Los relatos inquietantes de Jeremy de Quidt:  El miedo de lo cotidiano. 

Los relatos inquietantes de Jeremy de Quidt:  El miedo de lo cotidiano. 

 

El terror no siempre necesita monstruos, vampiros o criaturas sobrenaturales. A veces basta con un encuentro en el autobús, una visita inesperada o una imagen que se queda grabada en la memoria para que algo familiar comience a resultar extraño. En La habitación vacía, el escritor construye historias a partir de situaciones reconocibles que, poco a poco, se transforman en experiencias inquietantes. Su interés no está únicamente en provocar un sobresalto, sino en explorar aquello que ocurre cuando lo extraordinario se introduce en la vida cotidiana y los personajes descubren, demasiado tarde, que ya no pueden volver atrás.

Para el autor, el origen de una historia puede ser tan insignificante como una frase que aparece sin explicación. Recuerda que La niñera comenzó cuando se escuchó decir en voz alta: «Puedo abrir la boca muchísimo». En principio, no había nada aterrador en esa afirmación. Lo importante fue todo lo que se añadió después: las posibilidades, las preguntas y las consecuencias que terminaron por alterar el mundo ordinario de un personaje. El miedo, explica, no necesariamente nace de la idea inicial, sino de aquello que se construye alrededor de ella.

Esa transformación también está presente en «La trenza», relato protagonizado por Nat, quien desea cambiar su apariencia y acepta una trenza que desencadena consecuencias perturbadoras. En este caso, la inspiración surgió durante un paseo por la costa inglesa. El escritor vio a una niña sentada sobre una manta mientras una mujer le trenzaba el cabello con cintas de distintos colores. Aunque el escenario parecía inofensivo, algo en el rostro y los movimientos de aquella mujer le resultó inquietante.

La escena le hizo imaginar qué ocurriría si la trenza que recibía la niña no fuera realmente lo que deseaba. A partir de esa posibilidad, surgió una historia de terror que también aborda una experiencia reconocible de la juventud: querer algo con tanta intensidad que, al conseguirlo, descubrimos que es muy distinto de lo que habíamos imaginado. A veces, el precio de obtener aquello que deseamos es uno que nunca aceptamos conscientemente.

La construcción de esa incertidumbre depende del ritmo narrativo. Para el autor, aprender a escribir implica reconocer qué información debe revelarse y cuál conviene reservar. Una historia necesita avanzar sin apresurarse ni prolongar demasiado el misterio. Por eso, acostumbra leer en voz alta todo lo que escribe: si una frase suena mal, probablemente necesita corregirse.

Tanto La habitación vacía como su obra compañera, El tren equivocado, parten de una narración lineal: primero ocurre algo, después sucede otra cosa y, finalmente, las consecuencias se vuelven inevitables. El objetivo es que el lector descubra hacia dónde se dirige la historia al mismo tiempo que el personaje, cuando ambos ya están demasiado lejos para regresar. La sensación es la de internarse en un bosque y descubrir que la puerta de la cabaña oscura se ha cerrado detrás de uno.

Los encuentros fugaces con desconocidos también ofrecen posibilidades narrativas. En «El sobre», un viaje en autobús pone en marcha una situación que el protagonista no comprende por completo. Para el escritor, estos momentos son auténticos tesoros: un objeto abandonado en una banca o un secreto escuchado en una estación pueden convertirse en el punto de partida de cualquier relato.

A lo largo de los años, ha reunido mentalmente fragmentos de conversaciones ajenas que todavía esperan encontrar un lugar en sus textos. Entre sus favoritos está el recuerdo de dos mujeres mayores que guardaban sus compras en la caja de un supermercado. En medio de la conversación, una de ellas preguntó en voz baja y con evidente preocupación: «Pero ¿qué vamos a hacer con la peluca?». El escritor desconoce el contexto, pero imagina posibles explicaciones: quizá habían cometido un crimen y olvidado una prueba comprometedora, o tal vez habían secuestrado a un payaso de circo. Lo importante es que una frase sin explicación abre un espacio para la imaginación.

Esa capacidad de sugerir historias también se manifiesta en «Demonio de papel», donde las imágenes y los cómics adquieren un papel fundamental. La relación del autor con el poder de lo visual comenzó durante su infancia, cuando encontró unas tarjetas coleccionables que mostraban escenas sangrientas de la guerra civil estadounidense. Tenía alrededor de siete años y ni siquiera sabía dónde estaba Estados Unidos, pero aquellas imágenes, impresas con colores intensos y una calidad rudimentaria, lo impresionaron profundamente.

