceptación y la conformidad a una siniestra homogeneidad y a la religiosidad que sólo puede tener una secta. Sin embargo, desde mi perspectiva, las cosas están claras y son distintas de lo que proponen: un mundo de seres iguales no es humano, es un hormiguero perfectamente funcional, predeterminado y pacífico, un espacio donde la elección resulta imposible y todos se transformaron en una cabalgadura que no se atreve a rebelarse. El miedo a la condena y a la muerte social los paralizan.

Creo que la tiranía de la viralidad se ha convertido en el arma preferida de los criminales agazapados, de los que anónimamente se suman a la masa y se transforman en los verdugos de los diferentes. Estoy cierto de que John Stuart Mill tiene razón al afirmar que ellos “no pueden comprender por qué sus hábitos no han de ser bastante buenos para todo el mundo; y lo que es más, la espontaneidad no forma parte de su ideal […] más bien la consideran con recelo, como un obstáculo perturbador y acaso invencible”. Efectivamente, los nuevos inquisidores han olvidado la lección de docta ignorancia que Sócrates nos ofreció al asumirse como un tábano que aguijonea a la polis. Ellos prefieren el grillete o el báculo de la corrección política a la posibilidad de asumir el riesgo de la duda y pensar que la mayoría puede equivocarse y optar por una imbecilidad. El número de likes que reciben o dejan de recibir es el código que marca su vida.

III

¿Por qué razón un individuo puede convertirse en un verdugo sin sentir remordimientos?, ¿de qué manera puede justificar el sufrimiento o la muerte de un semejante? La respuesta a estas interrogantes no es simple, apenas se puede intuir gracias a ciertos experimentos y contagios.

A comienzos de la década de los sesenta, Stanley Milgram llevó a cabo una serie de experimentos para analizar el fenómeno de la obediencia. La persona que participaba se enfrentaba a una disyuntiva precisa: obedecer y asesinar a alguien o desobedecer y salvarle la vida. El resultado fue sorprendente: 65 por ciento de los participantes “mataron” a una persona por seguir las órdenes de quien supuestamente era más poderoso y podía eximirlos de cualquier responsabilidad. La justificación “yo hice lo que me dijeron” les parecía suficiente, y no se detuvieron a pensar que sus palabras eran idénticas a las que pronunciaban los criminales de guerra. Algo de esto llevan a cabo los inquisidores de la viralidad: “A mí me pidieron que diera un like o un dislike, y eso fue lo que hice. Yo no maté a nadie, sólo di un clic para dar mi opinión”.

Aunque el experimento Milgram da algo de luz, sus conclusiones no bastan para explicar por qué razones alguien se suma con gusto a un linchamiento viral. Esa persona, en el fondo, podía negarse a dar un like o un dislike. Por esta razón vale la pena asomarnos a otro experimento, el que llevó a cabo Solomon Asch para valorar el peso que tenía la aceptación en las decisiones de un individuo. La prueba era simple: se reunía un grupo de personas en el que sólo una sería analizada. A todos se les hacía una serie de preguntas; los que no serían analizados, daban una respuesta notoriamente falsa. Ante estos hechos, 75 por ciento de los analizados se sumó a las respuestas falsas con tal de no llevarle la contra al grupo. Ellos querían ser aceptados y anhelaban a toda costa evitar la crítica. Así pues, a la idea de “yo hice lo que me dijeron” se suma el deseo de formar parte y no ser criticado por los otros verdugos. Si alguien vive o muere es lo de menos, el like o el dislike los hizo formar parte de algo y, si ese algo sonaba políticamente correcto, tanto mejor.

Ahora agreguemos un último elemento: la idea de la higiene digital, que ofrece la posibilidad de no tocarse ni mostrarse, de estar lejos de los virus que pueden contagiarnos. Hoy, los cuerpos pueden no aparecer en las pantallas: ellos son los rectángulos grises de Zoom, las siluetas que se muestran en las redes sociales para otorgar el anonimato casi absoluto. En esa zona gris, los virus de la nueva inquisición pronto encuentran organismos donde alojarse y crecer. Ellos se transforman en las sombras que serán aceptadas, en las grisuras que hacen lo que les dicen, en los furibundos defensores de las sectas que apelan a la corrección política y a la inclusión con tal de excluir y llevar a cabo juicios sumarísimos. Nada puede detenerlos y, en cada contacto, pueden contagiar a otros con el virus que se apoderó de ellos.

La nueva pandemia empezó mucho antes que se mostrara el covid-19, aunque sus víctimas aún no han sido contabilizadas. +

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