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Sealtiel Alatriste: un western en la Ciudad de México

Sealtiel Alatriste: un western en la Ciudad de México

José Luis Trueba Lara

Demonios de la culpa es la nueva novela de Sealtiel Alatriste y, en ella, no sólo descubrimos una ciudad que casi olvidamos, sino que también nos revela un mundo marcado por las aventuras y la maldad que parece devorarlo todo. Por estas razones, había que conversar con Sealtiel…

Al leer la cuarta de forros de Demonios de la culpa y algunas de las entrevistas que has dado, descubrí que piensas a tu nueva novela como un western que transcurre en la Ciudad de México durante los cincuenta; sin embargo, al leerla, encontré que funcionaba de una manera casi diferente: se parecía a los cortos que proyectaban en las matinés de los cines donde, al terminar, todos estábamos al borde del asiento y aparecía la palabra terrible: continuará. Y, como resultado, no nos quedaba más remedio que esperar una semana para ver el siguiente episodio. Así pues, voy a hacerte una pregunta extraña: ¿tu nueva novela es un western o un folletín?

Creo que tienes razón, los Demonios de la culpa es un folletín, un cómic y además es un western. Algo de mi educación sentimental reside en esta novela. Cuando era niño, iba muy seguido al Cine Gloria en la Colonia Roma, ahí vi dos westerns que me encantaron: Vendetta bárbara, el primer espagueti western que se filmó. El otro fue Veracruz con Gary Cooper y Burt Lancaster. En esos años, la única meta que tenía era juntar diez centavos para ir al cine a la matiné del domingo.

Yo me eduqué en el cine y en las historietas. Mi padre era artista de cómics. Por esta razón, desde que era niño, veía cómo mi papá creaba un cómic de 32 páginas cada semana y siempre terminaba con un continuará. De hecho, él me enseñó a leer con sus cómics. Además de esto, cada vez que volvía del cine, me pedía que le contara la película para sacar ideas. Un día le hablé de Veracruz, lo recuerdo bien porque le dije: “Mira, hay un malvado en la película que siempre se ríe; es más, lo matan y sigue riéndose”. A él le encantó esta idea y pronto la incorporó a un cómic que se llamaba El Gavilán.

Así me acostumbré a leer, y eso me dejó marcado: siempre he creído que la lectura debe engancharte y mantenerte interesado, incluso si se trata de una obra seria. Piensa en Virginia Woolf o en el Ulises de Joyce. Tú estás frente a esas páginas y siempre te preguntas qué va a pasar. Por estas razones digo que Demonios de la culpa es un western, porque hay una aventura en la que los personajes se van a enfrentar, al final, en un duelo. La gracia de esta novela está en cómo se plantea el duelo, cómo va a acabar y cómo los personajes se transformaron en enemigos debido al odio, a sus oponentes y a la herencia familiar.

En Demonios de la culpa haces una apuesta que me parece interesante: la novela comienza el año de tu nacimiento y concluye en el año en que ya eras un adolescente…

Esto lo hice a propósito. Cuando la estaba escribiendo, me di cuenta de que quería contar la novela desde la perspectiva del joven que vivía en esa ciudad. Entonces me dije: “Pues voy a contarlo desde mis años de niñez, desde 1949 hasta 1962, cuando tenía 13 años y entré en la adolescencia”. Quería recordar la ciudad como era y por eso las fechas son tan precisas.

La Ciudad de México de aquellos años era maravillosa. Una ciudad muy moderna que mostraba un glamour muy al estilo mexicano y que se exponía en las películas. La capital era la región más transparente de Fuentes y casi un paraíso, según Luis Spota.

Quería contar esta historia épica de odio en los lugares cotidianos de mi vida y la de muchos otros. También quiero mostrar la Ciudad de México a la gente de hoy en día, porque todavía está presente y pueden ir a verla y sentirla por sí mismos. Es más, quería que mis personajes se definieran por las tentaciones que tienen en la vida y que las asumieran sin hacerles el feo. Aquel que no se enfrenta a una gran tentación no merece tenerla. Y entonces ellos pueden sentirse culpables, pero no se arrepienten de lo que hicieron. Asumen las consecuencias, buenas o malas, y avanzan hacia su destino.+