El son que se niega a repetirse
Ana Zarina Palafox, Jazmín Rincón y Yasbil Mendoza escribieron un libro sobre la tradición oral mexicana partiendo de una trampa evidente: contar en papel algo que solo cobra sentido cuando se dice en voz alta. Yasbil Mendoza explica cómo resolvieron ese acertijo.
Meter la oralidad dentro de un libro es, en el fondo, una trampa lógica: se supone que lo espontáneo deja de serlo en cuanto se fija por escrito. Ese fue justo el problema que se propusieron resolver Ana Zarina Palafox, Jazmín Rincón y Yasbil Mendoza al escribir Lola y Leonila. La palabra que canta, publicado este año por Ediciones Castillo, sello de Macmillan Educación, con grabados de Alec Dempster, ilustrador mexicano-canadiense que lleva casi tres décadas documentando el son jarocho y el huasteco a punta de linóleo. Sus imágenes vienen de la misma tradición que las viejas hojas sueltas ilustradas: grabado popular puesto al servicio de una música que, hasta hace poco, apenas se transmitía por escrito.
El proyecto arrancó, cuenta Mendoza, de una charla con Rincón sobre oralidad, tradición y son. Fue Rincón quien propuso sumar a Palafox, a quien Mendoza describe como “una gran trovadora con mucha trayectoria”. Ahí apareció el verdadero reto del libro: incrustar coplas improvisadas, que por definición nunca suenan igual dos veces, dentro de ochenta páginas fijas, impresas, corregidas. Cualquiera que haya visto una batalla de freestyle conoce el problema: lo primero que se pierde al transcribir una improvisación suele ser la improvisación misma.
Mendoza y Palafox llevan, en palabras de la primera, “un rato enamoradas del son”, un rato que incluye años yendo a comunidades, pueblos y festivales a escuchar músicos en persona, no en grabación, porque para ella la documentación existente, aunque abundante, nunca sustituye estar ahí. La historia de Lola y Leonila no aspira a ser biografía estricta. Es, dice Mendoza, “una historia ficticia pero de sucesos reales”: los personajes de Doña Leonila y Don Ángel funcionan como hilo conductor de vivencias que las tres autoras atestiguaron de primera mano.
Ahí aparece la distinción que el libro se toma más en serio: son y canción no son lo mismo. Un son se espera distinto cada vez que se toca, incluso en manos del mismo intérprete. “Si cada vez toca el son igual, ya no es son”, resume Mendoza, una definición que cualquier improvisador, de jazz o de freestyle, reconocería de inmediato. Para que ese matiz no se quedara solo en la teoría, el libro incluye códigos QR que enlazan con músicos jóvenes que tocan sones en la actualidad: el lector puede escuchar, no solo leer, la diferencia.
El libro también incorpora tradiciones nahuas, con la conciencia de que las cosmovisiones indígenas no se mueven igual que las mestizas. Fue, dice Mendoza, una de las decisiones más discutidas del proceso: si mencionar tradiciones “que tienen otros puntos de vista, otras cosmovisiones”. Decidieron que sí.
Detrás de esa apuesta hay una preocupación menos festiva. Mendoza no disimula su inquietud por el futuro de estas tradiciones: “sí hay un riesgo”, dice, y lo ubica sobre todo en el contexto que las rodea, más que en la falta de grabaciones. Internet, apunta, ofrece acceso a la música, pero rara vez explica de dónde viene, quién la toca o por qué suena así. Ahí, insiste, la escuela todavía puede hacer algo: “las escuelas son una ventana a lo que hay más allá de la casa”.
Es una apuesta modesta pero difícil de discutir: si algo no se explica en la infancia, es poco probable que alguien lo busque de adulto. Lola y Leonila no pretende resolver la desaparición de estas tradiciones ni fingir que un libro basta para frenarla. Se conforma con abrir esa ventana escolar de la que habla Mendoza, y con dejar una pista clara para quien quiera seguir el rastro: que el son, a diferencia de la canción, se niega a quedarse quieto.