Hace medio siglo

Hace medio siglo

Por Hilario Peña

7 de julio 2022.

1972 no tiene la importancia de años más entrañables como el 68, ¿cierto? ¡Falso!, y en este almanaque demostraré por qué. Le rendiré tributo a 1972 enfocándome en aquello que dejó huella en un servidor, pero también en aquello que tiene algo que decirnos acerca de nuestro presente.

Hubo eventos poco recordados, como el último viaje a la Luna, pero 1972 es también el año de la decadencia política, evidenciada por el escándalo Watergate, en el que Richard Nixon se mostró como un hombre con un insaciable apetito de poder. La investigación de The Washington Post y, posteriormente, la del Senado de Estados Unidos revelaron que el presidente había mandado espiar a sus adversarios políticos del Partido Demócrata para tener algo con qué chantajearlos y porque quería que su sucesor del Partido Republicano continuara sus proyectos a toda costa. ¿Les suena familiar?

Después del escándalo Watergate, Nixon tuvo que renunciar a la presidencia y retirarse para siempre de la vida política que tanto le apasionaba. El hombre que en Bay Lake, Florida, dijo “no soy un corrupto” (I’m not a crook) resultó ser eso, un corruptazo.

De Florida viajaremos a Londres, donde David Bowie hace su primera presentación caracterizado como su nuevo personaje, Ziggy Stardust, en el programa Top of the Pops, de la BBC. Recuérdenlo: traje espacial ceñido al cuerpo, botas y mullet rojo. Todo sintético. Piensen en la juventud de Reino Unido, acostumbrada a una larga, redundante y aburrida retahíla de cantantes sinceros que abrían su alma en el escenario y vestían tan informal como su público: ropa de mezclilla y algodón; pantalones acampanados y cero glamour. “Tú eres como yo y todos somos uno mismo”, solían cantar los Beatles.

Ahora imaginen la impresión que experimentó ese mismo público al atestiguar el debut de Ziggy: frío, andrógino, y de pelo corto y espinoso, interpretando una música sexy, que se podía bailar y que sonaba peligrosa al mismo tiempo. Debió haber significado un contraste imposible de digerir. Casi puedo escuchar a Bowie diciendo “tú no eres como yo, no seas igualado. Yo soy un marciano. Aplácate”.

La publicación del disco The Rise and Fall of Ziggy Stardust and The Spiders from Mars es importante para La Cultura —así, en mayúsculas— porque sin la ópera rock del marciano que se autoinmola en un mundo decadente, no tendríamos un amplio espectro de artistas, desde Lady Gaga hasta Johnny Rotten, pasando por Peter Murphy.

Otros discazos de 1972 fueron el Exile on Main Street, de los Rolling Stones, y Transformer, de Lou Reed, producido por Bowie mismo. Bowie le estaba regresando el favor, porque había basado la música y el personaje de Ziggy en Lou Reed y en Iggy Pop, a quien también le produjo un par de álbumes.

Del mismo año que nos ocupa data el primer videojuego, Pong, y la primera consola para jugarlo, la Magnavox Odyssey, un evento importantísimo para aquellos que vemos estos artefactos narrativos como la forma de arte más avanzada. Luego llegarían Atari, Nintendo, Sega, PlayStation y Xbox, pero el precursor de todo fue la Magnavox Odyssey. En otras palabras, sin ella no tendríamos obras maestras como Resident Evil 4, Bioshock y The Last of Us.

En 1972 también se publicó El doctor Hoffmann y las infernales máquinas del deseo, de la escritora Angela Carter. Desiderio, un funcionario del Ministerio de Determinación, protagoniza esta novela ácida y surrealista. El país de Desiderio se encuentra bajo el ataque del malvado doctor Hoffman, un profeta del caos que se ha propuesto liberar a los seres humanos de las cadenas de la razón.

Desiderio, cuya cuadradez extrema de oficinista lo vuelve inmune a las alucinaciones del doctor Hoffman, se embarca en un viaje para encontrarlo y asesinarlo. El protagonista fue reclutado por el gobierno gracias a su habilidad para resolver acertijos, imagínense. A pesar de su cordura a prueba de fuego, todas las noches es visitado por una mujer de cristal, manifestación de Albertina, la hija del doctor Hoffman. Se enamora de ella.

Pequeño comercial: el surrealismo y la acidez presentes en mi novela Detective Malasuerte (Océano, 2019) se deben, en gran parte, a la influencia de El doctor Hoffmann y las infernales máquinas del deseo.

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Hoy en día hasta las comedias románticas cuentan con multiversos, pero hubo una época en la que este recurso resultaba innovador. Tal fue el caso de 1972, cuando Isaac Asimov publicó Los propios dioses. En este libro, el científico Frederick Hallam descubre que alguien intercambió la muestra de tungsteno 186 que tenía en su oficina por plutonio 186. Ese alguien es un ser de otra dimensión. La novela se divide en tres partes; la segunda está ambientada en un universo paralelo, donde el tiempo transcurre de manera distinta y la fuerza nuclear es más fuerte, por lo que las estrellas se consumen más rápidamente que en el nuestro.

