Brevedad, repetición y eternidad: la paradoja entre innovación y tradición
Brevity is the soul of wit.
William Shakespeare
Hablar de la idea de brevedad en las diversas expresiones artísticas nos lleva a pensar en la facultad de dar forma a una idea de gran potencia con pocos elementos. En gran medida, alcanzar la proeza de una síntesis tal, no es cosa ni fácil de ni de muchos.
Asimismo, cada práctica artística encuentra sus propias maneras de dar cuerpo a esta expresión mínima. En el caso de la arquitectura, en el gremio solemos compartir la idea de que practicamos una disciplina que consiste en reducir a un proyecto la confluencia de diversas fuerzas que, en su reunión, dan luz a la idea espacial que en muchas ocasiones se trata de un edificio y siempre, de un territorio.
Muchos de quienes nos formamos como arquitectas y arquitectos, aprendimos a partir de una narrativa histórica construida por, para y acerca de héroes, particularmente hombres cuál legado del patriarcado (estructura histórica que ha privilegiado a ciertas masculinidades sobre el resto de las personas). Por eso, siguiendo esta inercia, cuando pensamos en la facultad de la brevedad, en el imaginario gremial se suele recurrir a personajes emblemáticos de la modernidad tales como Mies van der Rohe –hombre occidental y blanco, por supuesto– atribuyéndole la breve frase que, a su vez, habla de la brevedad: Less is More. Sin embargo, pocas personas del gremio arquitectónico saben que la célebre frase fue acuñada mucho antes, en 1855, por el poeta inglés Robert Browning.
El gremio arquitectónico occidental pues, no se ha conformado con ser patriarcal sino también endogámico cuando, paradójicamente, siendo un arte tan interdisciplinar le sería propicio reconocer el alimento más allá de sus lindes.
Sin embargo, por fortuna, en tiempos recientes se han realizado diversos y múltiples esfuerzos por muchas mujeres y algunos hombres por reencontrar referencias a personajes no masculinos, en este caso mujeres, tales como la diseñadora irlandesa Eileen Gray, la diseñadora Annie Albers –alemana egresada y profesora de la Bauhaus– o como la arquitecta norteamericana, Anne Tyng, quien nació y creció en sus primeros años en el lejano oriente.
Aunque el rescate de dichas historias aún preserva el tinte de la narrativa basada en individualidades heroicas, al menos se comienza a mirar hacia otro lado. Sin embargo, poco o casi nada se habla de las manos y mentes anónimas que legaron saberes desde tradiciones difíciles de rastrear que, a diferencia de los y las grandes heroínas de la modernidad –individuos supuestamente excepcionales–, han repetido un gesto sin temor a no estar fundando una ola innovadora sin precedente. Si nos dispusiéramos a acudir a la invocación de esas sabidurías ancestrales, por un breve instante, experimentaríamos el “milagro” de quebrar las leyes del tiempo moderno, reconectarnos con quienes creemos que ya no están más aquí y de permitirnos renovar la tradición, no a través de su ruptura, sino a través de su reencarnación: nacer en otro cuerpo abierto a una nueva historia. La brevedad es aquí el reconocimiento de una repetición fundamental que, sin embargo, siempre se transforma.
Brevedad como principio
Por mucho tiempo, consideré al arquitecto Louis Kahn uno de mis favoritos, amigo por cierto del otro Luis (Barragán). Sin embargo, tras el maravilloso y fortuito encuentro de un libro de cartas entre él y la geómetra genio Anne Griswold Tyng (Louis Kahn to Anne Tyng: The Rome Letters 1953-1954), se me reveló que esa arquitectura, que a la fecha regresa una y otra vez a mi memoria, fue posible por ese encuentro, por ese entretejido no sólo de mentes sino de corazones. Y no me refiero solamente a los corazones de los una vez enamorados (Tyng y Kahn vivieron un intenso romance), sino al entrecruce también de todas las historias que alimentaron a cada uno de ellos.
Anne Tyng (1920-2011) fue una arquitecta estadounidense, colaboradora cercana de Louis Kahn durante casi tres décadas, y una de las primeras mujeres en graduarse como arquitecta en Pensilvania. Su trabajo se centró en la geometría como principio generador de la arquitectura, y su innovación más importante radica en cómo utilizó formas geométricas fundamentales para crear estructuras complejas habitables a partir de reglas simples.

