Angela Davis: la doble discriminación

Angela Davis: la doble discriminación

07 de marzo de 2022

José Luis Trueba Lara

La voz de Mick Jagger se escucha mientras me preparo para sentarme a escribir. La letra de “Sweet Black Angel” es la acompañante perfecta.

She countin’ up the minutes.
She countin’ up the days.
She’s a sweet black angel,
not a gun toting teacher,
not a red loving school mom.
Ain’t someone gonna free her.
Free the sweet black slave.

Jagger decía la verdad pura y dura. En 1972, la dulce esclava negra había sido condenada a prisión por los delitos de asesinato y secuestro. Al juez y al jurado no les importó que Angela Davis tuviera las manos limpias de sangre. Los delitos que había cometido eran mucho peores: ser mujer, negra, militante, simpatizante de los grupos radicales y, para colmo del horror, comunista; además, se había unido a otros enemigos del país para defender a los Hermanos Soledad, tres presos que fueron acusados de asesinar a un guardia blanco en una cárcel marcada por el silencio y el aislamiento casi absoluto. El veredicto era claro, absolutamente preciso: Angela volvía a enfrentarse a la doble discriminación que tatuaba a la negritud y lo femenino. 

* 

Lo que ocurrió en ese juicio bien podría representar un capítulo más en una historia de horrores y luchas. Angela no nació en un sitio cualquiera: la casa de su familia estaba en Dynamite Hill, la colina que se ganó tal nombre debido a las casas de los negros que fueron dinamitadas por el Ku Klux Klan. En ese terreno, se encontraban las huellas de los encapuchados que incendiaban cruces antes de quitarles el bozal a la peor de las muertes y a las mayores torturas. Efectivamente, el hecho de haber nacido en el sur durante los años cuarenta colocaba a Angela ante una discriminación bendecida por las leyes que fueron votadas por los demócratas desde el siglo xix. La segregación de los afrodescendientes no tenía vuelta de hoja y sólo se derogaría dos décadas más tarde, en 1964 y 1965, cuando se publicaron la Ley de Derechos Civiles y la Ley de Derecho al Voto, respectivamente.

La historia y el paisaje no fueron lo único determinante en el camino de Angela: su padre era uno de los pocos negros que tuvieron acceso a la universidad, aunque su carrera como docente no llegó muy lejos. Los vientos no eran propicios para una actividad de este tipo. Además, él y su madre eran activistas de la National Association for the Advancement of Colored People, una organización proscrita con fines precisos: “promover la igualdad de derechos y erradicar los prejuicios raciales entre los ciudadanos estadounidenses, para avanzar en pro de los intereses de los ciudadanos de color, para asegurarles un sufragio imparcial y aumentar sus oportunidades, para asegurar la justicia en los tribunales, la educación para los niños, el empleo según la capacidad y la completa igualdad ante la ley”. Las ideas contra la discriminación formaban parte de la vida cotidiana de Davis.

“Sweet Black Angel” se repite sin que pueda evitarlo. Jagger me obliga a detener mis dedos en el teclado:

Got a sweet black angel,
got a pin up girl,
got a sweet black angel
up upon my wall.
Well, she ain’t no singer
and she ain’t no star.
But she sure talk good. 

Efectivamente, Angela hablaba bien, muy bien. Pero esto, por lo menos en sus primeros años, no era resultado de lo que aprendió en la escuela: los planteles segregados en Birmingham funcionaban como un fiel reflejo de lo que sucedía en el mundo; la incuria era su signo. Sin embargo, las cosas cambiaron cuando American Friends Service Committee le ofreció a la joven una beca para estudiar en Nueva York. Vivir en la casa de un pastor episcopal que se oponía al macartismo y coqueteaba abiertamente con los socialistas se convirtió en una buena oportunidad para politizarse y desamarrarse la lengua.

