El habitar barcelonés: el poder de lo colectivo
Pensar a Barcelona como ciudad de innovaciones arquitectónicas y territoriales no es poco común. Tanto es así que suele promoverse como un modelo para desarrollar políticas urbanas ―conocido como modelo Barcelona―, un ejemplo para la replicabilidad, desde aquello que el pensador francés Henri Lefebvre llamó hábitat.
En esa dirección, sin duda, esta ciudad posee instituciones de destacada trayectoria en la formación de los especialistas del territorio y del espacio. Sin embargo, es preciso poner atención al caldo de cultivo que hace posible que estos profesionales elaboren propuestas que posibilitan una vida urbana enriquecida y formas de organización social de gran potencia; a su vez, es necesario no olvidar que ese nutrido ambiente social da lugar a la vitalidad urbana de Barcelona y no la mera cristalización proyectual de los especialistas. Dicha fuerza se halla en el sustrato de una sociedad indisciplinada que, en el mejor de los sentidos, desde hace más de un siglo ―y posiblemente más― exige su derecho a la autonomía y una participación directa, que disputa siempre sobre la base de la organización colectiva. Se trata de su derecho no meramente al hábitat, sino a habitar, conceptos que abordaré un poco más adelante.
La historia arquitectónica de Barcelona nos permite constatar su memoria de la organización colectiva yendo muy atrás. Un caso ejemplar es el de la famosa Basílica de Santa María del Mar, conocida como Catedral del Mar, cuya realización, a falta de un fondo preexistente, sólo fue posible gracias a la contribución y devoción de los parroquianos mismos, los habitantes del barrio de Ribera, quienes a partir de la contribución de donaciones y su trabajo manual lograron poner en pie tal monumento de fe. Por otro lado, esta tradición de una mística de lo comunitario se expresa en la obra del emblemático arquitecto del modernismo catalán: Antoni Gaudí. Si bien Gaudí tenía al “libro” de la naturaleza como su referente más inequívoco, su aprecio por la tradición constructiva medieval catalana también lo mantenía atento al valor del trabajo colectivo, incluso intergeneracional.
Sin embargo, cabe preguntarnos también si es el espíritu social el que articula la vocación del habitar o es más bien la forma urbana la que ha posibilitado esta serie de encuentros y ensambles comunitarios. En el libro La lucha por Barcelona, del historiador Chris Ealham (2005), se afirma que la división de la ciudad entre barrios obreros y barrios privilegiados dio pie al encuentro estrecho entre obreros, quienes, además, por la precariedad de la vivienda y la benevolencia del clima, se encontraban en las calles, espacio público-colectivo por antonomasia. Es decir, la espacialidad dio la pauta para la congregación de los más humildes, mientras los pobladores más privilegiados habrían tomado los espacios del Plan Cerdà, originalmente ideado para entremezclar a las clases, lo que finalmente no sucedió. La burguesía huyó del centro de la ciudad y se refugió en los espacios de este plan, debido a los eventos de protesta obrera.
De alguna manera, gracias a esta condición de sociedad rebelde y solidaria ―posibilitada por las condiciones materiales de la existencia, entre otros aspectos―, cuando las instituciones han sabido escuchar las voces de la autoorganización de larga data y tradición en esta ciudad catalana, también han logrado gestar políticas urbanísticas llamadas a dignificar los barrios desde ellos mismos. Sin embargo, también es importante decir que, cuando estas estrategias han dejado de atender y hacer partícipes a sus habitantes, los grandes beneficios se han convertido en el veneno de la turistificación y la gentrificación.
Al fin y al cabo, urbanistas y profesionales de la arquitectura en Barcelona se mueven en la tensión de los dos conceptos mencionados anteriormente: el hábitat y el habitar. En su texto El derecho a la ciudad, Lefebvre relata que en la época de la III República en Francia, el grupo de poder que definió entonces la gobernanza concibió el hábitat. A diferencia del habitar, que consistía en un proceso vivo de participación de la vida social, el hábitat se elaboró como un trabajo de reducción de este proceso a una función que habría de ser aislada del complejo conjunto llamado ciudad, al alojamiento como acceso a la propiedad. Del habitar como una acción que demanda colaboración y cuidado mutuo, se realizó una simplificación que terminó por objetivar la manera humana misma de ser en el mundo. Lefebvre atribuye la responsabilidad de la reducción del complejo sentido del habitar a su simulacro denominado hábitat, a los autores de la famosa Carta de Atenas, notables arquitectos de la modernidad que están poco menos que canonizados por gran parte del gremio.
En el caso de Barcelona, esto no podría ser más palpable que en la historia del Plan Macià, ideado por Le Corbusier ―por llamado del gatcpac (Grup d’Arquitectes i Tècnics Catalans per al Progrés de l’Arquitectura Contemporánia). Este proyecto planteaba barrer con el Raval, uno de los barrios más antiguos de la ciudad, cuna del movimiento obrero barcelonés y, por supuesto, del anarquismo. Probablemente, lo más perverso de este proyecto estaba en la comprensión de la higiene que suponía: no sólo se trataba de ventilar la zona y de evitar el hacinamiento, sino de desmantelar las posibilidades sociales que un tejido urbano de esta naturaleza posibilitaba: la resistencia política de los de abajo.
Por fortuna, el Raval sobrevivió pues, debido a circunstancias históricas, el proyecto de Le Corbusier se vio frustrado. El Raval continúa en pie y el espíritu de la autoorganización popular sigue vivo en Barcelona. Esta tradición atraviesa el hilo de la historia desde la masonería medieval, pasando por los movimientos obreros y anarquistas de los siglos xix y xx, así como por las fuerzas Okupas junto con los Comités Vecinales que han tomado diversos espacios para convertirlos en sitios de encuentro comunitario, creadores de formas alternativas al régimen del expolio mercantilista.
Sin embargo, no todo es oposición. También hay que reconocer la capacidad para dar pie al espacio colectivo que, en diversos momentos de su desarrollo, el famoso modelo Barcelona ha tenido. Más allá de la creación de espacios públicos, en tanto espacios físicos dispuestos para la ciudadanía, en algunos momentos de su historia, el conocido como modelo (de planeación urbana de) Barcelona, ha dado pie a la posibilidad de la apropiación comunitaria de los mismos, tal como sostiene Walberto Badillo (2012). Quizá éste debería ser el ejemplo que aprender de Barcelona: el de una sociedad que disputa su derecho a habitar y la emergencia de actuaciones públicas capaces de articular estas voces que van mucho más allá de cualquier sentido de “marca” de ciudad.+