La ilustración científica, las refutaciones y la democratización. Una plática con Anna Escardó

La ilustración científica, las refutaciones y la democratización. Una plática con Anna Escardó

16 de enero 2023

Por José Luis Trueba

Imaginemos lo imposible: durante un solo instante, pensemos que las ilustraciones desaparecen de los libros. Las páginas que los niños leyeran quedarían condenadas a la oscuridad del negro de la tipografía y, en otros volúmenes, el mundo se volvería absolutamente incomprensible: ¿podríamos comprender una obra de geografía sin mapas? ¿Seríamos capaces de imaginar los edificios devorados por la selva de los mayas? ¿Nuestra imaginación no se desbocaría al recorrer las páginas de los tratados de anatomía o de zoología?

Sin las imágenes, nuestra comprensión del mundo resultaría imposible o, por lo menos, absolutamente distinta de la que tenemos. La publicación por parte de Taschen de una historia de la ilustración científica pone sobre la mesa aquellos cuestionamientos, y, por supuesto, nos obliga a pensar en el papel que las imágenes tienen en este saber. Por esta razón, era fundamental conversar con Anna Escardó, la autora del libro que nos llena los ojos de maravillas y nos obliga a repensar el conocimiento científico.

 

Durante muchos siglos, los libros se han ilustrado, pero sus imágenes no necesariamente tenían que ver con el texto; eran una suerte de adorno. Yo tenía la idea de que, desde la época de Aldo Manunzio, justo a partir de que el cardenal Bembo publicó su libro, se descubrió una cosa rarísima: que las ilustraciones podían tener que ver con el texto. Es más, ellas lo aclaraban y ampliaban. Entonces, comencemos con algo que podría parecer obvio: ¿cómo nació la maravilla de la ilustración científica?

Es muy difícil responder esta pregunta. Ella nos llevaría a otra muy espinosa: ¿cuándo empezó la ciencia? Podría decirse que nuestros antepasados, desde que se enfrentaron al primer problema, probablemente apelaron a algo parecido a la ciencia. En el caso de las obras científicas, su naturaleza necesitaba dibujos que explicasen lo que un texto más complejo no podía; por ejemplo, ¿podríamos explicar con dos o tres palabras qué es la física cuántica? Difícilmente. Pero un simple esquema, una simple infografía puede hacerlo muy bien. Resulta inexacto decir cuándo empezó la ilustración científica; sin embargo, podríamos decir que inició con la ciencia moderna, tal como la entendemos ahora.

Por esta razón, en mi libro tomé la revolución copernicana como el punto de inflexión de la ciencia moderna. En ese año, 1543, también se publicó el libro de Vesalio: la primera obra anatómica del cuerpo humano que se hizo con modelos de cadáveres. Gracias a la ilustración científica tenemos la posibilidad de devolverle la humanidad a la ciencia.

Mientras leía tu libro, recordaba que la ciencia tiene una virtud maravillosa: la historia de la ciencia —y, por tanto, de la ilustración científica— es el único conocimiento probadamente falso. Cuando pensamos en esto no nos queda más remedio que ser honestos: estamos condenados a no atinarle y, peor, si le atinamos, no podríamos saberlo.

La ciencia es algo endemoniado. Cuando se vuelve categórica, deja de ser ciencia. No se trata de una doctrina; no es un dogma; no es “sí porque sí”. Hay un porqué; siempre está abierta a nuevas refutaciones, y gracias a esto resulta interminable.

Crear un libro como el tuyo implica un dilema terrible: éste no estriba en elegir una imagen, sino en descartar las que no formarán parte de la obra.

Te doy un ejemplo: cuando comencé el trabajo tenía pensado elegir mil 200 imágenes para descartar 900. Yo pensaba que lo más difícil sería encontrar las mil 200, ¡pero no! Lo peor fue descartar, porque se vuelve injusto.

Tengo la impresión de que existen grandes rupturas en la ilustración científica: no puedo pensar en ella antes de Humboldt como algo idéntico a lo que ocurrió después de él. ¿Hasta qué punto las escuelas artísticas se muestran en esas imágenes?

Yo creo que las ilustraciones van de la mano con el momento en que los científicos se acercan a las humanidades. Aunque también podríamos pensar este asunto como resultado de las habilidades: Darwin siempre lamentó no saber dibujar. Por esta razón, en sus travesías lo acompañó un ornitólogo que se llamaba John Gould, quien tomaba apuntes de campo. Cuando éste volvió a su casa, su mujer, Elizabeth Gould, se hizo cargo de las ilustraciones para el libro dedicado a la expedición del Beagle. En este caso, el ilustrador trabaja de la mano con el científico, porque ha de mostrar todo lo que el científico requiera.

Hay algo que me encanta de la ilustración científica: su grado de preciosismo. Tú ves cada línea del pelaje del animal. A mí me parece fascinante, incluso cuando estos ilustradores científicos se dedican a otras cosas, hacían maravillas. ¿Este preciosismo puede derrotar a la fotografía?