Lo que ocurrió después resulta predecible: Angela se adentró en los libros comunistas, y en ellos descubrió que el racismo y la lucha por la igualdad de derechos de los afrodescendientes tenían un contexto mucho más amplio que el sur estadounidense. Lo que debía cambiar no eran unos cuantos estados de la unión: tenían que transformarse las relaciones sociales y, para lograrlo, no existía otro camino más que la militancia. Por ello se incorporó a Advance y, desde 1960, su rostro comenzó a verse en las manifestaciones.

La presencia en las protestas dejó de ser suficiente unos años más tarde. En 1963, Angela recibió la noticia de un nuevo ataque a las instituciones de la negritud: en septiembre de ese año, la Iglesia Bautista de Birmingham fue dinamitada por el Ku Klux Klan con un saldo mortal escalofriante. Según los encapuchados, los negros necesitaban una lección definitiva para que abandonaran sus ansias de igualdad. Las sentadas que mostraban el repudio al racismo perdieron su sentido en la medida en que, como ella escribió en esos años, el atentado contra el templo era sólo la expresión de “la rutina, a menudo monótona, de la opresión racista”. Ante estos hechos, sólo quedaba el camino de la radicalización y, justo por eso, Angela comenzó a apoyar a las Panteras Negras, se afilió al Partido Comunista Estadounidense y se sumó a muchos grupos que oscilaban entre el diálogo y el enfrentamiento.

Las consecuencias de sus acciones no se hicieron esperar: su nombre figuraba en las listas de subversivos del FBI y, poco tiempo después de que comenzó a dar clases en la Universidad de California en Los Angeles, fue despedida por razones políticas. Si Angela hablaba bien, muy bien, podría contaminar las delicadas mentes de sus alumnos, que debían consagrar su existencia al fortalecimiento del American way of life.

*

Jagger no fue el único que le cantó a Angela Davis. Mientras escribo estas páginas, pienso que debería encontrar alguna canción de Joan Baez —con quien la unía la lucha contra la pena de muerte—, o tal vez valdría la pena poner una pieza de Simon & Garfunkel para sentir la brisa del tiempo perdido para siempre. Sin embargo, vienen a mi memoria algunas líneas de la canción que le compuso Pablo Milanés:

Tú conoces la historia y mucho más,
y esto no te lo pueden perdonar.
Es posible que se manchen más,
no les importa tu verdad
ante el riesgo de oír tu voz en libertad. 

Confieso que esta pieza no es de mis favoritas y prefiero a los Rolling Stones: la música que se pasa de comprometida es demasiado para mí. A pesar de esto, creo que hay algo importante en uno de sus versos, “el riesgo de oír tu voz en libertad”. Efectivamente, Angela siempre ha sido un riesgo, un peligro que nos enfrenta a los horrores que debemos mirar y derrotar. Si la analizáramos en perspectiva, pronto descubriríamos que la lucha por los derechos civiles apenas muestra una de sus facetas: desde el momento en que abiertamente se declaró lesbiana, comenzó a combatir en pro del respeto a las preferencias sexuales; asimismo, su lucha contra la pena de muerte y los sistemas carcelarios se ha mostrado desde hace décadas. Ella es una de las diosas que iluminan el riesgoso camino que conduce a la libertad y que, en buena medida, nos llevaría a sumarnos a “La estanquera de Saigón” de Los Chikos del Maíz: 

Soy el hippie puesto de María,
soy el espía soviético de la Guerra Fría,
la voz del pueblo en movimiento.
Soy la virtud que busca Dylan en el viento,
soy la juventud quemando la cartilla de reclutamiento,
soy el Black Panther violento, ¡compromiso!,
soy Angela Davis llamando machista a Nixon,
soy insumiso. Yo, Kubrick; tú, Melendi […].
Soy Janis Joplin puesto hasta las cejas,
LSD en tu cabeza, el tímido del baile.
Soy la bala que atraviesa la nuca de Kennedy,
soy la chupa de Peter Fonda en Easy Rider,
soy el fraile guerrillero, el mayo perdido. +

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