Adriana Dorantes y la voz poética de las mujeres

Adriana Dorantes y la voz poética de las mujeres

21 de diciembre 2022

Por Irma Gallo

En La espera y la memoria (Editorial Universitaria UANL, 2022), poemario de Adriana Dorantes (Ciudad de México, 1985), se entretejen las voces y los deseos de las mujeres de su sangre, las cosas que no se dicen, las ausencias, sobre todo de los varones.

“Padre:
el mundo es el mismo con o sin tu abrazo,
pero la duda adopta máscaras a medida.
Hay una certeza que existe y que calla.
Se vive con huecos.
Se vive con ausencias y fantasmas”.

Fragmento de “El racimo de tu sangre”.

En entrevista con Lee+, Adriana dice que siente que este libro llevaba ya tiempo escribiéndolo. “A partir de ciertas preguntas que me había hecho a lo largo de mi vida y que en un momento hubo un detonante específico: un día fui a un doctor por X situación y ya sabes que te preguntan tus antecedentes clínicos y me di cuenta de que del lado de mi papá no había nada, porque nunca lo conocí”.

A partir de ese momento, Dorantes comenzó a explorar en su historia familiar y personal, y en cómo se construye una persona que tiene una ausencia de esa magnitud. “Creo que el origen de este libro fue la búsqueda y la pregunta sobre esa parte que estaba ausente en mi vida”.

Pero en el proceso de escritura, esta búsqueda se conectó con las obsesiones literarias y existenciales de Adriana Dorantes, como “la pregunta sobre la memoria, el pasado, hacia dónde vamos, sobre los fracasos personales que también tenemos, que con el tiempo, dándole más detalle a la construcción del libro, terminaron formando La espera y la memoria, que es un libro que tiene diferentes partecitas pero que al final todo engloba esta interrogante sobre el pasado y sobre la memoria”.

En este trabajo, la voz poética se topa con recuerdos que sí están ahí y que construyen imágenes de feminidad y espera, soledad y amor, como el caso de unas perlas abandonadas cuyo brillo es un testigo mudo de una mujer sobre quien han pasado los años y parece que solo espera a la muerte.

“Cuando se supo enferma
mi abuela escondió sus joyas debajo de la duela
y le pidió a mi madre que las empeñara en cuanto muriera.
Todas, excepto su collar y sus aretes de perlas,
redondas y precisas,
que la adornaron el día de su boda”.

Fragmento de “Las perlas”.

“Yo crecí rodeada de mi mamá y de mis tías, y el abuelo era una figura impenetrable, en muchos sentidos. El tuvo la mala fortuna, según él, de tener muchas hijas y sólo un hijo”, cuenta Dorantes. “La figura del hombre era algo que no se podía siquiera tocar, pero también tengo ahí un poema en el que hay una suerte de pacto con el abuelo”.

“Elijo un balón de futbol;
«Feliz día del padre», se lee arriba de la portería.
Hay sustitutos para las carencias:
tengo un abuelo que existe, aunque calle,
y recuerdo que él, un día, a pesar de su coraza impenetrable
—también ha aprendido a usar el silencio—
con sus ojos me ha dicho que está bien, que él seguirá el juego”.

Fragmento de “Cómplices”.

“A mí me interesa mucho esta cosa de las mujeres y lo fuertes que son las mujeres en realidad. Mi abuelo tenía incluso esta idea de que le dictaba a sus hijas lo que tenían que hacer”, recuerda.

“A lo largo de los últimos dos años, esta exploración de la memoria y de la familia ha sido muy constante y me ha ayudado a tener una voz más dirigida y decidir bien hacia donde quiero explorar”, dice la poeta. “Creo que también ayuda mucho apoyarte en las lecturas que te gustan; empezar a leer cosas que te resuelven; estuve leyendo mucha poesía que tiene que ver con la memoria, libros que tienen que ver con la autoficción o con la autobiografía, y creo que de ahí te empiezas a encaminar hacia donde quieres ir”.

Rosario Castellanos, Enriqueta Ochoa, Joan Didion y Alejandra Pizarnik han sido esas lecturas guía para Adriana Dorantes. “También he leído mucha literatura que tiene que ver con la familia y con la autoexploración, como las novelas de Vivian Gornick, que son muy personales”.

En cuanto a sus contemporáneas, Dorantes dice que el trabajo de Iveth Luna —publicada también por la UANL—, le ha servido de mucho, pues “tiene exploraciones también muy personales”.

“La poesía”, concluye Adriana, es para “hacer visible la realidad”. Y recuerda a Rosario Castellanos y sus poemas sobre la maternidad: “¡qué osadía, en ese momento, escribir ese poema en donde habla de su hijo y dice que en realidad no lo quiere tanto!”

“Siento que es importante que la generación de ahora —la mía por ejemplo—, pueda rescatar aquello que nuestras madres y nuestras abuelas no pudieron decir”, concluye.

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