Travestir las palabras

Travestir las palabras

13 de septiembre 2021

Itzel Mar

Infancia y anatomía son destino, nos insiste Freud desde hace más de un siglo. Pero advierte que dichas construcciones se vuelven indescifrables sin la idea del inconsciente; es decir, ambas son lo que son y algo más. Las capacidades biológicas proporcionan claramente el potencial a partir del que se configura la existencia humana y fijan el límite de las actividades sociales. La cópula, la reproducción y la muerte son prueba de ello. Así también, las diferencias genéticas afectan la apariencia física, la fuerza y la longevidad. Sin embargo, ni automáticas, ni absolutamente predeterminadas, se expresan las identidades sexuales: suelen ser contingentes y modificables, y dependen de las relaciones. Existe un reino psíquico con dinámica propia, reglas particulares y con una historia en que las posibilidades de los cuerpos adquieren significado. La manera en que cada uno simboliza, siente y se representa es irrepetible. El inconsciente es un espacio de conflicto entre ideas, recuerdos y deseos —sobre todo sexuales— cuyo acceso negamos a la conciencia a través de la represión y de otros mecanismos de defensa. Esas ideas, deseos y recuerdos son, por supuesto, muy antiguos. Freud lo resume así: “Lo que es inconsciente en la vida mental es siempre infantil”. Pero me gusta más cómo lo dicen los versos de Louise Glück: “Miramos el mundo una sola vez, en la infancia. / El resto es memoria”.

De niña solía tropezarse con su nombre: Cristian Omar; al escucharlo, aparecía de inmediato la sensación de que no era ella a quien llamaban. Pronto supo que puede transcurrir mucho tiempo antes de que tu nombre coincida con tu forma de mover las caderas y de escribir, con tu entrepierna. No orinar de pie representó su estrategia de desobediencia. A través de la intolerancia de su padre, conoció desde muy temprano en qué consistían el miedo y el desamparo. Los castigos la llevaron a pasar largas temporadas ensimismada en la curiosidad; ahí comenzó a transformarse en ella misma, Camila Sosa Villada: mujer, actriz, cantante, bloguera, escritora, sobreviviente. Y antes de convertirse en una autora asediada, también se desempeñó como empleada doméstica, prostituta y vendedora ambulante. Nació en La Falda, provincia de Córdoba, Argentina, en 1982; dieciséis años más tarde comenzó a travestirse. Se pintaba con el maquillaje que le robaba a su madre. Un lápiz labial rojo y un pantalón muy corto bastaban para atraer a trabajadores y camioneros, a quienes complacía y masturbaba. Estudió cuatro años de comunicación social, y otros cuatro de teatro en la Universidad de Córdoba.

Las malas, publicado en 2019 dentro de la colección Rara Avis, de editorial Tusquets, se ha convertido en un fenómeno editorial, con ocho ediciones, más de 16 mil ejemplares vendidos y merecedor del Premio Sor Juana de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2020. Obra en que Camila Sosa Villada es la protagonista de Camila Sosa Villada. La historia da inicio en el parque Sarmiento, donde a pesar de que constantemente es invierno las travestis andan con las tetas al aire en busca de clientes. Ahí, la Tía Encarna, matrona de todas, escucha el llanto de un bebé que ha sido abandonado en medio del frío y, entonces, decide correr el riesgo de quedárselo. La peculiar tribu bautiza al niño como El Brillo de los Ojos. Él recibe el amor que a ellas no les fue concedido y se convierte en el símbolo de un futuro mejor. Inquieta la entrañable y minuciosa construcción psicológica de los personajes, quienes conmueven profundamente y dan sentido al rumbo de la trama, comenzando por la Tía Encarna.

Mujer de 178 años cuyo cuerpo lleno de cicatrices por los golpes a los que ha sido sometida resulta un recordatorio de la violencia y la invisibilidad de la minoría travesti; sin embargo, ese mismo cuerpo, generoso, representa el hogar materno, la aceptación y la sororidad,“exageraba como una madre, controlaba como una madre, era cruel como una madre” y, al mismo tiempo, era capaz de pasar “el día entero intentando extirpar algún virus de nuestro cuerpo o algún pelo encarnado en el bigote”. También está La Machi Travesti, una especie de curandera casi milagrosa que procura la salud y la buena apariencia de sus compañeras; y María la Muda, íntima amiga de la Tía, quien asume gran parte del cuidado de El Brillo de los Ojos; o Sandra, la travesti a la que le da por llorar frente a los clientes porque padece de una crónica melancolía.

El gran recibimiento que ha tenido Las malas quizá se debe a la contundencia de una escritura honesta y feroz, que despierta impulsos de justicia y bondad, y desvela territorios de iniciación desconocidos para la mayoría, donde la hermandad se superpone al odio y la sobrevivencia embellece a los personajes y conmociona al lector. Una extraña lírica del sufrimiento y la textura emotiva de las palabras también transgreden y vuelven al libro inclasificable. Porque estrictamente no nos encontramos ante una crónica, un testimonio, un volumen de poesía o una novela, pero sí tenemos un texto que transita entre géneros. Después de todo, sólo es posible escribir un buen libro “pasándose de la raya”, infringiendo reglas y costumbres, travistiéndose. De no ser así, ¿cómo habrían creado Flaubert a Madame Bovary, León Tolstoi a Ana Karenina, Virginia Woolf a Orlando, Nabokov a Lolita y Mary Shelley a Frankenstein? +

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