Sucedió en Gandhi
A poco más de un año de su muerte, traemos de vuelta estas palabras que dedicó a Librerías Gandhi.
Obligado referente de juventud: la Gandhi de Miguel Ángel de Quevedo. Habitamos una ciudad de pocas librerías con novedades; tan grande ella y tan chiquita su oferta. Siempre estábamos ahí: yo, viendo a mis amigos “abstractos” (así les decía) jugar al ajedrez en el piso de arriba o buscando una conversación. Recuerdo un libro (todo es una huella): Tiempo de abrazar, de Onetti, comprado con emoción para abrir las páginas oliendo a nuevo, e instalarme en el parque de al lado para comenzar lo que en ese entonces fue para mí un ejercicio de lectura devoradora de muchos, muchos libros, solo, construyendo una vida mental atizada por los ejemplares de la Gandhi. Ahí conocí (pero él no lo recuerda) a David Huerta, en la presentación de un libro del gran Enrique Maza, alma de la revista Proceso. Tanto él, David, como ella, la librería Gandhi, fueron figuras tutelares de mis años de búsqueda, muy sureños, muy coyoacanenses, muy loquillos. Permanecen como una coordenada imborrable de mi buena y mala educación.