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El siglo que nos inventó

El siglo que nos inventó

12 de julio de 2021

José Luis Trueba Lara

A veces, el sentido común no sirve para bendita la cosa. La certeza de que existen siglos cortos y siglos largos lo pone en aprietos sin grandes problemas. Aunque el calendario señale otra cosa, el siglo XX nos salió bastante rabón, y apenas abarca de 1914 o 1917 a la caída del muro de Berlín. En cambio, el XIX resultó mucho más largo de lo acostumbrado: a todas luces comenzó con la Revolución francesa en 1789 y —según se vean las cosas— terminó al iniciarse la Primera Guerra Mundial o con la Revolución bolchevique. Sin embargo, a la gran mayoría de la gente este asunto tan extraño le viene sobradamente guango.

Mis alumnos, sólo por mencionar un caso, tienen un preclaro sentido de la historia que no lo incluye. Según ellos, la humanidad ha pasado por una serie de épocas precisas: el tiempo de las cavernas, cuando los hombres les daban de garrotazos a los dinosaurios y a las chamaconas que les cuadraban; la Edad Media, que es idéntica a una batalla de El señor de los anillos y puede o no incluir algunos dragones, que lamentablemente se extinguieron; los años ochenta, cuando la gente bailaba enormidades y —sin darse cuenta— se vestía muy retro; el día que los parieron y, por supuesto, la actualidad, en la cual las eras infinitesimales se miden en razón del modelo de celular que sale al mercado. Lo demás es un territorio marcado por el olvido.

Esta desmemoria impide rastrear las señas de identidad y amputa la posibilidad de comprender el mundo. Querámoslo o no, el pasado es una presencia inexorable. A pesar de esto, la gente está convencidísima de que la velocidad y el progreso son los signos del presente; la necesidad de no quedarse atrás, el tatuaje de su tiempo, y que jamás en la historia sucedieron cosas tan apantallantes como las pocas que han visto. Entiendo que nos encanta mirarnos el ombligo, pero esto no implica que lo imaginado sea real.

La rapidez y la fe en el progreso se encumbraron en el siglo XIX: a lo largo de sus años no sólo se crearon el telégrafo y el teléfono, también se abandonaron los carromatos para hacerles espacio a los ferrocarriles, los tranvías eléctricos y los primeros automóviles y aviones. Es más, gracias a la electricidad nació una nueva manera de vivir el tiempo: las velas, incapaces de vencer a la noche, mutaron en cachivaches, gracias a los focos, que derrotaron la oscuridad. En esos años, la certeza de que la velocidad y el progreso eran reales representaba una verdad a toda prueba, y sus habitantes seguramente vivieron muchas más revoluciones de las que podemos atestiguar en la pantalla de un teléfono que a veces resulta más inteligente que su dueño.

Aunque los ingenios que mencioné tienen lo suyo, no son las únicas huellas del siglo XIX. Las vacunas a la manera de Pasteur, la idea darwiniana de la selección natural, las leyes de la genética de Mendel, el marxismo y el anarquismo, el psicoanálisis y la muerte de Dios anunciada por Nietzsche también nacieron en esos años. Por si todo lo anterior no bastara para mostrar sus huellas, valdría la pena detenernos un instante en las marcas que dejó en otro ámbito: en esa época, nos volvimos parte de la naturaleza y descubrimos que éramos animales sin alma —a lo más teníamos complejos y traumas— y, para terminar de complicar las cosas, resultó que el Todopoderoso apenas y era uno más de los mitos que habíamos creado.

La orfandad y la desacralización de lo humano corrieron casi al parejo del surgimiento de las naciones, da igual si se unificaron como Alemania o Italia, o si nacieron gracias a una revolución como sucedió en Francia o en América Latina. Y, evidentemente, también fue el tiempo en que se parieron los nacionalismos que aún nos inflan el pecho: los cuentos populares que recopilaron los Grimm o los Andersen en Europa; los tipos populares (como las chinas, los peladitos y los charros mexicanos); los lugares idílicos (por ejemplo, las vecindades que se revelan como una sucursal del paraíso) y las certezas de que como el país de origen no hay dos, y que nada en el mundo es mejor que su comida, su música y todo lo demás son muestras de los imaginarios que nacieron en estos años. Es cierto, en el siglo XIX irrumpieron las comunidades imaginarias que, en contra del sentido común, aún nos hacen sentir orgullosos de lo que compartimos con 130 millones de personas.

Las naciones decimonónicas surgieron con marcas y tensiones precisas: la democracia contra la monarquía; el liberalismo versus el proteccionismo; la idea del ciudadano y la del siervo —al igual que los sueños del federalismo y del centralismo— se enfrentaron en las tribunas y en los campos de batalla. Todos esos proyectos, a pesar de sus diferencias, se apoderaron de las mismas palabras: la libertad, la justicia, la ciencia y el progreso se mentaban a la menor provocación. Sin embargo, la posibilidad de crear un Estado todopoderoso las rondaba para anunciar los horrores que marcarían el futuro. Sin estas tensiones, es imposible pensar en lo que sucedió en la Alemania nazi, en la URSS o en la China de Mao. Detrás de cada uno de esos horrores estaban las certezas de que la ciencia los apoyaba y, pasara lo que pasara, el mal menor justificaba el futuro promisorio. En efecto, la idea de la democracia fue parida junto con sus enemigos. Los ideales de libertad, igualdad y fraternidad trocaron en anhelos y pesadillas, mientras que los niños mutaron en ciudadanos del futuro.

