La novela que recomendó Dua Lipa y demuestra que la libertad también puede dar miedo
En la literatura existen prisiones construidas con barrotes y otras levantadas con preguntas. Yo que nunca supe de los hombres, de la escritora belga Jacqueline Harpman, pertenece a esta segunda categoría. Publicada originalmente en 1995, la novela ha resurgido en los últimos años gracias al entusiasmo de nuevos lectores y a la recomendación de Dua Lipa en Service95, la plataforma cultural de la cantante. Pero reducir su éxito reciente a un fenómeno editorial sería injusto: Harpman escribió una obra que parece adelantarse a muchas de las inquietudes contemporáneas sobre la identidad, la memoria y la libertad.
La premisa es tan sencilla como perturbadora. Cuarenta mujeres viven encerradas en un sótano subterráneo desde hace tanto tiempo que han perdido toda noción del tiempo. No saben por qué están allí ni quién decidió condenar a ese lugar. Los hombres uniformados que las vigilan permanecen en silencio; nunca explican nada y apenas intervienen para impedir que alguna intente acabar con su vida. El cautiverio se sostiene menos por la violencia que por la incertidumbre.
Un día, una alarma rompe la rutina. Los guardias desaparecen y dejan la puerta abierta. Lo que parece el inicio de una historia de liberación pronto revela una verdad mucho más desconcertante: el mundo exterior tampoco ofrece respuestas. Las mujeres abandonan la prisión solo para encontrarse con un paisaje vacío e irreconocible, un territorio donde deberán aprender a existir sin referencias, sin certezas y sin un pasado al que regresar.
Desde ese momento, Harpman transforma una distopía en una profunda reflexión filosófica. La pregunta deja de ser quién construyó la cárcel para convertirse en algo mucho más complejo: ¿qué significa ser humano cuando desaparecen las estructuras que organizaban la vida?
La elección de la narradora resulta decisiva. La protagonista era apenas una niña cuando fue encerrada y es la única del grupo que jamás conoció el mundo anterior. No tiene recuerdos de la sociedad, de la familia, del amor o de las normas que rigen la convivencia. Todo aquello que para cualquier persona parece evidente, para ella constituye un descubrimiento. Esa mirada inocente convierte cada objeto, cada paisaje y cada conversación en una exploración sobre la naturaleza humana.
Uno de los mayores aciertos de la novela es su negativa a ofrecer explicaciones. Harpman nunca revela quiénes eran los captores, qué ocurrió con el resto de la humanidad o cuál fue el origen del desastre. Lejos de ser una omisión, esa decisión sostiene el corazón del libro. La autora, que también fue psiquiatra, parece mucho más interesada en observar cómo las personas construyen sentido frente al vacío que en resolver el misterio que impulsa la historia.
En ese aspecto, Yo que nunca supe de los hombres se aparta de buena parte de la ciencia ficción y de las distopías contemporáneas. No busca impresionar con la construcción de un universo complejo ni con explicaciones tecnológicas. Su verdadera preocupación es existencial. El escenario funciona como un laboratorio donde se ponen a prueba cuestiones fundamentales: la memoria, la identidad, la soledad, la solidaridad y la necesidad humana de encontrar significado incluso cuando las respuestas no existen.
Sorprende también la manera en que la novela aborda la convivencia entre las mujeres. En un contexto extremo, Harpman evita tanto el sentimentalismo como el heroísmo. La cooperación surge de forma natural, no porque las protagonistas representen un ideal de sororidad, sino porque sobrevivir exige construir una comunidad. Las relaciones están marcadas por el afecto, las diferencias generacionales, las pérdidas y los pequeños conflictos cotidianos, elementos que dotan de una gran humanidad a personajes que podrían haber quedado reducidos a simples símbolos.
La prosa de Harpman acompaña esa contención. Es precisa, elegante y despojada de cualquier exceso. Nunca fuerza la emoción ni recurre a grandes escenas dramáticas. La inquietud nace del silencio, de las preguntas que permanecen abiertas y de la sensación constante de que la protagonista observa el mundo por primera vez. Esa economía narrativa convierte cada hallazgo en un acontecimiento y obliga al lector a participar activamente en la construcción del sentido.
Quizá esa sea la razón por la que el libro continúa encontrando lectores tres décadas después de su publicación. En una época obsesionada con las explicaciones inmediatas y los finales cerrados, Harpman propone exactamente lo contrario: una novela que acepta el misterio como parte de la experiencia humana. Su historia no pretende resolver un rompecabezas, sino explorar aquello que queda cuando todas las certezas desaparecen.
La recomendación de Dua Lipa ayudó a que esta novela volviera a circular con fuerza entre nuevas generaciones, pero su permanencia no depende de ese impulso. Yo que nunca supe de los hombres posee las cualidades de los libros destinados a sobrevivir a las modas: una premisa inolvidable, una escritura sobria y una capacidad extraordinaria para seguir formulando preguntas mucho después de que el lector cierre la última página. No ofrece respuestas fáciles ni consuelos inmediatos. En cambio, entrega algo más valioso: la posibilidad de mirar nuestra propia idea de libertad desde un ángulo completamente inesperado. Compra el libro aquí.