Julian Barnes: el alegre pesimista

Julian Barnes: el alegre pesimista 

 

El autor británico recibe el Premio Princesa de Asturias justo cuando anuncia su retirada. Repasamos su vida, sus amistades rotas, el loro que lo hizo célebre y la novela en la que se puso a investigar un crimen real.

Tratamos de guardar cierta distancia profesional para ser objetivos con los autores que reseñamos, pero hay casos especiales. Si no has leído a Julian Barnes, aprovecha esta urgentísima recomendación ahora que recogió el Premio Princesa de Asturias de las Letras 2026. El reconocimiento llega en un momento casi simbólico: el autor británico ha anunciado que Despedidas es su última novela y que cierra así más de cuatro décadas de escritura. El jurado lo ha definido como “extraordinario narrador y ensayista, dotado de humor, ironía y de un optimismo melancólico y un pesimismo alegre”. Esa fórmula (melancolía y claridad, juego formal y compasión) recorre toda su obra. Toda su obra es original y variada; como este mes estamos hablando de novela negra, crime y mystery, tenemos que mencionar su novela Arthur & George (Anagrama, 2007), la novela en la que Barnes se acerca más al misterio, al true crime literario y a la pregunta por la justicia.

Un caso real, dos vidas

Arthur & George parte de un hecho histórico. A principios del siglo XX, George Edalji, un joven abogado hijo de un párroco anglicano de origen indio, es acusado en Staffordshire de una serie de ataques a animales (las llamadas “atrocidades de Great Wyrley”) y condenado a siete años de trabajos forzados. El proceso está cargado de prejuicio racial, pruebas dudosas y una policía predispuesta a encontrar culpable a quien no encaja en el paisaje social inglés. Años después, liberado pero sin un perdón pleno ni compensación, Edalji escribe a Arthur Conan Doyle, el creador de Sherlock Holmes, pidiendo ayuda para limpiar su nombre.

Conan Doyle acepta. Investiga, interroga, moviliza a la opinión pública y logra que el caso se reabra. El resultado es ambivalente: se reconoce la injusticia, pero el sistema se resiste a admitir del todo su error. Barnes toma ese material y lo convierte en una novela de doble hélice: por un lado, la biografía de George, marcada por la vigilancia, la humillación y la tenacidad; por otro, la de Arthur, escritor famoso, viudo, enamorado, obsesionado con el honor, el espiritismo y la idea de caballería moderna.

La fuerza del libro está menos en reconstruir el “whodunit” (quién cometió los crímenes) que en mostrar cómo se fabrica un culpable. Barnes escribe con la precisión de quien ha leído expedientes y con la libertad de quien sabe que la ficción puede iluminar lo que los archivos callan: el racismo cotidiano, la vanidad de las instituciones, la distancia entre la ley y la justicia.

Barnes y el género

No es casual que Arthur & George sea su novela más leída en términos de público amplio. Barnes ya había explorado el crimen bajo el seudónimo Dan Kavanagh, con cuatro novelas policíacas protagonizadas por Duffy, un detective bisexual y desencantado, escritas en tono hard-boiled y con una velocidad casi experimental. Esas entregas (Duffy, Fiddle City, Putting the Boot In, Going to the Dogs) fueron un laboratorio: le permitieron probar violencia, argot y trama sin la presión de su nombre literario.

Con Arthur & George une esas dos mitades de su cabeza. Hay enigma, investigación y tensión narrativa, pero también el Barnes más reconocible: ironía, moralidad compleja, personajes que se equivocan con inteligencia. Conan Doyle no es un héroe impecable; Edalji no es solo una víctima. El libro pregunta qué significa “probar” algo, qué peso tiene la reputación y hasta dónde puede llegar un escritor cuando decide intervenir en el mundo real.

Perfil de una escritura

La obra de Barnes se mueve entre la novela, el ensayo, la memoria y el juego con la forma. El loro de Flaubert mezcló biografía, crítica y ficción; Una historia del mundo en diez capítulos y medio desmontó la idea de relato único; El sentido de un final (Booker 2011) convirtió la memoria en terreno minado. En todos ellos hay una constante: desconfiar de las versiones oficiales, de la nostalgia fácil y de las identidades cerradas.

Su prosa es clara, a veces casi conversacional, pero nunca plana. Combina humor seco con una mirada compasiva hacia la debilidad humana. Le interesan el amor, el tiempo, el arte, la muerte y la manera en que nos contamos a nosotros mismos para sobrevivir. Europa (Francia, en particular) atraviesa su imaginario: no como escaparate cultural, sino como conversación permanente sobre qué significa ser moderno y qué se pierde al simplificar la historia.

El Princesa de Asturias subraya justamente eso: una escritura europeísta que reelabora literatura, arte y memoria sin renunciar a la emoción ni a la duda. Barnes no escribe para consolar; escribe para precisar. Y en Arthur & George esa precisión se pone al servicio de un caso donde la verdad judicial y la verdad moral no coinciden del todo.