Lo que permaneció en su memoria no fue únicamente lo que aparecía en las tarjetas, sino todo aquello que su imaginación añadió. Para él, una imagen puede contener una historia completa sin necesidad de palabras. En Demonio de papel, lo visual cumple dos funciones: permite la entrada de aquello que amenaza al personaje y, al mismo tiempo, revela acontecimientos mientras estos suceden. También reconoce que los cómics y las novelas gráficas se han consolidado como formas narrativas capaces de contar historias con recursos propios.

La infancia ocupa un lugar importante en estos relatos. El escritor recuerda que sus primeros años estuvieron marcados por pesadillas y episodios de terror que continuaron hasta la adolescencia. Le resultaba difícil explicar lo que experimentaba y conseguir que los demás comprendieran la intensidad de su miedo o hicieran algo para ayudarlo. Esa experiencia se convirtió en una perspectiva desde la cual escribir para lectores jóvenes.

El terror surge, en estos casos, de enfrentarse a algo que no se puede controlar mientras las personas que deberían ofrecer protección no logran hacerlo. La tensión aumenta cuando el lector comprende que el problema de un personaje solo puede empeorar, aunque este todavía no alcance a imaginar hasta dónde llegarán las consecuencias.

Cada relato encuentra su amenaza en un origen diferente. «El puente Appleby» recupera una historia de décadas atrás, cuando su hermana mayor le contó que había jugado con una tabla ouija en la escuela y parecía convencida de haber hablado con los muertos. «Cuando Peter viene a jugar» explora el inquietante vínculo entre una casa y uno de sus antiguos habitantes. En cambio, «La bruja de la botella» parte de las tradiciones navideñas de su propia familia: colocar el árbol en Nochebuena, comprar un adorno nuevo cada año y ponerle espumillón al perro. La posibilidad de introducir algo terrible en una celebración familiar bastó para iniciar el relato.

La dimensión visual del libro se amplía gracias a las ilustraciones de Mercè López, quien también trabajó en la portada y las imágenes de El tren equivocado. Cuando la editorial Castillo adquirió La habitación vacía, el autor pidió que López volviera a encargarse de la parte gráfica. Confió en su criterio y encontró que la ilustradora, junto con la editora Miriam Martínez Gaza, había identificado detalles que él mismo habría pasado por alto. Para el escritor, una buena ilustración puede transmitir la atmósfera de una historia sin necesidad de explicarla: expresa aquello que las palabras no tienen que decir.

Al pensar en el efecto que desea provocar, el autor no duda en elegir el miedo que permanece después de cerrar el libro. No le interesa el sobresalto que desaparece cuando el corazón recupera su ritmo, sino esa inquietud que regresa cuando se apagan las luces, la casa queda en silencio y uno comienza a preguntarse qué podría haber en la oscuridad.

Su intención es que los lectores vuelvan mentalmente a las historias y encuentren en ellas nuevos motivos para inquietarse. También quiere que descubran su imaginación como un espacio abierto en el que pueden explorar incluso aquello que les provoca temor. Así como es posible imaginar algo terrible, sostiene, también se puede imaginar una solución. Los lectores tendrán que decidir por sí mismos qué significa eso y si, después de todo, las cosas son siempre lo que parecen.

Por qué leer La habitación vacía

El libro explora el terror desde situaciones cotidianas, encuentros inesperados y experiencias que los personajes no siempre pueden explicar. Sus relatos muestran cómo una imagen, una conversación o un deseo aparentemente inofensivo pueden convertirse en el origen de algo perturbador. Con una narración que privilegia la incertidumbre y el poder de la imaginación, propone un miedo que no termina en la última página, sino que acompaña al lector cuando vuelve a encontrarse con el silencio y la oscuridad.

Sobre el autor

Jeremy de Quidt es autor de La habitación vacía y El tren equivocado, dos libros que exploran el terror a través de situaciones cotidianas transformadas en experiencias inquietantes. Su trabajo parte de recuerdos personales, escenas observadas y fragmentos de conversaciones para construir relatos dirigidos a lectores jóvenes. En La habitación vacía, las ilustraciones de Mercè López y la narración se complementan para crear una atmósfera en la que lo desconocido se introduce gradualmente en la vida cotidiana.



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