Diez años para una gata bruja

En 2016, la ilustradora Tor Freeman dibujó una bruja distraída en su cuarto sin saber muy bien qué historias contarle. Diez años después esa bruja tiene nombre, vecinos y seis aventuras publicadas en México: Pomona. Cuentos de una Gata Bruja llegó este mes en español.
Antes de sacudir la telaraña del ático conviene preguntarle permiso a la araña. Eso descubre Pomona cuando decide hacer limpieza de primavera y una araña le explica que tardó años en tejer esa obra y que un poco de empatía no estaría de más. Pomona se detiene, pregunta qué es la empatía, la araña se la explica en una frase y ahí queda el chiste, sin subrayarlo ni convertirlo en moraleja de cierre. La araña no vuelve a aparecer: el chiste se cuenta una vez y se deja ir. Es el tono que sostiene el conjunto: golpes de humor rápidos con una idea filosa debajo, sin solemnidad.
La autora es Tor Freeman, ilustradora y guionista británica egresada de Kingston University en 1999. El resultado son seis episodios breves, contados en pocas páginas de viñetas, protagonizados por una bruja gata que vive en un bosque poblado de vecinos con reclamos propios. El ratón Ratsi llega a la puerta con un duende-cachucha instalado en la cabeza, y hay que investigar casa por casa a quién ofendió esta vez para deshacer el maleficio. El príncipe Rana examina a la oruga enferma con lentes de rayos X y descarta el diagnóstico más obvio. La abuela Valeria exige ingredientes imposibles para un pastel de cumpleaños, entre ellos una ramita del arbusto que se llama, oportunamente, Amoretón, y no el amor romántico que Pomona ofreció por error. En otro capítulo, Ratsi insiste en que la hamaca de Pomona alcanza para dos, hasta que un sueño de Pomona con una lata de sardinas la convence de que no caben. Y una noche entera se arruina porque los gnomos vecinos tocan muy fuerte, los árboles crujen de indigestión y una nube no deja de rascarse. Un mapa al inicio ubica cada casa del bosque, en la tradición de los planos que acompañan al Bosque de los Cien Acres o a la campiña de Beatrix Potter, aunque aquí el trazo es más suelto y el humor más corrosivo.
El dibujo de Freeman no busca la ternura fácil; los personajes tienen ojos redondos y gestos exagerados, más cerca del cómic de humor británico que de la ilustración infantil convencional, y la acuarela plana deja respirar las viñetas. La traducción de Joaquín Díez-Canedo F. conserva ese ritmo de chiste corto, algo que no siempre sobrevive el salto de un idioma a otro. En México lo sacó este septiembre Ediciones Castillo, sello de Macmillan Educación, bajo el título Pomona, cuentos de una gata bruja, que incluye este título en su ya muy nutrido catálogo.
El libro tiene sus profundidades, encontraremos temas importantes para las infancias:
- Empatía: en “Limpieza de primavera”, una araña le explica a Pomona que ponerse en el lugar del otro es lo mínimo esperable.
- Consecuencias y disculpa: en “El maleficio de Ratsi”, el hechizo no se rompe con magia sino cuando Ratsi reconoce a quién ofendió y le pide perdón.
- El cariño como ingrediente: en “Recetas de familia”, el pastel de cumpleaños solo sale bien cuando Pomona entiende qué tipo de amor le pide la receta.
- Pertenencia y soledad: en “Baudrillard está malito”, la cura es también la compañía de su propia especie.
- Límites personales: en “La hamaca”, Pomona sostiene un “no” simple frente a la insistencia de Ratsi por compartir su espacio.
- Cooperación: en “Una noche sin dormir”, el pueblo entero reorganiza su ruido para que Pomona pueda descansar.
Lo que el libro no tiene es arco narrativo, cada historia se cierra sobre sí misma y ninguna necesita a la anterior, algo que un lector de siete años puede vivir como una oportunidad para echar a volar la imaginación, según cuánta continuidad le pida a un libro. A mí me convence más esta segunda lectura: una bruja que prefiere la casa en donde el polvo le da un misterio que sostiene esa idea sola, sin necesitar más, y eso ya es bastante logro para un libro de buenas noches.+
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