Un loro, dos museos

El libro que lo puso en el mapa salió en 1984, con un tiraje inicial de apenas 3,000 ejemplares y una ilustración de David Hockney en la portada. La premisa de El loro de Flaubert es casi de sketch: Geoffrey Braithwaite, médico inglés retirado, viudo y devoto de Gustave Flaubert, encuentra en Rouen dos loros disecados, cada uno en su museo y cada uno presentado como el que Flaubert tuvo en el escritorio mientras escribía Un corazón sencillo. 

Entre una escena y otra cabe una cronología triple, un bestiario, un diccionario de lugares comunes a la manera del propio Flaubert y hasta un examen para el lector. Debajo corre otra pesquisa, más incómoda: la de Braithwaite sobre Ellen, la esposa adúltera a la que adoró sin entenderla.

En la academia, Frederick M. Holmes lo lee como una novela otoñal sobre la pérdida y el desarraigo y, a la vez, como una obra metaficcional que habla de sí misma. Merritt Moseley va a contracorriente: sostiene que no es posmodernista, pese a la etiqueta de los manuales, y repasa una recepción que dudó si aquello era siquiera una novela. Yo me quedo con Moseley: los juguetes formales sirven a un duelo de lo más decimonónico.

Lo reseñaron John Updike y Frank Kermode, y ganó el Geoffrey Faber Memorial Prize. Francia, que no regala nada cuando se trata de Flaubert, le dio en 1986 el Médicis de ensayo. Y dejó abierta una puerta (el ensayo disfrazado de novela, la biografía narrada por alguien inventado) que luego cruzaron muchos; cuesta leer a W. G. Sebald sin sospechar que el loro llegó primero.

Diccionarios, amigos y un portazo

Barnes estudió lenguas modernas en Oxford y su primer empleo fue de lexicógrafo: tres años en el suplemento del Oxford English Dictionary, encargado, según contó, de los términos deportivos y las palabras sucias. Luego fue editor literario y crítico de televisión en el New Statesman y en The Observer. Su primera novela, Metroland (1980), ganó el Somerset Maugham Award.

En 1979 se casó con la agente literaria Pat Kavanagh, de quien tomó el apellido para su seudónimo. Ella murió en 2008 y esa ausencia es la materia de Niveles de vida. Kavanagh representaba también al autor Martin Amis, amigo íntimo de Barnes, hasta que en 1995 Amis la dejó por Andrew Wylie para negociar el adelanto de La información, cercano al medio millón de libras. Barnes le mandó una carta de ruptura que cerraba con dos palabras en inglés que no necesitan traducción. Tres décadas después, en Despedidas, Amis aparece junto a Christopher Hitchens entre los amigos que el narrador vio morir; y existe registro de que mantuvieron correos, hablando de futbol, Amis se despide en una de esas cartas con un “Cuídate, viejo amigo”, lo que parece confirmar que la amistad superó antiguas dificultades.

Con el Booker fue eterno suplente: finalista en 1984 con El loro de Flaubert (ganó Hotel du Lac, de Anita Brookner), en 1998 con Inglaterra, Inglaterra y en 2005 con Arthur & George, que perdió frente a El mar, de John Banville. Él, que alguna vez lo había despachado como un bingo de gente bien, lo ganó por fin en 2011. En Francia obtuvo el Femina extranjero en 1992 por Hablando del asunto y el grado de comendador de las Artes y las Letras. En 2021 sumó el Premio Jerusalén.

Por qué leerlo ahora

Visto de cerca, Barnes escribió siempre novelas de detectives. Arthur & George sigue siendo una de las mejores puertas de entrada a ese territorio: un libro donde el crimen importa, pero más importa lo que la sociedad hace con la sospecha, con el otro y con la verdad a medias. Nos recuerda que la literatura puede ser a la vez elegante y combativa, lúdica y ética. Barnes nunca creyó en el capítulo donde el detective reúne a todos en la biblioteca. Ahora se despide con un narrador que lleva su nombre y una leucemia en el expediente. Barnes es el único detective que, al cerrar el caso, nos deja con más sospechosos que al principio.

 

Julian Barnes es un novelista y ensayista británico. En 2011 obtuvo el prestigioso Premio Booker por su novela El sentido de un final,[ galardón del que ya había resultado finalista. En 2026 fue distinguido con el Premio Princesa de Asturias de las Letras.[ Ha publicado además novelas policíacas bajo el seudónimo Dan Kavanagh.

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Portada del libro ARTHUR & GEORGE, una novela de Julian Barnes sobre un misterio de crimen y justicia.    Vista Frontal    Portada del libro Inglaterra, Inglaterra de Julian Barnes con un diseño que evoca la bandera británica y elementos clásicos i

 

 

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