Si bien Kahn ya articulaba la idea de distinguir entre espacios principales y subordinados como parte de su forma de diseñar, Anne Tyng fue quien aportó la idea de dar lugar a arquitecturas donde el espacio de servicio estaría en la zona estructural y la zona servida estaría en el ámbito del cobijo de dicha edificación, añadiendo así un nuevo principio de organización. Esto sería posible gracias al dominio de Tyng de la geometría entendida como una especie de tejido capaz de ordenar y armonizar el espacio ofreciendo la síntesis perfecta para dotar de una clase de magia científica –la matemática– a la composición que incluso nos haría pensar en su despliegue hacia el infinito: ¿Qué no es la geometría sino eso, una pauta que, conforme se repite abre paso a hazañas más complejas y diversas pero que, paradójicamente, se asientan en una simiente básica: el punto, la línea, la figura?
Nacida en China, Tyng abrevó de una tradición milenaria. Acompañante de obra de su padre, predicador episcopal, desde muy pequeña se sintió atraída por la construcción, así como de los misterios de las transformaciones de los organismos de la naturaleza. En ellos encontró patrones de los que podía abstraer ciertos arquetipos formales que, sin embargo, abrían una infinita posibilidad combinatoria, algo que más tarde expondría en su libro On Growth and Form. La brevedad del proceso proyectual de Anne no estribaría meramente en la composición final del artefacto espacial, es decir, no se trataría de crear un producto minimalista. La brevedad de Anne sería un principio que guiaría el proceso proyectual, no la búsqueda de un resultado meramente estilístico.
De la brevedad en el espacio a la brevedad en el tiempo
En Anne Tyng, la brevedad es, como se ha dicho, un principio que se despliega dando lugar a la variación. Esta brevedad no es entonces el dibujo de una figura simple, sino la del tejido que se despliega y se mueve incesantemente sin dejar de ser sustantivamente hilo en tránsito. Como dice con gran maestría el antropólogo Tim Ingold en su libro Líneas, “Ya aparezca como un hilo tejido, ya como un trazo escrito, la línea no deja de percibirse como un movimiento y un desarrollo” (Ingold, 2007). En este tenor, la geometría de Tyng no es la de cuerpos estáticos, sino la de líneas de fuerza que van girando y tensionándose entre sí, sin dejar de ser fundamentalmente recorridos. El trazo es aquí tal como el de la escritura manual que no sólo elige palabras como imágenes visuales, sino la de una caligrafía que en su movimiento va descubriendo un mundo: gestualidad y repetición.

Aunque habitualmente cuando pensamos en la capacidad de síntesis en arquitectura y diseño, se tiende a pensar en composiciones minimalistas; lo que revela el tejido estructural que Anne Tyng desarrolla y hace habitar es que la brevedad que ella entiende es, más bien, un instante básico que se prolonga en complejidad entrelazada: paradójica brevedad que discurre en el tiempo.
Tejido, repetición y variación
El pensador francés Gilles Deleuze propuso en Diferencia y repetición precisamente esto: la repetición engendra diferencia. No se trata de encontrar lo inmutable o en el caso de la arquitectura, el espacio como tiempo aniquilado, sino de que, a base de repetición, podemos pensar en un encuentro con lo insospechado del recorrido que hace nacer la diferencia: de un tetraedro puede nacer una cubierta como remembranza de una copa de árbol geometrizada, como lo hizo Anne Tyng en la propuesta para una escuela primaria en 1950.

Probablemente en eso consiste la magia de todo texto como escritura y también como tejido: un movimiento reiterado pero que, en su tránsito engendra lo imprevisto. Curiosamente, la innovación entonces no vendría de una determinación por romper con todo sino en la encarnación de la repetición como diferencia.
Invocar el pasado para imaginar el futuro: diálogos entre modernas y ancestras
Hemos llegado hasta aquí, espero que con asombro por la genialidad de Anne Tyng. Sin embargo, ella no pensó sola, no fue un punto conectado por línea muerta con quien fuese su profesor en Harvard, Buckminster Fuller, de donde fue de las primeras mujeres en graduarse de arquitectura. Ni siquiera sería justo decir que su genealogía está solamente en colegas que participaron de su formación, hombres todos ellos, por cierto.
De hecho, mucho tiempo antes de realizar sus estudios en arquitectura, la americana había comenzado su vida y crecido en China. Asimismo, su fascinación y propósito no estaba meramente en construir “buenos edificios”, sino en desentrañar los secretos del “crecimiento de la forma”. Anne Tyng, sin saberlo era una tejedora en el espacio que dibujaba líneas que emergían de y se movían por el suelo y alcanzaban los cielos: ¿no significa acaso la palabra geometría medida de la tierra?
Pues eso mismo que hizo tan singular a Anne Tyng, y que la convirtió en una persona clave en la transformación arquitectónica del tan reconocido Louis Kahn, es lo que se hace también desde la producción artesanal y vernácula de la arquitectura: se elaboran estructuras materiales, sociales y de vida con otros seres repitiendo los legados aprendidos en comunidad y, en ese repetir también la singularidad de cada cual hace emerger la variación. Todos estos saberes ancestrales provienen de la tradición que a veces, cuando se busca hablar de innovación, se denigran como primitivos y repetitivos pero que, precisamente, por su repetición nos inducen a retomar y reconectar con los gestos de tantas y tantas generaciones precedentes para invocar al pasado a través de líneas que se entretejen dando lugar a nuevas posibilidades.
Aura Rosalía Cruz Aburto
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