El algoritmo se vuelve novela

Un titán de internet y una fábrica de bestsellers unen fuerzas en un experimento de papel.
La literatura de consumo rápido casi siempre ha mutado para sobrevivir. Ahora adopta la forma de un desafío viral. Ver el logo de MrBeast incrustado sobre el nombre de James Patterson en la portada de Los juegos más peligrosos (HarperCollins) provoca una especie de vértigo posmoderno. Es la colisión frontal entre el rey absoluto de la retención de audiencia en YouTube y el patriarca indiscutible del thriller maquilado en serie.
Patterson lleva décadas operando como una franquicia humana. Ha firmado tantos libros que uno sospecha la existencia de un ejército de clones literarios redactando en sótanos. Por su parte, el verdadero nombre de MrBeast, Jimmy Donaldson, es sinónimo de espectáculos absurdamente caros, laberintos de supervivencia y maletines llenos de dólares. “El mundo te necesita. ¿Estás preparado?”. Suena a la premisa de El juego del calamar filtrada por el optimismo histérico de un video de retos.
La novela asume un riesgo peculiar: Intentar capturar la hiperactividad visual de internet dentro de las páginas de un libro impreso es apostar contra la capacidad de atención de una generación criada a base de dopamina rápida. Sin embargo, Patterson conoce la arquitectura del suspenso, sabe construir capítulos cortos que funcionan como los cortes rápidos de edición en un video de YouTube. Esa cadencia percusiva, heredada de la novela negra clásica, encaja a la perfección con la urgencia constante del contenido viral.
Resulta inevitable pensar en Ready Player One o en la lejana Battle Royale cuando nos enfrentamos a tramas de competencia extrema. Aquí el giro es la presencia autoral (o al menos espiritual) del mayor filántropo del entretenimiento digital. La alianza sugiere un producto diseñado matemáticamente para pulverizar listas de ventas. Los puristas de las letras fruncirán el ceño, rasgándose las vestiduras ante lo que consideran la mercantilización final del formato libro. Les convendría recordar que los folletines del siglo diecinueve operaban con lógicas similares de gancho constante y cliffhangers desvergonzados.
Lejos de indignarnos, podemos observar este artefacto como un sismógrafo de la cultura actual. Los juegos más peligrosos no busca ganar un premio de la crítica. Su ambición es otra. Quiere ser el objeto físico que un adolescente sostenga en sus manos entre una dura partida de consola y un maratón de videos de desafíos.
Queda por ver si el lector tradicional soporta la sobredosis de estímulos y si el espectador de internet logra mantener la vista fija en la tinta negra. Como experimento sociológico es intrigante. Como jugada editorial, resulta implacable. Ya no basta con dominar las pantallas. El imperio del algoritmo ahora exige conquistar también las estanterías de las librerías. Al final del día, la curiosidad termina siempre ganando la partida.