Hasta aquí parecería que las consecuencias del siglo XIX son absolutamente exógenas y nada tienen que ver con nuestra vida interior. El mundo de la ciencia y el poder parece estar fuera de nosotros. Incluso, el hecho de que el psicoanálisis sea un acontecimiento finisecular podría hacernos creer que esto es cierto. Nada más falso: nuestros sentimientos y emociones son una creación decimonónica. ¿Qué sería de las mujeres sin Emma Bovary y Anna Karenina?, ¿cómo serían sus sentimientos sin Jane Austen y las hermanas Brontë?, ¿de qué manera podrían entenderse sin Mary Wollstonecraft y las sufragistas? No por casualidad la posibilidad de leer esas obras se veía como un asunto luciferino. En buena medida, las mujeres de hoy son la encarnación de las palabras que se publicaron durante esos años y, por supuesto, también una consecuencia de la educación sentimental que se brindaba en los teatros y la ópera, los lugares donde la exaltación de las pasiones ocurría entre el levantamiento y la caída del telón. Incluso, si nos ponemos más exigentes, deberíamos asumir que la idea de la mujer que trabaja es absolutamente decimonónica: la Revolución Industrial, la educación y el surgimiento de las labores que les paraban el pelo a los varones —como ocurrió con las meseras y las secretarias— tienen una tinta decimonónica, algo que no ocurría con las guisanderas, las sirvientas o las vendedoras callejeras y de los mercados.

Las mujeres no son las únicas herederas del XIX. Los sentimientos, las pasiones y el individualismo que nacieron en esos años marcaron a todos los seres humanos en Occidente: el romanticismo del joven Werther y el pacto de Fausto con Mefistófeles, los sermones que escribía Søren Kierkegaard y las duras páginas que brotaron de la pluma de Kant, las aventuras de los mosqueteros y el anhelo de venganza del conde de Montecristo, al igual que las desgracias que ocurren en Los miserables y en las novelas de Zolá o en las disecciones de Balzac forman parte de nuestra manera de entender el mundo, aunque jamás hayamos abierto una sola de sus páginas. Es más, nuestros horrores más taquilleros se parieron en esos años: El vampiro de Polidori le abrió el camino a Varney, Carmilla y Drácula; el Frankenstein de Shelley nos puso delante del horror de la ciencia y, por supuesto, también nacieron los seres lovecraftianos, los detectives absolutamente racionales como Auguste Dupin y los zombis con un marcado sabor creole y un nuevo medio de entretenimiento que los lanzaría al estrellato: el cine. Incluso, el sueño de la meritocracia, que rompía con los coitos que determinaban el destino (como ocurría con los nobles), se mostró con toda su fuerza. El liberalismo era una manera de apropiarse de la vida y darle el rumbo que mejor le pareciera a su dueño, una actitud que sin duda se enfrentaría a los sueños totalitarios. Efectivamente, los autores decimonónicos nos inventaron, y nosotros somos personajes que repetimos sus palabras y materializamos sus sueños.

A pesar de su importancia, la educación sentimental que nos legó el siglo XIX no se limita a las letras: nadie puede ser el mismo después de escuchar a Beethoven, Chopin, Brahms, Grieg, Mahler o Wagner, sólo por mencionar algunos nombres de una lista que siempre amenaza con desbordarse. Ninguna persona en su sano juicio puede comprender el mundo sin sus notas y, en buena medida, esos sonidos se convirtieron en parte del soundtrack de nuestra existencia. El inicio de la Quinta sinfonía, los tambores del Zaratustra y el Himno a la alegría corren por nuestras venas, aunque nuestro gusto musical espante a los artilleros más plantados. Con nuestra mirada ocurrió algo parecido: Goya nos obligó a mirar y a comprender el horror que aún nos persigue. Sus muertos son los nuestros, sus crímenes son el material que todavía restriega en la cara la nota roja. Y exactamente lo mismo sucedió con Toulouse-Lautrec, quien nos convenció del paraíso del cabaret y, entre pincelada y pincelada, nos auguró la orgía perfecta en los performances de la prostitución que santificarían Zolá y Gamboa. Aún más, en esos años descubrimos la luz gracias a los impresionistas; quedamos derrotados ante las maravillas de Rodin, y descubrimos que los objetos cotidianos también eran una forma de arte.

Leo el veloz recuento que hacen mis párrafos anteriores y me miro en el espejo. ¿Quién soy?, me pregunto. Las arrugas que me marcan la cara son la historia de mis pasiones y mis afanes, la vejez que muestran mis músculos es el justo pago por todo lo vivido. Esto no está nada mal; la factura me parece correcta y sensata. Sin embargo, vuelvo a mirarme y no me queda más remedio que buscar las huellas del pasado: el siglo XIX me inventó y solo soy uno de sus personajes. +

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