La inigualable pereza de Borges

Para el autor de Ficciones, la brevedad era una forma de control: la certeza de que una idea bien pensada no necesita quinientas páginas para sostenerse en pie.
Ireneo Funes murió joven y sin haber aprendido, en el fondo, a pensar. Lo cuenta Jorge Luis Borges en un relato que ocupa apenas unas páginas de Ficciones: a Funes un accidente de caballo lo dejó tullido del cuerpo y portentoso de memoria, hasta el punto de recordar cada hoja de cada árbol y cada instante en que la había mirado. El problema, explica el narrador, es que “pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer”, y en el abarrotado mundo de Funes no cabían esas ausencias necesarias. Lo curioso es que el propio Borges parecía tenerle terror a ese mismo exceso: el de acumular sin filtrar, el de decirlo todo.
Lo dejó por escrito en 1941, en el prólogo a El jardín de senderos que se bifurcan. Ahí llamó “desvarío laborioso y empobrecedor” a componer vastos libros, a explayar en quinientas páginas una idea cuya perfecta exposición oral cabe en pocos minutos. Prefería simular que esos libros vastos ya existían y limitarse a resumirlos. De ese atajo salieron Tlön, Uqbar, Orbis Tertius y el Examen de la obra de Herbert Quain, reseñas de novelas que nunca se escribieron porque, para Borges, ya estaban resueltas del todo en una idea.
El ejemplo más descarado es El Aleph: apenas unas páginas en las que cabe, según cuenta el propio narrador, el universo entero, visto de golpe y sin superposición, desde un punto minúsculo en el sótano de una casa de la calle Garay. Borges no necesitó una enciclopedia para narrar lo inconmensurable; le bastaron un sótano, una tarde y la certeza de que la extensión del texto no tiene por qué corresponder a la del asunto. Ese es, sospecho, el truco central de su brevedad: comprimir lo infinito en un objeto que se sostiene con una mano.
Nunca escribió una novela, de hecho, fue una postura estética firme. Cuando se lo preguntaban, no elaboraba una teoría filosófica: echaba la culpa a su propia holgazanería y a lo difícil que le resultaba vigilar un texto largo con el mismo cuidado con que vigilaba un cuento breve, del que puede responder por cada palabra. Ahí está, creo, la clave de su brevedad. No es economía por pobreza, es control. Un cuento de diez páginas se sostiene entero en la cabeza, se pesa frase por frase; una novela de cuatrocientas se le escapa a cualquiera, incluido su autor.
En Borges la brevedad funciona como orden más que cómo síntesis, todo lo que queda fuera del texto es una especie de desorden descartado. Cada frase rinde cuentas de su presencia, y lo que sobra, sencillamente, no se escribe.
Hay algo casi opuesto a nuestra época en ese gesto. Vivimos rodeados de series que estiran ocho episodios donde bastaría una película y de hilos que reformulan un párrafo en veinte publicaciones sueltas. Borges, ya casi ciego hacia 1955 y dictando sus textos porque no podía escribirlos a mano, habría mirado ese ruido con la misma sospecha con que miraba a los novelistas de las quinientas páginas. La extensión, para él, casi siempre delataba a alguien que todavía no había terminado de pensar la idea antes de sentarse a escribirla.
Conviene no exagerar tampoco: Borges no era un aforista seco ni un minimalista de manual, y su brevedad convivía con laberintos, bibliotecas infinitas y eternidades enteras. Sabía decir poco y decir mucho al mismo tiempo, que es distinto a decir de más. Para quien escribe, esa diferencia lo es casi todo.+
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