La gente pensaba que, con la llegada de la fotografía, la ilustración, caería en desuso. Pero ¿qué ha pasado? La fotografía se convirtió en un aliado perfecto para la ilustración científica, porque les ayuda a tomar apuntes de campo. Una foto es un instante que resultaría imposible poder dibujar en otro momento. Cuando tomas una foto, tienes mucha información, pero a lo bruto: sin destacar, todo parece plano. En cambio, el ilustrador crea el tipo ideal que necesitan los científicos.

Veamos un caso: Durero, que por muchos es considerado el primer ilustrador científico, no logró la perfección ahora que se requiere: piensa en su obra Liebre joven. En ella sólo sale una liebre; no tiene ningún fondo que te distraiga de la información, y él se acercó a la liebre para verla. En cambio, para crear su grabado del rinoceronte no pudo ver al animal. Esta última ilustración no es científica, pues ellas han de basarse en la objetividad, en el hecho de que puedas verlo con tus ojos.

Carles Puche, un ilustrador científico que admiro y quiero muchísimo porque me ha ayudado bastante, me explicó lo siguiente: hay un pez que tiene una marca. A pesar de esta peculiaridad, esta mancha es única; ningún ejemplar de esta especie la tiene en el mismo lugar. La única licencia que se pueden tomar los ilustradores es hacer una estadística de más o menos dónde la tienen, basada en observaciones de campo. Así tienes que dibujar el holotipo: el primer dibujo, la primera ilustración que se hace de una especie nueva. Imagínate que te toca dibujar el holotipo de una cebra: ¡te vuelves loco, porque una cebra tiene muchas manchas de todo tipo! En estos casos, se hace una media. Y por eso te digo que la imaginación no tiene cabida aquí dentro. Suena triste, pero es así.

A la hora de dibujar la “cebrez” de la cebra, ¿quién dice cuál es la cebrez?, ¿cómo se decide dónde queda cada raya?

Es muy frío decirlo, pero se trata de pura estadística. Se hace una observación de una manada y el promedio es la cebrez de la cebra.

¡La ilustración es absolutamente deductiva!

Sí, es deductiva, pero gracias a la observación, no de lo imaginado, aunque poco tiempo después ese saber sea refutado. En el libro hemos querido celebrar la ciencia desde este punto de vista, de que todos formamos parte de este contínuum científico y nadie nos tiene ni puede decir “tú no vales para la ciencia”. Por desgracia, hemos encontrado muchísimos ejemplos de mujeres que fueron silenciadas, y homosexuales, como Alan Turing, que también sufrió la discriminación. Nadie te puede decir “por ser así o por haber nacido pobre o por haber nacido sin un cromosoma, no sirves para la ciencias”. ¡Sí que puedes! Hay muchas maneras de servir a la ciencia: dibujar es sólo una de ellas.

Pero hay algo más: gracias a la ciencia estoy contigo. Hace 50 años yo estaría muerto, por lo menos en términos estadísticos.

Gracias al avance científico hemos ganado tiempo a la muerte. Siempre se dice que todo el mundo va a acabar igual: ricos, pobres, de todos los colores… Y también admiro a la gente creyente. Yo soy totalmente atea; incluso he tenido mis momentos de agnosticismo. Aunque yo no crea, pienso que si la fe te genera fuerza y luz, no hay nada malo en ello. Realmente nadie sabe qué hay más allá…

Ésa no la pueden responder los científicos, pero lo que sí podemos saber es que existen espléndidas razones para asomarnos a tu libro…

Por lo menos hay un par de razones. La primera es para celebrar la ciencia, y la segunda, para descubrir que todo el mundo es capaz de entenderla. Tal vez la siguiente revolución científica tenga que ver con su democratización. Carl Sagan decía que la ciencia no tiene valor si sólo puede comprenderla una pequeña élite de intelectuales. ¿Qué sentido tiene el conocimiento en un mundo de este tipo?, ¿qué lo diferencia de una religión? En cambio, cuando todos podamos comprenderla, podremos velar por ella. En este libro muestro que todos son capaces de entender temas que pueden parecerles incomprensibles sin las imágenes.

Pues yo te doy dos razones adicionales: porque hay que llenarse los ojos de belleza. La segunda es que tenemos que pensar que la ciencia representa una de nuestras grandes creaciones; es tan poderosa que nos pasa lo mismo que con la política o con otras cosas: la política no se la podemos confiar a los políticos; la sociedad los tiene que vigilar y entender. Con los científicos ocurre lo mismo. Nosotros tenemos que estar a su lado, pues somos quienes nos beneficiamos de sus labores. ¿Por qué no nos cuentan qué están haciendo? Esa petición implica el proceso del que hablabas, la democratización, que nace y se nutre del derecho a saber. +

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