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El librero de Pilar Armida

El librero de Pilar Armida

  09 de abril de 2021

Confieso que existen dos cosas que me fascinan de Pilar: la mirada afiladísima y su capacidad para crear y seleccionar maravillas. Cuando alguien tiene la fortuna de ser editado por ella, sus ojos de bisturí son capaces de adentrarse en la obra y diseccionar para encontrar los detalles en lo que se esconde el diablo. Su lectura revela las más pequeñas inconsistencias, las hebras sueltas y los dislates que se cometieron al crearla. Ella es la luz que permite que un libro pueda brillar no sólo por su contenido, sino también por las ilustraciones y el diseño. Además de esto, Pilar es la creadora de algunas de las obras más importantes de la literatura infantil y juvenil. No importa que no haya escrito ninguna: es la autora de los catálogos que han permitido crear lecturas y conversaciones, que han acercado a muchos a las palabras, quienes, por supuesto, han tenido la suerte de ser guiados por ella en la selva de los títulos. Efectivamente, las grandes obras de los editores son sus catálogos. Adentrarse en el librero de Pilar se vuelve fundamental, pues en sus entrepaños se encuentran los secretos de las conversaciones literarias que hoy están presentes en librerías y escuelas.

Mi colección comenzó sin querer, con un libro que se llama El árbol generoso, de Shel Silverstein. Cuando tenía ocho años, me lo regaló una mujer con la que trabajaban mis hermanas. Por supuesto que en ese momento aún no sabía a lo que me iba a dedicar y tampoco era una niña particularmente lectora. Desde luego que lo intenté leer, pero como no sabía mucho inglés terminó por derrotarme. Sin embargo, a lo largo de los años, El árbol generoso ha transformado su significado en cada una de las lecturas y relecturas que le he dado en distintos momentos de mi vida. Me parece una muy bonita coincidencia que me hayan regalado un libro que con el tiempo se convirtió en parte de mi vida profesional. 

Ya después, cuando estaba en la universidad, de una manera claramente intencional comencé a reunir una colección de libros infantiles y juveniles por una causa precisa. En esos días cursaba una materia dedicada a la psicología, con una maestra que utilizaba muchos libros infantiles en su clase. En ese momento fue cuando descubrí lo que podía ser un libro para niños, y empecé a comprarlos para formar una biblioteca. Conforme fue avanzando el tiempo, se volvió claro que iba ligeramente por otro lado: me volví editora de este tipo de obras. En mis libreros quedan pocos de esos libros, porque mi colección ha ido a parar a distintos lados en distintos momentos, pero entre los que aún me acompañan desde esos años están los de Anthony Browne —como Voces en el parque—, Los misterios del señor Burdick de Chris Van Allsburg y Huevos de pascua de Kestutis Kasparavicius, que es un viaje absoluto gracias a sus espectaculares ilustraciones. 

Alguna vez traté de saber cuántos libros tenía: hice un cálculo de cuántos había en una repisa y, al cabo de un tiempo, terminé por desesperarme. Las diferencias de sus grosores y sus alturas terminaron por derrotarme. A pesar de esto, creo que debo de tener entre dos mil y dos mil quinientos, aunque entre estas cifras hay una gran diferencia. Y, además, el mío es un librero en el que entran y salen muchísimos libros: algunos llegan para que trabaje en ellos, otros son de sus autores y unos más terminan en casa de mis sobrinas. Quizá un día que no tenga nada que hacer le dedique tiempo a contarlos, pero la verdad es que dudo que lo haga.

No compro muchos libros digitales. Sólo lo hago cuando tengo una urgencia y necesito conseguirlo muy rápido. A lo que sí me he vuelto muy aficionada, desde hace más de diez años, es a los audiolibros. No sé si les pueda considerar libros digitales, pero yo creo que sí. Llegué a ellos de una manera muy chistosa: cuando empecé a trabajar en una editorial, me di cuenta de que no me daba tiempo de leer lo que quería y me estaba volviendo absolutamente loca. Lo bueno era que vivía lejos de la oficina, y las dos o tres horas que me tomaba el ir y volver se convirtieron en el tiempo de escuchar los libros.

Yo presto muchísimos libros. No es raro que alguien salga de mi casa con uno en la mano. A veces no sé dónde quedaron ni quién fue el que se los llevó. Algunas veces me encantaría que eventualmente volvieran, pero creo que los libros no están aquí para quedarse. Me parece mucho mejor que circulen y se lean; es más, me encanta que me cuenten qué les parecieron, pues me gusta muchísimo hablar de libros que me cautivaron, y son los que generalmente presto. Mi libro más antiguo es The Girls’ All-Round Book, que fue editado por Walter Wood entre 1925 y 1926. Me lo regaló mi abuela cuando yo estaba en sexto de primaria, pues ella lo había recibido en este mismo grado. Es una antología de historias y consejos, sorpresivamente modernos para la época en la que se publicó. El autor de uno de estos textos comentaba, por ejemplo, que —como los automóviles se estaban poniendo de moda— no estaba nada mal que las jóvenes le pidieran a sus padres que les enseñaran a cambiar una llanta. Y a éste le sigue una edición de Las olas, de Virgina Woolf, de 1933. +

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