Mientras tanto, en la Tierra, Hallam logra convertir el intercambio interdimensional en una fuente inagotable de energía gratuita, conocida como la Bomba. La humanidad, que se encontraba en medio de una crisis energética, se muestra eternamente agradecida y llena de reconocimientos hacia el científico.

Años más tarde, el físico Peter Lamont descubre que la Bomba está provocando la expansión del Sol a un ritmo acelerado, por lo que es necesario detener su uso, pero la humanidad se encuentra demasiado satisfecha como para prestarle atención. No le hacen caso al pobre científico. El título de la novela proviene de la frase “Contra la estupidez, los propios dioses luchan en vano”, de Friedrich Schiller, y éste representa el tema recurrente a lo largo de la obra.

—Es un error —dijo— suponer que el público quiere que el medio ambiente sea protegido o que sus vidas sean salvadas y que estarán agradecidos con cualquier idealista que luche por ambos fines. Lo que el público quiere es su comodidad individual. Lo sabemos de primera mano por nuestra experiencia con la crisis ambiental que experimentamos en el siglo xx.

La premisa de Asimov no pierde vigencia en la medida en que los seres humanos seguimos más preocupados por preservar a toda costa nuestras comodidades que por hacer lo correcto para el planeta, para nuestra descendencia, y para nuestra salud. De manera merecida, Los dioses mismos fue galardonada con los premios Hugo y Nébula, los más prestigiosos en el ámbito de la ciencia ficción.

En 1972 el máximo exponente de la literatura de horror fue El principio del placer, de José Emilio Pacheco. Esta colección de relatos cuenta con historias verdaderamente escalofriantes, como “Tenga para que se entretenga”. Ahí aparece mi arquetipo favorito: el detective privado, quien busca a un niño perdido. También destaca un duende siniestro que habita bajo el bosque de Chapultepec, ¡ay, nanita! 😨

Otro cuento incluido en esta antología es “La fiesta brava”, un interesante ejercicio metaliterario lleno de paranoias propias de la Guerra Fría, protagonizado por un escritor fracasado y con un hipertexto bélico al inicio. Al mismo libro pertenece “Langerhaus”, un relato de horror acerca de un triste músico que todos sus compañeros de escuela parecen haber olvidado, menos su mejor amigo. La colección cierra con “Cuando salí de la Habana, válgame Dios”. Este relato gótico con viaje en el tiempo incluido equivale a la película Los otros, de Alejandro Amenábar, pero a bordo de un barco.

El principio del placer es un libro influido por Fuentes y Cortázar, que a su vez influyó en autores de la talla de Alberto Chimal, Bernardo Esquinca y Mauricio Molina. Ojalá tengan oportunidad de leerlo. Actualmente lo publica la editorial Era.

En 1972 se estrenó Kung fu. Esta serie de televisión narra la historia de Kwai Chang Caine, quien huye de China y viaja a Estados Unidos en la segunda mitad del siglo xix para encontrarse con su padre.

La idea de un monje shaolin, gran maestro del kung fu en el salvaje Oeste se le ocurrió a Bruce Lee. El actor incluso le pichó su idea a Warner Bros. Ed Spielman escribió el guion del piloto y, cuando preguntó si se lo entregarían a Bruce Lee, le respondieron: “¿Cómo crees que un actor chino y experto en kung fu va a interpretar a un chino experto en kung fu? ¡No seas ridículo!”.

Al más puro estilo Hollywood, Warner Bros. prefirió darle el papel de Kwai Chang Caine a David Carradine, un actor blanco que no sabía nada de kung fu. Mi episodio favorito se titula “Dark Angel” y trata de un predicador que es cegado por los apaches mientras busca oro. Joya.

Cada capítulo de Kung fu iniciaba con una secuencia en la que Kwai Chang Caine cargaba una caldera con brasas de carbón encendidas como parte de un rito de iniciación.

De niño, cuando se nos descompuso el bóiler, yo usaba la olla pozolera para calentar el agua con la que me iba a bañar. Me sentía muy orgulloso de mí mismo porque no me calzaba guantes para hornear. Con los callos de mis manos era suficiente para tolerar lo caliente. Cuando mi familia me veía cargando la olla con el agua hirviendo, despidiendo vapor, rumbo al baño, me gritaban:

—¡Mírenlo!, ¡es Kwai Chang Caine! —¡Kung fu! ¡Kung fu!

—¡El maestro Shaolin!

Sabían lo obsesionado que estaba con ese programa. 😒 Por eso la carrilla.

Pues ahí lo tienen: en 1972 apareció la primera consola de videojuegos; un político gringo fue exhibido como tramposo; un mexi cano firmó uno de los mejores libros de terror que hay; se publicó una de las primeras novelas de ciencia ficción con multiverso en la literatura; otra más, escrita por una mujer, que combinó magistralmente la invención de ciudades mágicas a lo Italo Calvino, el surrealismo de Kafka y el relativismo de Wittgenstein…

…Ah, sí: y se estrenó un programa de televisión que sirvió para que el autor de estas líneas fuese sujeto a carrilla por su familia.+

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